Los graves problemas de la economia cubana:fin de ciclo

Con una estética cada vez más alejada de los símbolos marxistas y leninistas que inspiraron a la dictadura comunista de Fidel Castro, la Asamblea Nacional, que se reúne durante dos días al año, designó al ministro de Informática y Comunicaciones, el "comandante de la revolución" Ramiro Valdés, y a la contralora general, Gladys Bejerano, vicepresidentes del Consejo de Estado.
Dos baluartes sobre los que se va a cimentar la máxima autoridad del gobierno del país, presidida por el general Raúl Castro. Tiempo habrá de analizar con detalle lo que significan estos cambios introducidos en la cúpula del poder, pero de lo que no cabe duda es que suponen la apertura de un escenario cuyo desenlace está por ver.
De momento, que un personaje como Valdés, que está en las antípodas de la democracia y las libertades, ascienda a las alturas, es el resultado lógico de su capacidad para granjearse la simpatía de Raúl Castro y su habilidad para estar a las duras y maduras. Recuérdese que sus responsabilidades al frente de la informatización del país han dejado mucho que desear. Por lo tanto, si su capacidad como gestor no está en el origen de la promoción que se le ha reconocido, habrá que buscar en otros atributos la razón de su nueva ubicación en la estructura de poder del castrismo.
El ascenso de una funcionaria como Bejarano al Consejo de Estado, cuya experiencia está relacionada con el control financiero y presupuestario de una administración caótica, no parece otra cosa que el resultado de una decisión burocrática de poner al frente del país a la persona que debe ejecutar con mano dura los planes de ahorro en los gastos sociales anunciados meses atrás y reiterados en la Asamblea. Y poco más, de momento.
Lo dicho. Tiempo habrá de analizar con más detalle lo que significan estos cambios en la estructura de poder de un régimen que atraviesa, qué duda cabe, el peor momento de su historia.
Durante mucho tiempo, cualquier especulación sobre el desenlace final del castrismo apuntaba a las dificultades derivadas de un momento en el que, abrumado por los pagos y las deudas internacionales, no quedara al régimen otra solución que impulsar cambios. Parece que el momento ha llegado.
Durante las sesiones de la Asamblea, el ministro de economía, Marino Murillo dijo que lo que todo el mundo sabe, que la economía cubana no está para experimentos, que el crecimiento económico durante 2009 fue sólo de un 1,4%, lejos de las previsiones realizadas a comienzo del ejercicio de un 6%, y que llegaba un momento más difícil para afrontar la grave crisis que, como siempre, viene desde el exterior.
La cuestión es cómo casar este argumento con la cruda realidad de las cifras ofrecidas por el ministro y observadas a nivel internacional, ya que su discurso, en contra de lo que viene siendo habitual, fue transmitido por las televisiones a todo el mundo. Murillo declaró que el problema de la economía cubana se encuentra en el difícil encuadre de tres indicadores que confirman que el modelo actual no funciona: la productividad del trabajo en descenso, un 1%, los salarios nominales (que no los reales) en aumento, un 2,9% y las inversiones privadas, en caída libre, con un descenso del 16%. Además, las exportaciones bajaron un 22,9%, y las importaciones, todavía más, un 37,4%. En tales condiciones, ¿qué puede ofrecer el régimen al Mundo que no sea fracaso?¿qué puede ofrecer la economía cubana a la economía mundial para salir del grave atolladero en que se encuentra?
Se ha anunciado el recorte masivo de los planes sociales a los ciudadanos, eliminando subsidios a numerosos alimentos. El objetivo es que los gastos no crezcan por encima de los ingresos, reduciendo el consumo de energía si fuera preciso. En el frente externo, se ha anunciado de forma expresa, la enésima renegociación de unas deudas que muchas empresas extranjeras que operan en la Isla ya no pueden soportar, a la vez se apuesta por el impulso a todas las actividades e inversiones que proporcionen divisas, que son muy limitadas.
Sinceramente, lo sucedido en la Asamblea Nacional pone de manifiesto que el castrismo ha llegado a su fin. No querer reconocerlo y dar un giro de 180 º es una grave irresponsabilidad con 11 millones de sufridos ciudadanos. Ni la “silla vacía” del dictador sirve para justificar un desastre de estas proporciones.
La incapacidad de Raúl Castro para apartar esa silla vacía, o pasar a ocuparla él personalmente, es un ejemplo de que él no será quien realice la transición en Cuba, y que para mal de muchos cubanos, los problemas van a continuar sin solución. Los gobiernos internacionales deben tomar buena nota del inmovilismo que presenta el régimen de La Habana. Moratinos el primero, empeñado en ir contracorriente de la historia.

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