Hacia dónde debe ir la agricultura cubana

Las transformaciones que se están produciendo en Cuba, sobre todo en la agricultura, y después del comienzo de la política de entrega de arrendamientos de tierras a campesinos independientes, provocan “sorpresas” que se plasman en artículos en Granma, como el escrito hoy por Juan Varela, y titulado “Las fincas sacan a los frutales del olvido”. La tesis del autor es que la puesta en cultivo de nuevas tierras, unas 1.367 fincas en 84.516 hectáreas está devolviendo a los frutales a una etapa de esplendor, después del “olvido al que habían sido condenados”.
Condenados, ¿por quién? ¿Por qué? En el artículo se expone lo siguiente: “Por variadas razones, entre ellas el abandono, la falta de estímulo al productor y la carencia de viveros —garantía del fomento de nuevas áreas—, convirtieron a muchas frutas en especies a punto de desaparecer en nuestro entorno. Al deprimirse las ofertas, el consumidor está obligado a pagar un precio cada vez más elevado en el proceso de comercialización, situación que debe transformarse gradualmente”.
Veamos: abandono. ¿Cuál es el origen del abandono en el campo cubano? Tal vez habría que remontarse a los años anteriores al triunfo de la llamada “revolución” cuando la agricultura cubana, una de las más prósperas y eficientes de América Latina, tenía suficiente capacidad para obtener una amplia gama de productos, y comercializar en el exterior los excedentes vía exportaciones. Cuando llegaron las confiscaciones, primero de las grandes explotaciones, y después de todas las fincas, también comenzó el abandono.
Por un lado, los que huían del país para no seguir las consignas absurdas de la dictadura totalitaria. De otro lado, los que veían que el fruto de su trabajo no merecía la recompensa por un sistema de intervención y control político que impedía a la oferta llegar a los mercados en condiciones adecuadas. El abandono estaba servido. Y lógicamente, consecuencia de un peculiar sistema de propiedad estatal en manos del estado, y de una planificación ineficiente y burocrática.
Falta de estímulo. Por supuesto. Para qué producir si los beneficios que se van a obtener son inexistentes, se podrían preguntar muchos agricultores cubanos. Es más, durante los años más duros del proceso revolucionario, la “acumulación” de capital podría ser penalizada como un grave delito con duras condenas de prisión. Para que arriesgar, para que hacer más de lo estrictamente necesario. Sin un mercado eficiente que asigne vía precios la oferta a la demanda, cualquier otro estímulo es una pérdida de tiempo.
Estos dos factores, por sí solos, explican el desastre de la agricultura cubana en los últimos 51 años y su incapacidad para superar la grave crisis que la atenaza. Porque nadie debe esperar mejoras de la política de entrega de tierras. Las cooperativas pueden hacer algo, pero mientras que sólo dispongan de poco más del 25% de la superficie agrícola, su capacidad será limitada. Además, el control político que por medio del partido se ejerce dentro de la Asociación ANAP, hace presagiar que las cuentas van a estar dadas, y que serán una prolongación de las empresas estatales y de las “tristemente célebres” UBPs.
Los cubanos deben ser conscientes de que podrán comer fruta todos los días, como antes de la revolución, pero no porque el Ministerio de la Agricultura (MINAG) y la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) vayan a dar el máximo respaldo al subprograma de frutales que lidera la agricultura urbana y suburbana a fin de aprovechar las áreas aledañas a las ciudades y poblados y lograr cosechas con mayor calidad y menos gastos. Este es un enunciado más, vacío de contenido, de toda la palabrería del régimen.
Comerán fruta, variada y de calidad, y a buenos precios todos los días, si los agricultores pueden ser dueños de la tierra que trabajan, si pueden aumentar la dimensión de sus parcelas, comprando otras o alquilándolas a sus propietarios para acrecentar la escala de producción y mejorar la competitividad. Si tienen libertad para reinvertir sus beneficios, para contratar los trabajadores y los medios de producción y fertilizantes que necesiten, y si pueden asociarse con inversores extranjeros que les faciliten tecnología y know how, así como vías para la exportación.
Ese es el futuro de la agricultura cubana, y no ese molde a medida de la cúpula dirigente que está planeando Raúl Castro con las medidas contenidas en los “lineamientos”. Tenemos que ser capaces de explicar a los cubanos lo que se están perdiendo por esa ceguera ideológica de quiénes quieren seguir gobernando Cuba de forma totalitaria y con un control absoluto de la economía. Hay que dejarse de sensiblería y de mensajes equívocos que solo pueden contribuir a arrojar más confusión sobre el desastre que se avecina si no se corrige el rumbo económico y político cuanto antes.

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