11 de enero de 2017

Los trabajadores por cuenta propia y el régimen castrista

Elías Amor Bravo, economista

El Ministerio del Trabajo y Seguridad Social del régimen castrista ha señalado que, al cierre de 2016, alrededor de 535.000 personas pertenecían a la categoría de cuenta propistas, de los que un 32% eran mujeres, y, como dato curioso, un 11% jubilados.

Es importante tener en cuenta que esta categoría nada tiene que ver con la iniciativa privada, tal y como se conoce en otras economías. Los trabajadores que se acogen a esta modalidad simplemente desempeñan sus funciones al margen de la hegemonía estatal, pero no son dueños de las instalaciones en que prestan los servicios (generalmente alquiladas al estado), o de los medios de producción. Ni siquiera tienen libertad para vender sus productos o servicios, ya que dependen de las redes de distribución controladas por el estado, como Acopio, ni tampoco para recibir inversiones extranjeras o asociarse con fines mercantiles, y sus ingresos o actividad son sometidos a un control riguroso por los inspectores estatales, que les impiden crecer, aumentar la escala de prestación de servicios o de producción. Pese a todo, el trabajador por cuenta propia tiene el incentivo vinculado a una mayor independencia y ganancias más altas, aspectos que no se deben despreciar en la aburrida estructura burocrática del castrismo.

Desde que en 2007 el régimen autorizase el ejercicio de algunas actividades al margen de la hegemonía estatal, las cifras han ido en continuo aumento, si bien, no al ritmo que inicialmente preveían las autoridades. Aspectos derivados de una inadecuada implementación de las reformas, tímidas protestas sindicales en los centros de trabajo por los despidos y la falta de una visión estratégica compartida en la dirigencia política comunista, han hecho que este proceso, absolutamente necesario para la mejora de la calidad de vida de los cubanos, haya tenido una evolución bastante errática. Sobre todo, si se tiene en cuenta que esos 535 mil trabajadores apenas representan el 11% del empleo total de la economía, donde cerca de 5 millones todavía pertenecen a la actividad estatal. Por contrapartida, en el conjunto de países de América Latina, no llega al 11% precisamente el empleo dependiente del estado, lo que invierte claramente las ratios con respecto al régimen castrista.

El informe del Ministerio ha sacado a la luz algunos datos que tienen, sin duda, un alto valor sociológico. Por ejemplo, un 31% de los trabajadores autónomos son jóvenes, lo que indica que a diferencia de sus mayores los cubanos de menor edad no desean resignarse a empleos mal retribuidos y sin futuro en las empresas y organizaciones estatales, donde fungen sus padres y abuelos. Esa relación entre trabajo por cuenta propia y juventud es un aspecto positivo a tener muy en cuenta.

Además, otro dato significativo es la participación entusiasta de las mujeres cubanas, ya que un 32% de los cuenta propistas pertenecen a este sexo. Muchas de ellas lo harán como complemento de ingresos familiares, aunque también puede existir una mayor vocación de emprender en libertad. Además, un 16% también desempeña sus funciones en el sector estatal, como claro ejemplo que los sueldos castristas no dan para vivir; y de forma muy significativa, un 11% de los trabajadores por cuenta propia ya están jubilados y se acogen a esta modalidad de actividad laboral por el mismo motivo, en este caso, la insuficiencia de las pensiones que reciben al final de su vida activa. Sin duda, una fotografía precisa de la realidad social y económica cubana que confirma, una vez más, el fracaso del sistema económico y social impuesto por la llamada “revolución”, que en su último tramo, es incapaz de aventurar un mejor futuro para los cubanos.

