La ayuda de la Unión Europea que necesita Cuba

Elías Amor Bravo, economista

No ha estado muy atinado el señor Portocarrero en sus recomendaciones al régimen castrista, durante su visita a la feria de La Habana. En esencia, el embajador de la Unión en Cuba ha pedido “diversificar exportaciones con productos de mayor valor agregado que generen empleo en la isla y fomentar las pequeñas y medianas empresas son los desafíos de Cuba para ampliar su mercado en la Unión Europea”. ¿De qué Cuba habla el embajador? ¿Se ha dado alguna vuelta por las calles y principales ciudades de la Isla?

Si tomase un mayor contacto con la realidad observaría que los únicos vestigios de actividad económica dinámica, productiva y eficiente son los trabajadores por cuenta propia que se aferran a las 181 ocupaciones que graciosamente el régimen ha autorizado para el ejercicio emprendedor.

Ello conduce a un paisaje de timbiriches, negocios de muy poca estructura, sobrecargados con la fiscalidad y costes laborales, sin ayuda alguna y además, con el estado siempre como arrendatario o regulador de sus actividades, bajo un estricto control. Si deja la ciudad y se dirige al campo, verá grandes extensiones de campos abandonados, extenuados por la plaga de marabú, que siguen siendo propiedad del estado y no se han concedido en arrendamiento a los agricultores que tratan de producir para atender las necesidades de alimento de la población.

Un poco más allá se encontrará con alguna cooperativa o UBPC en período de parada tecnológica por falta de piezas, o en condiciones de ausencia de suministros porque no existen mercados de distribución en la Isla, y si continúa su paseo se topará con el conglomerado empresarial del estado y del ejército que sale a la venta al exterior como "gangas" cuyo resultado es, cuando menos, impredecible.

Esa es la realidad, y no otra. De ahí que, recomendar la diversificación de las exportaciones parece más un sueño romántico que una estrategia de política económica para quién simplemente no sabe lo que es eso, y además, se niega a hacerlo.

Dicho de otro modo, si el señor Portocarrero quiere realmente ayudar a Cuba a entrar en el mercado europeo con más productos y de más valor añadido, lo que tiene que sugerir al régimen es que desarrolle políticas económicas que permitan aumentar esa producción y avanzar hacia actividades especializadas en valor añadido. En Cuba, esas actividades simplemente no existen. Hay que crearlas.

Y el estado castrista, el único agente que interviene en una economía de base estalinista, que conculca durante más de medio siglo el ejercicio de derechos de propiedad, no puede coger ese testigo, porque se encuentra extenuado. Para que Cuba pueda producir más y en actividades de valor añadido, hay que estimular su mercado interno, su demanda de consumo e inversión, generando empleo de calidad y bien retribuido, mejorando los mercados de distribución, el sistema financiero y bancario, la circulación monetaria, liberalizando las ataduras que limitan la acción de los agentes económicos. Y eso no se puede realizar sin la presencia, en la economía cubana, de empresarios privados independientes del estado.

Empresarios a los que se permita acumular el capital, repartir beneficios o retenerlos para realizar más inversiones, implantarse libremente en cualquier actividad y realizar negocios con los inversores extranjeros libremente. Permitir que funcionen los mercados de demanda y oferta y que los agricultores puedan producir con absoluta libertad lo que crean conveniente vendiendo a los precios que puedan alcanzar. Esas recomendaciones permitirían a la economía cubana transformarse y despegar, y más tarde, cuando se aseguren las bases del funcionamiento interno, exportar al resto del mundo, incluida la Unión Europea.

¿Por qué el comercio actual de la UE con Cuba gira en torno a productos “tradicionales” como dice el señor Portocarrero, como ron o tabaco? Básicamente, porque Cuba no puede exportar mucho más. Los datos son tozudos. La UE es el segundo socio comercial de Cuba, con un intercambio comercial que representa el 21,9% del total de la isla, solo superado por Venezuela. En 2013, últimos datos disponibles, las exportaciones de Cuba a la Unión ascendieron a 837 millones de euros por la venta de combustibles minerales, alimentos, tabaco o ron; y las importaciones de la isla procedentes de la Unión alcanzaron 1.834 millones de euros por la compra de maquinaria, equipos de transporte, productos químicos, manufacturas, alimentos o animales vivos.

Y por eso, el comercio no puede crecer y se mantiene estancado, incluso con las cifras del turismo. Una vez se viaja a la Isla, no mantiene la fidelidad que con otros destinos turísticos, ¿por qué será?. Un panorama ciertamente complicado, que obviamente no pasa por “exportar otro tipo de producciones que además generen más empleo en la isla”, como dice el señor Portocarrero, simplemente porque no existen, hay que crearlas y con ello construir una economía formada por sectores y actividades económicas que puedan exportar cualquier tipo de productos o servicios, pero antes, atendiendo las necesidades internas.

Visto desde esta perspectiva, harían bien las autoridades del régimen en valorar con mucha precaución ese ofrecimiento que hace el embajador de la UE de asistencia técnica a la isla para mejorar su comercio exterior, por medio de “intercambios entre expertos y facilitar herramientas y experiencias sobre cómo manejar un sistema de economía mixta”. Una vez más, el representante de la Unión se confunde, porque en Cuba, el régimen no se plantea avanzar hacia una economía mixta como la que existe en Europa, sino a otra cosa bien distinta, que se tiene que definir y concretar.

Para empezar, una sugerencia positiva es que este asunto debe formar parte del marco de las negociaciones de la Unión con Cuba que, al parecer, se aplaza a una nueva ronda en enero y que persigue la firma de un acuerdo bilateral de diálogo político y cooperación. La defensa de la pequeña y mediana empresa, junto a un marco estable y similar al que rige en los países europeos para los derechos de propiedad, podría ser un magnífico asunto para llevar a la mesa de las negociaciones. Además, de ejecutarse tendría un efecto muy positivo para la economía castrista y le otorgaría una justificación razonable para emprender cambios que simplemente no se atreven a adoptar.

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