9 de diciembre de 2016

Ahora la ocurrencia es fijar cuotas en la contratación laboral en El Mariel

Elías M. Amor Bravo, economista

La resolución No. 21/2016 del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS), publicada este 8 de diciembre en la Gaceta Oficial No. 40 Extraordinaria establece que “los concesionarios y usuarios establecidos en la Zona Especial de Desarrollo Mariel (ZEDM) podrán contratar directamente a personas naturales extranjeras no residentes en Cuba hasta un límite que no exceda del 15% del total de sus trabajadores”.

La medida, de muy reciente publicación, ha causado sorpresa. No hace mucho tiempo, nos hacíamos eco de las informaciones relativas a la contratación de trabajadores indios en la rehabilitación de un gran proyecto urbanístico en La Habana vieja. Y claro está, desde la perspectiva de un régimen que ha apostado, desde siempre, por la prioridad del trabajo a los nacionales, el hecho que se produjera esa contratación y además, según las fuentes, con salarios muy superiores a la media nacional, hacía que la polémica estuviera servida.

Ahora nos encontramos que, a solicitud de la Oficina de la ZEDM, el MTSS sólo podrá aprobar, de forma excepcional, porcentajes superiores al 15% para casos puntuales y justificados. Esta normativa, al parecer, ha sido implementada por la necesidad “de establecer el límite de personas naturales extranjeras no residentes en Cuba que pueden contratarse directamente por los concesionarios y usuarios para laborar en los negocios en la ZEDM”. La fijación de cuotas a la contratación de trabajadores extranjeros por las empresas supone una decisión política que tendrá sus consecuencias y que debe obedecer a unas causas concretas que podemos explorar.

¿Es que acaso el régimen prevé un boom de contratos a trabajadores extranjeros en la ZEDM? ¿Acaso se está preparando el castrismo para una invasión de trabajadores procedentes de otros países?¿Quiere ejercer una reserva sobre esa población laboral en aumento? Me temo que todo esto se encuentra poco fundado.

La verdad es que este tipo de actuaciones políticas no hacen más que causar estupefacción. Una norma que parece querer limitar la contratación de extranjeros en las empresas que se establezcan en la ZEDM, donde cabe suponer que los salarios y las condiciones laborales serán mucho mejores que en el resto de la economía, viene a poner de manifiesto el temor existente que muchas empresas no encuentren en Cuba la mano de obra cualificada para contratar en sus proyectos e iniciativas. Desde los tiempos del llamado "período especial" los primeros inversores que se lanzaron a la aventura castrista reconocían abiertamente la dificultad para encontrar empleados cualificados y adaptados a los puestos de las empresas.

En cuyo caso, de ser cierto, se puede derrumbar uno de los llamados “logros de la revolución” el contar con una población formada. Formada puede que si, pero no para el mundo laboral competitivo.

Por otra parte, la medida adoptada por las autoridades puede venir determinada por el creciente malestar de algunos empresarios de estar obligados a proveerse de trabajadores a partir de esa oficina de intermediación laboral, o agencia de colocación, creada por el Estado.

Algo de esto se debe estar cociendo y las cosas por este motivo, no están yendo bien. Si no, como se interpreta que a partir de lo establecido en el Decreto Ley No. 313 de 19 de septiembre de 2013, de la Zona Especial de Desarrollo Mariel, "se faculte a jefes de órganos, organismos de la Administración Central del Estado y entidades que correspondan (en definitiva a los comunistas castristas) a dictar las disposiciones legales necesarias para la aplicación de la norma". Este tipo de medidas, en vez de atraer el capital extranjero, provocan alarma y lo hacen huir. Poner decisiones de contratación de trabajadores extranjeros bajo la aprobación de la “autoridad competente”, comunista, tal y como se establece en esta normativa, no será del agrado de los empresarios, poco acostumbrados a que alguien ajeno a sus negocios meta las narices.

En cualquier caso, habrá que estar atento a los acontecimientos. La fijación de cuotas a la contratación de extranjeros es un paso incierto e inquietante en la dinámica de la legislación laboral y administrativa que quiere convertir la ZEDM en un espacio para la atracción de inversiones. Un país que aspira al desarrollo, a atraer innovaciones tecnológicas y capital humano, no debería estar apostando por las cuotas sino por la libertad económica. Y vuelta a empezar.

7 de diciembre de 2016

En torno a Stiglitz y el posicionamiento de la economía cubana

Elías Amor Bravo, economista
 
“Cuba está preparada para asimilar los cambios acelerados que vive la economía mundial”. Esta frase no pertenece a los discursos de Fidel o Raúl Castro,ni tampoco a Marino Murillo o a cualquiera de los funcionarios que se dedican todos los días a atraer inversores extranjeros a la Isla. Esta frase, pronunciada en estos términos, pertenece al economista y Premio Nobel de Economía de 2001, Joseph Stiglitz, durante una conferencia en la capital, celebrada el pasado martes, organizada por el Ministerio de Comercio Exterior y la Inver­sión Extranjera.