Además, del medio millón de cuenta propistas, tan solo 367.485 personas se encuentran afiliados al régimen especial de Seguridad Social creado en su momento para fines tributarios. Es decir, que en el país del control absoluto, la planificación central y la ausencia de derechos de propiedad, algo así como un 32% de los cuenta propistas escapan de la seguridad social. O dicho de otro modo, los 167 mil que no están afiliados (titulares de actividad) contratan a los 367 mil restantes que están de alta en seguridad social, una muy baja tasa de generación de empleo que viene a situarse en una media de 2,2 trabajadores por titular. Una baja, muy baja creación de empleo.

De acuerdo con los datos publicados, las actividades que tienen una mayor participación entre los cuenta propistas, continúan siendo la elaboración y venta de alimentos, unas 59.700 personas; el transporte de carga y pasajeros, con 54.350; la renta de viviendas, habitaciones y espacios, con 34.000, y la figura de telecomunicaciones, que agrupa a 24.440 empleados. En general, actividades destinadas al sector servicios y con una clara orientación al turismo extranjero. La posibilidad de desarrollar el trabajo por cuenta propia en servicios avanzados o la manufactura es prácticamente imposible. Conviene recordar que en principio fueron 178 las actividades aprobadas por el régimen, llegando en la actualidad a poco más de 200, y esta limitación, qué duda cabe, es otro factor que frena la expansión de los trabajadores que se acogen a esta modalidad. Por contraste, una clasificación de ocupaciones estándar en una economía de tipo medio como la castrista, arroja alrededor de 700 categorías. Lo que autoriza el régimen en Cuba es una pequeña parte, insignificante.

No me extraña que las autoridades se muestren optimistas con respecto al crecimiento del número de trabajadores por cuenta propia. Sometidos al control de la cúpula de empresas estatales dependientes del ejército y la seguridad del estado, el diseño de la economía está perfectamente orientado a ganar tiempo y recaudar, sin introducir cambios para mejorar la calidad de vida de los cubanos.

10 de enero de 2017

Carbón vegetal por marabú: ¿una apuesta sostenible?

Elías Amor Bravo, economista

¿Quién lo iba a decir? Hace unos años, cuando Raúl Castro decidió entregar tierras en arrendamiento a pequeños agricultores, en un intento desesperado de mejorar la productividad en el campo cubano dominado por la propiedad estatal, la presencia del marabú produjo alarmas. La temida plaga por los guajiros cubanos se había extendido de forma inmisericorde por los antiguos campos de cultivo, abandonados tras décadas de desidia y abandono por parte del gobierno castrista. La puesta en funcionamiento de la tierra cedida por Raúl Castro exigía esfuerzos titánicos a los arrendatarios.

Muchos tiraron la toalla ante la falta de recursos, otros se especializaron en la producción de carne para consumo inundando los mercados a corto plazo, los menos se unían a otras cooperativas en un intento de acopiar insumos y medios de producción que permitieran el desbroce de los campos infestos de la plaga. De manera sorprendente, diez años después, la exportación de carbón vegetal, en concreto a Estados Unidos, producido a partir del marabú se ha convertido en una significativa fuente de ingresos que puede incrementarse en los próximos años, como se destaca en un artículo en Granma.

No seré yo quién cuestione cualquier indicio de actividad económica próspera en el marasmo de ineficacia de la economía creada por los hermanos Castro bajo las rígidas reglas del estalinismo colectivista y la absurda planificación central. Tengo que reconocer que siento especial simpatía por esta actividad especializada en la fabricación de carbón vegetal a partir de una plaga que crece de manera espontánea en los campos abandonados por la propiedad estatal del castrismo que, sin embargo, antaño, fueron explotaciones eficientes de productos agropecuarios.

El problema es que no conviene lanzar campanas al vuelo. No veo a Cuba como primera potencia mundial en la exportación de carbón vegetal. Y ello por muchas razones.

Primero, porque como dice el representante de la empresa española, que está detrás de la explotación comercial del marabú como carbón vegetal, la ventaja competitiva es muy débil y reside “en que en el mundo entero la materia prima que se utiliza para hacer carbón hay que pagarla y en Cuba se da silvestre. Eso lógicamente incrementa las utilidades”. Y tanto que las incrementa. Los datos que ofrece Granma son espectaculares: “el precio por tonelada está entre 330 dólares para el carbón de primera y cerca de 260 para el de baja granulometría". Si los costes son prácticamente nulos, los beneficios son espectaculares.

