Un nuevo Instituto, ¿para qué?
Elías Amor Bravo, economista
El nuevo Instituto Nacional de Activos Empresariales Estatales es uno de los organismos que se han creado para cumplir lo establecido en el Programa Económico y Social del Gobierno 2026, las mismas contradicciones de siempre. El régimen castrista anuncia una reducción del tamaño del estado, por un lado, y, por el otro, va creando nuevos organismos dependientes del sector presupuestado que contribuyen a aumentar la grasa de la administración.
¿En qué quedamos? ¿Qué credibilidad puede tener una política
económica que se basa en dar una de cal y otra de arena? ¿A qué se deben atener
los agentes económicos? Y, luego, ¿Qué sentido tiene crear un Instituto de
estas características? ¿tiene el régimen interés real en el Instituto? ¿Qué
acabará ocurriendo?
El Instituto, según dicen, nace para transformar el sistema empresarial estatal, modernizar sus formas organizativas, el sistema de dirección y gestión, así como perfeccionar el marco regulatorio para establecer el tratamiento diferenciado de las empresas. Tienen que darse prisa con el Instituto, porque Marrero anunció, en el último consejo de ministros, que las transformaciones van a comenzar por la empresa estatal.
El Instituto nace "con una visión integral y una mayor integración de los actores económicos, así como
el aprovechamiento de las capacidades productivas y de servicios". Objetivos
realmente ambiciosos que tienen que ver con la jerarquía y control para las empresas estatales, lo que hace pensar que estamos ante una edición actualizada del “perfeccionamiento activo” de las empresas militares de Raúl Castro, para poner fin a la ineficiencia de las empresas del estado. Pero ¿es
realmente este Instituto ese instrumento?
Su dependencia del ministerio de Economía y Planificación
(MEP), y del Sistema Empresarial Estatal del propio organismo, le otorgan un
espacio relevante dentro de la compleja burocracia castrista y, su creación por medio del
Decreto 144 del Consejo de ministros (Gaceta Oficial Ordinaria número 54) le
otorga un nivel jerárquico máximo, y una dependencia directa del ejecutivo. La
presidencia ha recaído en Roberto Ricardo Marrero que deja el cargo en GEMAR para pasar a dirigir un organismo integrado por más de 2.400 empresas estatales.
El Decreto atribuye al Instituto la misión fundamental de
avanzar en la separación efectiva de las funciones estatales de las empresariales,
potenciar el tejido empresarial mixto, capacitar y auditar las anomalías en el
funcionamiento de las estructuras económicas y facilitar la autonomía real de
las empresas estatales, lo que descarga a los Organismos de la Administración
Central del Estado de funciones sobre la atención al sistema empresarial.
Insisto, el parecido con el “perfeccionamiento activo” de las empresas
militares de los tiempos de Raúl Castro es grande, pero parece pura
coincidencia. Es como si se estuviera ante el nacimiento de un GAESA II, pero con empresas estatales.
El Instituto se constituye como una entidad a nivel
nacional, subordinada directamente al consejo de ministros, para dirigir las
nuevas transformaciones y la búsqueda del desarrollo de la empresa estatal
socialista, como sujeto fundamental de la economía. La empresa estatal
está necesitada de este tipo de tratamientos de shock. Las funciones que han sido
asignadas al Instituto le permitirán obtener una visión integral y una mayor integración de
los actores económicos, así como el aprovechamiento de las capacidades
productivas y de servicios. No es extraño que por las manos del Instituto pasen operaciones empresariales de todo tipo. Lo veremos.
En ese sentido, se reconoce que las funciones del Instituto
no sobrepasarán la autonomía empresarial que se busca, actuando como
instrumento para capacitar, supervisar y proponer. Y, además, con el apoyo del
relato habitual del régimen castrista sobre la propiedad, se reivindica que la
empresa estatal es propiedad de todo el pueblo y, por tanto, “el Instituto
tendrá la función de representar a los nueve millones de cubanos para demandar
que la propiedad social funcione de la manera más eficiente posible y cumpla con
sus obligaciones sociales”.
Pese a este enfoque triunfal de misiones, funciones y
principios del Instituto, hay dudas administrativas sobre su arranque. Al
parecer el Instituto nace con un equipo pequeño y el personal indispensable
para la realización de sus funciones, compartiendo sede con el Ministerio de
Economía y Planificación. Se pretende garantizar que cada paso que se dé en las
llamadas “transformaciones” sea coherente y que se resuelvan con la máxima
urgencia las trabas y errores que puedan aparecer. La voluntad política parece
que es experimentar a ver lo que ocurre y andar con cuidado por si se pisa
algún callo, salir corriendo.
De hecho, esa prevención de los dirigentes con el Instituto
supone que no todas las empresas estatales pasarán a ser supervisadas
inmediatamente por el organismo. Será un proceso por etapas en el que asumirán
funciones que hoy se encuentran diluidas entre varios organismos, es decir, los
creadores del Instituto, por alguna extraña razón no las tienen todas consigo y
se muestran prudentes en extremo, con su concepción y desarrollo.
No obstante, el nuevo Instituto Nacional de Activos
Empresariales Estatales se reserva el derecho de proponer la creación de
empresas estatales de interés nacional y, en el caso de los niveles
provinciales, municipales y locales, mantendrá una relación de supervisión. Ya
se verá cuántas. Se advierte, no obstante, que la liquidación y fusiones de
empresas serán decisiones que deberán ser tomadas por los grupos empresariales,
los consejos de gobierno o las propias empresas.
Parece que el Instituto tan solo tiene responsabilidades
bien definidas en materia de formación de los directivos de las empresas
estatales en la búsqueda de la autonomía real y los resultados que se esperan
de ello para la economía nacional. La pregunta es inmediata, ¿Vale la pena
crear un organismo del estado para cumplir estas responsabilidades cuando un convenio con una escuela de negocios de prestigio podría ser más que suficiente para atender esta necesidad? Se
establece que ofrecerán un marco de estudios e investigación, así como de
acompañamiento en el proceso de transformación, a las empresas. Más burocracia. Se insiste
mucho en este tema de la transformación, lo que otorga al Instituto un papel de
órgano de control que no se corresponde con la flexibilidad que busca el
régimen para las empresas.
Para concluir, Díaz Canel dijo del Instituto que “para que
la empresa estatal socialista siga siendo el pilar fundamental de nuestra
economía debe contar con capacidad real para gestionar, innovar y responder por
los resultados. Más autonomía real para las empresas exige una gestión más
profesional de los activos del Estado, que estará a cargo del Instituto
Nacional de Activos Empresariales Estatales, encargado de representar al dueño
de los medios de producción, evaluar resultados, exigir eficiencia y separar
mejor la función empresarial de la función regulatoria de los ministerios”. Este tipo de operaciones de concentración empresarial dirigidos por el estado, acaban siendo órganos de contra poder, que exigen su parte de pastel. Ustedes ya me entienden. Veremos cómo acaba esta historia.
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