Que el premio nobel de Economía se pronuncie en estos términos ante un auditorio sin duda agradecido, en el que se encontraban, entre otros, según la nota publicada en Granma, “el vicepresidente de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba (ANEC) y héroe de la República de Cuba, Ramón Labañino Salazar, junto a otros reconocidos investigadores cubanos y extranjeros”, no causa sorpresa. No me cabe la menor duda que todos esos “héroes” de la llamada revolución, presentes en el auditorio, también quedaron muy agradecidos, ante tamaño elogio, por otra parte, bastante alejado de la realidad.

Sostiene Stiglitz que como el desarrollo económico mundial radicará en el sector de los servicios que emplea mano de obra capacitada, y dado que Cuba tiene un avance positivo en ello, sus posibilidades de éxito son notables por cuanto se encuentra mejor preparada que otros países para los cambios acelerados en la economía mundial. Grave error.

La capacitación de la mano de obra es fundamental para el desarrollo económico de un país. Eso es cierto, pero las competencias concretas que se tienen deben estar en estrecha relación con el marco jurídico, el entorno administrativo y económico en que se desarrolla la actividad empresarial. Y teniendo en cuenta la formación de los cubanos, adquirida en el régimen comunista, las instituciones que subsisten son una pesada roca para la libertad económica y el progreso. A ellas no hizo referencia Stiglitz, tal vez porque desde hace años pertenece a ese colectivo de defensores del intervencionismo y el control económico. Si no existe una relación entre capacitación laboral y estructuras económicas, la inversión en formación se tira a la basura.

Del dicho al hecho suele haber largo trecho, y en Economía, donde dos y dos son cuatro, y nunca tres o cinco. El análisis de Stiglitz parece más bien un cuento chino dirigido a un auditorio que tal vez esperaba que el premio Nobel, dada su trayectoria, dijese algo de este calado para ganarse los aplausos.

Stiglitz, que puso como ejemplo los cambios drásticos en el mundo, producidos desde su última visita a Cuba, en el año 2002, “sobre todo desde el punto de vista tecnológico”, debería saber que en la isla el acceso de la población a internet está controlado por el régimen castrista, la libertad de instalación de redes en las casas y empresas es prácticamente inexistente y los escasos espacios públicos para la red wifi pública se encuentran atestados por el deseo de los cubanos de comunicarse con el exterior. Con tal grado de atraso, es difícil que la economía castrista puede obtener alguna ventaja de la globalización.

Es lo mismo que cuando se refirió al “descenso acelerado de oportunidades manufactureras”, como consecuencia de los cambios en la economía mundial. La manufactura en Cuba es poco competitiva, jamás ha sido capaz de equilibrar las cuentas externas de la economía a pesar de los bajos niveles salariales, su contenido tecnológico es muy deficiente al igual que su calidad. En suma, la economía castrista rara vez ha sido manufacturera, y lo poco que subsiste se verá afectado, por mucho que Stiglitz no lo crea, por lo que él llama la “robótica de punta”, como ya se observó en el sector hotelero cuando los gestores españoles en pleno período especial ajustaron las hinchadas plantillas que tenían los establecimientos turísticos.

La economía castrista no genera empleo, sino subempleo. Concentra en las empresas estatales, monopolistas controlados por sectores del ejército y la seguridad del estado, la producción y una mano de obra abundante que impide obtener ganancias sostenibles de productividad y que acumulan una continua ineficiencia, exigiendo subsidios del estado para poder compensar pérdidas. La burocracia y la incompetencia dominan la gestión del sector empresarial, en el que no ha podido entrar la iniciativa privada. 

La economía castrista es incapaz de potenciar los sectores de servicios que amplíen el aprendizaje y las competencias de los trabajadores. Lo que hace es exportar servicios profesionales a países del eje bolivariano, movimientos de población que no se manifiestan en ningún otro país del mundo, donde los profesionales académicos son libres de elegir en qué país quieren prestar sus servicios. Cuba, el régimen que la dirige, en contra del análisis de Stiglitz, ni se encuentra preparada para el desafío mundial ni tampoco ha sido capaz de identificar sus principales potencialidades.

Sorprende que Stiglitz haga referencia a dos aspectos que según él “Cuba podría aprovechar y le harían destacarse a nivel mundial: la agricultura y la energía solar”. 