Otros datos son sorprendentes. Una caballería de marabú genera 140 toneladas de carbón para la exportación, que revierte en cerca de 46.000 dólares, potencialidades que se derivan del carácter silvestre de la materia prima y que no se paga por ella. La planta de las Tunas, que se menciona en Granma, está en condiciones de generar ingresos superiores a los siete millones de dólares. No parece mucho, pero hay que tener en cuenta que el carbón vegetal es un producto de gran demanda en numerosos países. En Cuba se producen 25.000 toneladas y se exportan alrededor de 10.000. Los trabajadores, en número de 400, perciben salarios medios de 3.000 pesos, casi 6 veces más que la media.

Segundo, porque no creo que exista suficiente marabú en el campo cubano para alcanzar escalas de producción sostenibles en el tiempo. Esta “fiebre” del marabú, que se parece mucho a la del oro en el oeste de Estados Unidos, puede acabar tan pronto como se extraiga toda la maleza creada por años de abandono de los campos, y entonces, habrá que esperar otra vez. En todo caso, como no podría ser de otro modo, la empresa estatal que se encarga de esta actividad, la Empresa Provincial de Flora y Fauna (EPFF) ya empezó a establecer planes para 2016 en 3.500 toneladas, con el objetivo de llegar a las 6.000 en un futuro cercano. Difícil. Los responsables de la empresa temen al estricto cumplimiento de exigentes normas de calidad, que obliga al carbón a pasar por un proceso para acercarlo a los estándares del mercado. Cuba es el único país del mundo en que el Estado se dedica a fabricar carbón vegetal. Increíble.

Tercero, los problemas de comercialización y de tecnología. Actualmente, se realizan por una empresa española que llegó a acuerdos con el régimen en 2007. Pero esta empresa tiene intereses en numerosos países, como Paraguay, Argentina, Venezuela, República Dominicana, Nicaragua. La empresa estatal que produce el carbón, no parece tener capacidad para comerciar en los mercados mundiales ni tampoco para avanzar en los diseños tecnológicos. Cuando las cosas se pongan difíciles, y eso no tardará mucho, ya veremos quién se encarga de vender y a qué precio. Los cargamentos a EEUU, que han salido recientemente de la isla, ponen de manifiesto que los argumentos del embargo se caen por su propio peso. Lo que tiene que hacer Cuba es producir artículos que tengan demanda en los mercados mundiales. Este la tiene, pero ¿por cuánto tiempo?

Cuarto. Como se señala en el artículo de Granma, la producción de briquetas y su consiguiente exportación exige potenciar la siembra de la yuca para el almidón, e instalar un laboratorio que permita certificar la calidad del producto terminado. La yuca es un producto alimenticio básico en la dieta de los cubanos. Cuánta mas yuca se destine a la fabricación del carbón vegetal, menos se dedicará a los mercados de consumo. La competencia entre alimentos y bienes intermedios no deja de ser un contrasentido para los planificadores de la economía estatal castrista. Otra vez el círculo vicioso de la economía y sus efectos sobre los precios.

En tales condiciones, pienso que los días del carbón vegetal tunero pueden estar contados. Se desbrozan los campos, pero entonces ¿qué ocurrirá con la materia prima en unos años? El marabú es silvestre, no admite explotaciones como por ejemplo, el eucalipto. Habría que ir investigando qué hacen otros. Lo normal es que los campos que se recuperen se destinen a otras producciones. ¿Qué ocurrirá entonces? ¿La propiedad estatal que decidirá? Además, cuando aparezca la competencia, que la habrá en otros países, ¿que hará la empresa comercializadora?. Lo más probable es que abandone. ¿Entonces será la empresa estatal de flora y fauna capaz de asumir la tecnología y las ventas de lo que pueda quedar? No veo futuro a este oro negro, como otras tantas cosas. Pan para hoy, y hambre para mañana. Si el estado castrista, planificador central y dueño de todos los medios de producción, no lo sabe hacer mejor, simplemente que se retire ya de la economía y la deje en manos de los cubanos.

