La entrega de tierras, otro fracaso anunciado de la política de reformas de Raúl Castro

En los últimos días, diversos medios de comunicación se han venido haciendo eco del fracaso de la denominada “política de entrega de tierras” anunciada por Raúl Castro como una de las “reformas estrella” de su gobierno, para hacer frente a la escasez de bienes de consumo y reducir la cuenta de las importaciones de productos agrícolas.
No habría que esperar tanto para conocer los resultados de este fracaso anunciado. Desde que se lanzó la medida hace dos años, tuvimos la ocasión de exponer que no era lo más acertado ni que iba a suponer cambios relevantes. Las razones que fueron expuestas, han venido a confirmarse con el paso del tiempo y, ahora, la situación es mucho peor, porque las autoridades siguen sin saber qué hacer para superar la grave escasez de alimentos que aqueja a la sociedad cubana.
¿Por qué estas entregas de tierras ociosas no pueden dar resultados? La respuesta a esta pregunta la tienen, tanto los agricultores, como los economistas.
Para los primeros, poner en cultivo tierras que habían sido abandonadas y en su mayoría invadidas por la maleza y el marabú sin los instrumentos y aperos adecuados, y con una limitación de conocimientos y escasa experiencia, puede resultar una operación muy complicada.
La agricultura cubana en los primeros 50 años de existencia de la República, fue un sector dominado por dos tipos de explotaciones. De un lado, las grandes concentraciones de tierra dedicadas a la producción de caña de azúcar, donde se obtenía el principal producto de exportación del país; de otro lado, las explotaciones de mediana dimensión en las que se cultivaba todo tipo de productos, alimentos, viandas, que no sólo daban abasto al conjunto de la población, sino que en algunos renglones, permitía una cierta exportación de calidad y alto precio.
Este sistema fue destruido por las confiscaciones y robos de propiedad del castrismo en su primera fase, y a partir de entonces, la agricultura cubana, otrora productiva y eficiente, se convirtió en una actividad marginal, limitada y ociosa, en la que la propiedad estatal presionaba sobre las pequeñas explotaciones que habían sobrevivido a la voracidad confiscatoria del régimen. Como consecuencia de ello, la población empezó a sufrir graves carestías de cantidad y calidad de alimentos, y la necesidad de importar del exterior lo que antes se producía internamente supuso una presión desmedida en las cuentas externas.
La vuelta atrás en el tiempo nunca es fácil. Y la experiencia de estos últimos dos años lo confirma. El desánimo, la ausencia de medios eficaces de producción, la limitación y los controles, la ausencia de adecuados sistemas de comercialización, la escasa aplicación de conocimientos, todo ello frena la capacidad de los agricultores que han obtenido tierras en usufructo para mejorar la producción.
Los economistas también tienen mucho que decir al respecto de la política de Raúl Castro. Para empezar, la primera cuestión a plantear es que la entrega o el usufructo de tierras, por muy largo que sea el plazo concedido, no es equiparable a la propiedad. Cuando un individuo es propietario de un activo, en este caso tierra de labranza, su potencial económico aumenta de forma importante, en la medida que puede endeudarse y con ello, hacer crecer su stock de capital. Quiénes han estudiado la importancia de fórmulas como los microcréditos, saben muy bien de lo que estamos hablando.
Por lo tanto, la primera medida que hay que introducir, y cuanto antes, es la propiedad privada en la agricultura cubana, garantizando mediante títulos legítimos que las tierras puestas en cultivo no tienen otros propietarios privados (habrá por ello que tener en cuenta las confiscaciones realizadas) y garantizar un marco estable de derechos de propiedad a los nuevos agricultores.
Después, será necesario introducir reformas destinadas a facilitar la acumulación de capital, la obtención legítima de beneficios en la agricultura, para su reinversión y capitalización posterior. Sin este instrumento básico de la economía privada, los incentivos para dedicar esfuerzos a la dura tarea agrícola, serán escasos. Además, hay que permitir que se aumenten las dimensiones de las explotaciones para obtener lo que los economistas denominan economías de escala, y con ello, producir con la eficiencia óptima. Se debe facilitar la compra de bienes intermedios en el exterior, de abonos y productos fertilizantes, y para ello, hay que autorizar la entrada de capital extranjero en la agricultura como estrategia de medio y largo plazo, con las debidas garantías.
Mientras que no se acometan con rigor estas decisiones, y se siga pensando en las "reformas para mantener el sistema vigente", se está perdiendo un tiempo precioso que no se podrá recuperar. Además, Cuba cuenta en el exilio con destacados especialistas en agricultura, conocedores de las decisiones que mejor contribuyen a mejorar la productividad y eficiencia en el sector, expertos en bienes intermedios aplicados al sector, en tecnología de abonos y productos fitosanitarios, cuya aportación no debería ser desdeñada por el régimen. Tal vez, en este ámbito, llegó el momento de olvidarse de la absurda ideología del castrismo, y construir las bases para un futuro estable y seguro para todos los cubanos. La agenda ya está servida.

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