La agricultura cubana, su especialización competitiva a nivel mundial, fue destruida por Fidel Castro hacia 2002, que se encargó de cerrar instalaciones de producción de azúcar, reduciendo la cosecha cañera de la que había sido primera potencia mundial a niveles inferiores a los de la etapa colonial. Los principales productos obtenidos por los campesinos independientes se destinan al consumo interno, apenas generan excedentes y se encuentran sometidos a la presión de los intermediarios estatales. Desde hace décadas la agricultura cubana, donde el estado sigue siendo el principal dueño de las tierras cultivables, es un desastre, obligando a realizar importaciones de alimentos por la escasa oferta interna. Ya nos dirá Stiglitz qué se puede hacer para ordenar este sector.

Y con relación a la energía solar, es cierto como dice él, que “Cuba, por su posición geográfica, posee una riquísima dotación de sol”, pero eso no es suficiente y para poner en marcha instalaciones de energía solar hace falta inversiones, recursos económicos que la precariedad del régimen castrista impide obtener por su obsesiva concentración en gasto improductivo. 

Las inversiones extranjeras difícilmente van a invertir en instalaciones solares cuando la energía en Cuba está subvencionada y sus precios son de los más bajos del mundo. Stilgliz tampoco debió informarse de esta cuestión. Me hace gracia que compare el caso de Estados Unidos, donde según él dice, “las industrias del carbón y petróleo impiden que se potencie esta forma valiosa de energía. Este no es el caso de Cuba”, claro que no. El caso de Cuba es la dependencia de un petróleo subvencionado procedente de Venezuela y que se intercambia por mano de obra profesional. Cuando ese comercio irracional toque a su fin, ya veremos de quién depende la energía en la economía castrista.

1 de diciembre de 2016

Cuba y España: una comparación de los primeros pasos hacia la transición

Elías Amor Bravo, economista



Cuando Franco falleció en noviembre de 1975 tres grandes tendencias políticas aparecían como posibles alternativas al escenario de transición a la democracia que empezaba a dibujarse en aquel momento.

En primer lugar, el sector inmovilista, formado por miembros del Movimiento nacional y del búnker ideado por la dictadura franquista para tratar de mantener y conservar un “franquismo sin Franco”. En este grupo se encontraban igualmente los principales núcleos de poder del régimen, integrados por los Falangistas, así como por la poderosa cúpula del Ejército y en buena medida, el sindicalismo vertical. 

Este sector en el régimen castrista viene representado por el grupo de altos dirigentes que velaron las cenizas en el Ministerio de las fuerzas armadas, con una edad media que ronda los 84 años y un ciclo vital que toca a su fin, salvo el caso excepcional de Díaz Canel.

En segundo lugar, el sector reformista, en el que se habían ido situando los aperturistas del
franquismo, políticos con trayectoria en el régimen, como Fraga, Areilza o Suárez. En este grupo se encontraban también los opositores moderados al Régimen, que proponían una transición a la democracia, más o menos suave.  

Cabe suponer, en tales condiciones, que Díaz Canel pueda representar ese sector reformista del régimen castrista, que ha ido eliminando a cualquier dirigente que se mostrase favorable a un proceso de apertura. Ciertamente es difícil. Los reformistas en el régimen castrista no existen o al menos, públicamente, no se muestran.

Finalmente, el sector rupturista, se encontraba integrado por los opositores radicales que no querían hablar de un mantenimiento de las estructuras políticas del régimen, y en el que se integraban la izquierda clásica española, la mayor parte localizada en el exilio histórico, y la nueva izquierda desarrollada por los grupos opositores internos, destacando partidos como el PSOE, el PCE, y sindicatos como CCOO o UGT.  

La ruptura en Cuba, como en España, viene protagonizada por todos los grupos políticos opositores y disidentes que sufren las penalidades diarias de la represión y el encarcelamiento, sin poder expresar libremente sus posiciones. Todos los grupos que existen en la isla cuentan con el reconocimiento de las organizaciones internacionales de su mismo espectro ideológico y participan de los congresos y reuniones en las que son invitados, gozando de un alto respeto y reconocimiento. Posiblemente mayor que el que tenían los pequeños partidos y organizaciones españoles a la muerte de Franco.

La transición a la democracia se inició con la proclamación de don Juan Carlos como Rey. En aquella sesión histórica, juró ante las Cortes franquistas, los llamados Principios Fundamentales del Movimiento Nacional, el 22 de noviembre apenas dos días después de la muerte de Franco. Era lo que estaba previsto desde que en 1969 el viejo dictador lo había nombrado su sucesor en la Jefatura del estado, bajo aquella convicción falsa de que “todo estaba atado y bien atado”. 

En Cuba, la proclamación de Raúl Castro como sucesor de su hermano ya se produjo hace varios años, y desde entonces, el régimen no ha cambiado, salvo en algunas propuestas de imagen como los llamados “Lineamientos” que buscan una cierta apertura económica para ganar tiempo. Raúl Castro ha mantenido inalterada la política de su hermano, y de hecho, lo ha reafirmado públicamente en numerosas ocasiones. No es falta de voluntad política.