28 de diciembre de 2016

¿Por qué el régimen castrista se escuda en la economía?

Elías Amor Bravo, economista


En vida de Fidel Castro, el régimen nunca reconoció el desastre económico producido por la apuesta absurda, y contraria a la razón humana, del comunismo. La temprana eliminación por la llamada "revolución" de los derechos de propiedad privada y del mercado como instrumento de asignación de recursos asestó un duro golpe a la economía, pero después la dependencia de la subvención soviética en plena guerra fría provocó más daños que beneficios a una economía que nunca fue capaz de definir su posición a nivel internacional, al tiempo que provocó que Cuba se fuera quedando atrás en términos de eficiencia y competitividad.

Pese a todo, el régimen siempre encontraba alguna razón para culpar al exterior de los males de la economía. Tras la caída del muro de Berlín y la aparición de los graves problemas estructurales que se habían larvado durante décadas, Fidel Castro fue capaz de tejer un sólido argumentario sobre la economía que obligó incluso a redefinir la medición de los principales agregados económicos, en una controversia abierta con CEPAL a comienzos de este siglo. Fidel Castro nunca reconoció públicamente que la economía que había creado era un cúmulo de deficiencias insostenibles, quizás la mas grave de todas fue el cierre de la industria azucarera, y lo peor es que muchos lo creyeron.

Su hermano heredó aquel desastre en 2006 y se puso a la tarea de intentar resolver, mediante cambios tímidos y estéticos, los principales problemas con el fin de ganar tiempo. Autorizar cuenta propistas, ceder tierras estatales en arrendamiento o abrir los hoteles y restaurantes a los cubanos y usar móviles, medidas que daban la sensación, sin duda falsa, de que Cuba podría superar su atraso endémico y aprovechar la condonación de las deudas de los acreedores internacionales y un mejor clima de relaciones con la presidencia de EEUU. Pero no ha sido así.

Y en vez de huir hacia delante, Raúl Castro en ausencia de su hermano ha dado orden de llamar a las cosas por su nombre y no crear falsas expectativas. Lo que estos días se está escuchando en La Habana, durante el periodo ordinario de sesiones de la octava legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular tiene mucho que ver con este nuevo enfoque del régimen respecto de la economía y con el abandono del mensaje triunfal y mesiánico de Fidel Castro, por otro más apegado a una triste y compleja realidad.

Varios son los cambios producidos.

Primero, se reconoce abiertamente la grave situación de la economía. Ciertamente, el término “recesión” parece un poco arriesgado para referirse a la coyuntura actual, pero ellos ya verán. La CEPAL, con más cautela, apuntaba a un crecimiento del 0,4% para el conjunto del año. Al final, qué más da: recesión o estancamiento. Raúl Castro en persona, ha sido el portavoz de las malas noticias, y dijo que “el decrecimiento del PIB en el segundo semestre ha sido del -0,9% “, identificando los factores que explican ese pésimo desempeño en “las limitaciones financieras, a causa de la caída de los ingresos por exportaciones y de los precios de los principales rubros(…) el bloqueo o el huracán Matthew”. Como siempre, los problemas vienen del exterior. En eso sí que existe coherencia con respecto a los discursos de su hermano, al tiempo que se vende como un éxito, “que no se produjo el colapso de la economía ni el regreso de los apagones, como auguraban no pocos malintencionados medios internacionales de prensa(…) además, se preservaron los servicios de educación y salud gratuitos”. Que alguien pregunte a los cubanos sobre la pérdida de salario real a ver qué dicen.

