Las inversiones públicas que se necesitan en Cuba

Cada vez que leo en Granma alguna referencia al pensamiento de Raúl Castro sobre los cambios en la economía cubana, siempre me temo lo peor. La absoluta falta de conocimiento de las reglas básicas de funcionamiento de la economía es tan evidente que no cuesta comprender cómo es posible que se haya llegado a la situación actual.

Lo malo es que insisten una y otra vez en los errores, y llevan camino de no corregirlos.

Esta vez, un artículo en Granma titulado “Aboga Raúl por continuar rescatando la disciplina” en el que se refiere lo tratado en la reunión ampliada del Consejo de ministros del pasado día 25, no puede ser más explícito de esta visión errónea de los problemas económicos.

Para el máximo dirigente del régimen, y cito textualmente el artículo “el enfrentamiento a cada uno de nuestros problemas requiere preparación, armonización, conciliación y para lograr tal propósito tenemos que exigir por el cumplimiento de todo lo implementado, porque sin disciplina y control será difícil que ninguna inversión o proyecto fructifique”.

La frase tiene que ver al parecer con las obras públicas que se quieren impulsar para mejorar el sistema ferroviario, altamente deteriorado por la baja participación que representa la formación bruta de capital en el PIB de la economía cubana, una de sus mayores debilidades, y que se explica por la absoluta prioridad otorgada por el régimen al gasto corriente. Según Raúl Castro el ferrocarril se encuentra en deterioro, y vuelvo a citar textualmente, “no solo por las carencias económicas, sino además por el resquebrajamiento del orden”.

Lo cierto es que no es ésta la imagen que se tiene de la economía cubana, donde todo funciona al amparo de unas técnicas de “perfeccionamiento empresarial” que tienen su base teórica en la “economía cuartelera” diseñada por ese maestro de la planificación que es Marino Murillo, ahora gran supervisor de las reformas de los “Lineamientos”, y el propio Raúl Castro. Parece mentira que una economía gobernada con principios “seudomilitares” pueda ser acusada de falta de orden.

Se concluye, por tanto, que este modelo económico basado en la supremacía de un planificador central de la economía que se considera superior al resto de los mortales y que, por este motivo, puede asignar los recursos existentes para fines alternativos de forma mucho más adecuada que el mercado, es un absoluto fracaso en Cuba.

La ausencia de propiedad privada y la imposibilidad de ajustar el comportamiento de los agentes económicos a través de la maximización sometida a restricciones, que es lo que realmente produce resultados óptimos en los modelos teóricos y en numerosos casos directamente observados en la realidad, hace que en Cuba, los dirigentes se obsesionen en más control y más disciplina. En fin, más economía cuartelera. Justo lo que no se debe hacer.

El Consejo de ministros ampliado dio mucho juego. No puedo comprender cómo quiénes se califican como “responsables” de la dirección política de un país, pueden situar su nivel de comprensión de la realidad económica a unos niveles tan primarios e inocentes. En otra colaboración atenderé las cuestiones planteadas sobre la política financiera y bancaria, que ya empieza a tomar la forma de la usura medieval. Pero quiero detenerme en exponer que una adecuada política de inversiones públicas no depende de disciplina ni de control, ni de todas estas boberías de los malos pagadores.

Cuba necesita inversiones públicas. En esto estamos totalmente de acuerdo. Pero creer que el Estado es el único que debe asumir el esfuerzo de modernización del capital público del país es una quimera, después de medio siglo sin hacer nada. Raúl Castro debería saber que la inversión privada en infraestructuras públicas suele ser mucho más eficiente, y mejor planificada y dirigida, porque la obtención de los beneficios evita esos problemas de indisciplina o descontrol a los que él hace referencia.

En todos los países del mundo, las empresas privadas que desarrollan obras de infraestructura trabajan en estrecha colaboración con los gobiernos y les ayudan a gestionar mejor los recursos escasos. La adjudicación de los contratos se realiza mediante procedimiento de subasta o concurso, con reglas y normas transparentes que facilitan una asignación eficiente. Cuando los proyectos son de gran envergadura, los pliegos permiten la unión temporal de empresas. Nada hay de malo en ello. Esta es una opción legítima para avanzar, para desarrollar económicamente a los países, y Cuba no tiene por qué ser distinta, por culpa de una pesadilla ideológica de la que parece ser, no se quieren despertar.

Si en vez de cerrar la economía cubana a la inversión internacional en infraestructuras, que tiene en Cuba un espacio muy importante para crecer y conseguir resultados espectaculares en áreas completamente abandonadas por el régimen, como el transporte terrestre, marítimo, conducción y tratamiento de aguas, de basuras, de energía, y un largo etcétera, las cosas irían de forma muy distinta. Mucho mejor. Ese es el reto que debe asumir Raúl Castro si quiere hacer lo mejor por su economía y su país. En el momento en que el régimen apueste por este modelo, su credibilidad internacional aumentará. ¿No es éste otro de los objetivos de los “Lineamientos”? Pues adelante. De eso es de lo que hay que hablar en el próximo Congreso del PCC y dejarse de obsesiones ideológicas que no llevan a ningún sitio.

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