La realidad es que el joven Rey Juan Carlos siguió a partir de noviembre de 1975 un camino muy distinto al imaginado por el dictador y sus fieles. Los gestos se convirtieron en hechos. Raúl Castro, por el contrario, no ha seguido, al menos hasta la fecha, camino alternativo al imaginado por su hermano.

Haciendo de nuevo un poco de historia, en su discurso de coronación, don Juan Carlos expresó abiertamente sus intenciones reformistas, al señalar que su deseo era “una sociedad libre y moderna, con la participación de todos en los foros de decisión y conseguir que cada día esa eficaz participación sea una empresa comunitaria y una tarea de gobierno”. Este mensaje se concretó en el nombramiento de Torcuato Fernández de Miranda al frente de las Cortes franquistas y del Consejo del Reino que desempeñó un papel fundamental en todo el proceso de transición. Al mismo tiempo, y para dar tranquilidad a los sectores reaccionarios, opuestos a cualquier cambio del régimen, mantuvo a Arias Navarro como presidente de gobierno, en un intento de recuperar el llamado “espíritu del 12 de febrero”.  

Raúl Castro no ha hablado nunca de reformas, ni de libertades, ni de una sociedad moderna y plural, en la que se garantice la participación democrática y el respeto a los derechos humanos. Su discurso mantiene el tono agresivo y beligerante de su hermano, y salvo la retórica del descongelamiento con Obama, pocos cambios se han producido en las estructuras del viejo régimen castrista. En Cuba no hay nombramientos significativos en la dirección política del país, que puedan presagiar cambios. Todo permanece con el mismo signo reaccionario de los viejos tiempos. Nada ha cambiado.

Para aquellos que lo deseen saber, el “espíritu del 12 de febrero” se corresponde con el anuncio realizado por el entonces presidente Arias Navarro, con Franco todavía vivo, de un tímido proceso de apertura política del régimen, consistente en la promesa de algunas innovaciones como la elección de alcaldes, importantes reformas en el ámbito de la actuación sindical y lo más relevante, una ley de “asociaciones políticas” que en cierto modo venía a dar respuesta a los partidos que deseaban aumentar el pluralismo democrático en el país. 

Los analistas y observadores opinan que en los próximos meses no cabe esperar cambios en Cuba que no vayan en la dirección de más represión, más fidelismo, más culto al líder y más régimen. Opciones que se reserva Raúl Castro para ganar tiempo hasta 2018 cuando tiene previsto abandonar el poder y preparar las condiciones de la sucesión.

Las medidas contenidas en el llamado “espíritu de frebrero” en vida del dictador Franco, entraron enseguida en un proceso muy lento que defraudó a amplios sectores sociales, y la oposición, ya entonces organizada, salió a las calles en protestas y huelgas. La respuesta del régimen franquista fue la única que sabía hacer: represión, detenciones masivas, cierre de revistas y de prensa, leyes antiterroristas y ejecuciones sumarias. Con ello, los sectores inmovilistas del régimen trasladaban un mensaje muy claro a la sociedad: no iban a admitir la menor reforma o cambio de estructuras, y actuaron con gran dureza contra los sospechosos de izquierdismo. 

En Cuba, no cabe esperar movilizaciones sociales contra del régimen por el temor a la represión y los mecanismos de delación y control que existen en la vieja dictadura comunista. Difícil será que estos mecanismos, arraigados en las estructuras sociales como los CDRs o las organizaciones de masas, desaparezcan rápidamente, cuando no existe voluntad política de hacerlo, ni tampoco protestas sociales violentas. Tan sólo un aumento de la pobreza estructural, provocada por aumentos de precios sin alzas salariales, puede provocar un estallido en el régimen castrista.

No obstante, aquel primer gobierno del rey Juan Carlos, con Arias Navarro de presidente, contaba entre sus miembros a significados aperturistas como Fraga, Areilza, Suárez o Martín Villa. La transición, con grandes dificultades, se abría camino.  

Raúl Castro continúa al frente de un gobierno en el que nadie tiene poder alguno para introducir cambios, solo él, y en el que no resulta fácil identificar aperturistas o personalidades capaces de liderar una transición a la democracia.

A resultas de lo expuesto, querer observar, en estos primeros momentos en que desfila la urna con las cenizas del tirano Fidel Castro por la isla, algún parecido con los acontecimientos descritos en España, justo en fechas próximas a la muerte de Franco, no tiene mucho interés salvo para constatar la existencia de notables diferencias. Seguiremos relatando los hechos.


Nota del autor: 

Este blog se dedica principalmente al análisis de las tendencias de la economía castrista y evaluar sus resultados, pero los acontecimientos recientes nos llevan a incluir estos posts en los que tratamos de aportar una visión de cómo la transición española a la democracia puede servir de referencia a la cubana que todos deseamos.