Segundo, se confía demasiado en el corto plazo, sin demasiado optimismo. La realidad es que si en 2017 persisten las tensiones financieras, cuesta creer que se pueda reactivar la economía hasta alcanzar un crecimiento del PIB “en el entorno del 2 %”. Pasar de cifras negativas a un crecimiento de esa magnitud significa que en algún momento se crece por encima del 5%, lo que resulta imposible en las actuales condiciones. Es falso pensar que esto se puede conseguir “cumpliendo tres premisas decisivas: garantizar las exportaciones y su cobro oportuno, incrementar la producción nacional que sustituya importaciones, y reducir todo gasto no imprescindible”. Desde hace una década, y por medio de los llamados “Lineamientos”, llevan intentando conseguir estos objetivos sin resultado, ¿por qué habrán de tener éxito en 2017? Además, esa dependencia de las inversiones extranjeras para “continuar ejecutando los programas de inversiones en función del desarrollo sostenible de la economía nacional, suena más a un brindis al sol que otra cosa. Además, Raúl Castro reconoce al referirse a las inversiones extranjeras, “esfera en la que no estamos satisfechos y han sido frecuentes las dilaciones excesivas del proceso negociador”, para añadir de forma explícita “es preciso superar de una vez y por siempre la mentalidad obsoleta, llena de prejuicios, contra la inversión foránea”. Una mentalidad que bien podría superar con los cubanos, lo que permitiría sin duda alguna, mejorar mucho más la economía nacional.

Y tercero, el problema es el mismo de siempre. No se ha aprendido de la experiencia histórica y se está perdiendo un gran momento para hacer los cambios que realmente necesita la economía. Pero lo tienen claro. Raúl Castro señaló al respecto “no vamos ni iremos al capitalismo, eso está totalmente descartado, así lo recoge nuestra Constitución”. Una negación que carece de sentido porque la realidad es que ese “capitalismo”, como sarpullido o enfermedad incurable, en el que piensa Raúl Castro es difícil de encontrar en algún país del mundo y con ello, el régimen comunista de La Habana, no hace más que alejarse de las grandes corrientes que sacuden el mundo, incluso entre sus socios ideológicos como China o Vietnam. El ejemplo más evidente de que no saben a dónde quieren ir. Más aún,cuando Raúl Castro se contradice a si mismo, y dice “pero no debemos cogerle miedo y poner trabas a lo que podemos hacer en el marco de las leyes vigentes”. Una de cal y otra de arena.

Un escenario ciertamente lúgubre para cualquier inversor extranjero que esté planeando algunas operaciones en la economía castrista. El mensaje de Raúl Castro ha sido claro: ni hay dinero ni se le espera. Los que vengan a invertir ya saben lo que hay. Con mensajes de este calado, lo mejor y lo más racional es orientarse hacia otros destinos. Las inversiones en campañas internacionales de comunicación y marketing tiradas a la basura de un plumazo. 

Sin embargo, lo que hay que preguntarse es por qué y ahora el régimen se escuda en el deficiente comportamiento de la economía y lo hace público. Da la sensación de que algo se esconde detrás de este diagnóstico que no admite comparación posible con el pasado.

La realidad es que la única opción posible para la economía cubana: la vía hacia la libre empresa, la propiedad privada y el mercado, ha sido rechazada abiertamente por Raúl Castro en su discurso en la Asamblea, ¿tal vez para calmar a los sectores comunistas más reaccionarios del régimen que desean que Cuba no cambie? O ¿tal vez porque Raúl Castro planea una “glasnost” económica en profundidad y quiere darle una justificación para impulsar los cambios justificados por la gravedad de la situación? 

Las incógnitas quedan sin respuesta. Malo. Lo peor que puede ocurrir a una economía es la incertidumbre. Con estos dimes y dirites y, voy y vengo, no se gana tiempo. Se malgasta.