Cuba, modelo de inspiración para las economía de América Latina



La secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) Alicia Bárcenas, durante una entrevista en Ciudad de México que recogen diversos medios, ha dicho explícitamente que “los países latinoamericanos tienen que aprender mucho de Cuba sobre políticas para reducir la desigualdad”.

Que un alto directivo de una organización de las Naciones Unidas, especializada en el análisis económico a nivel regional, que se supone profesional y objetiva, tome posición en una materia tan controvertida a favor del régimen castrista, debe estar bien fundamentada.

Al parecer su argumento para defender que América Latina aprenda de Cuba tiene que ver con el aumento de la desigualdad en la región durante las dos últimas décadas, y las consecuencias que ello puede tener sobre la crisis económica internacional. 

Es decir, Cuba aparece a los ojos de esta dirigente de CEPAL como un país “igualitario” (de hecho lo compara con Uruguay) en el que las desigualdades son menores que en el resto de América Latina. No parece que éstos sean los datos procedentes de la  isla.

En Cuba, las desigualdades están creadas por el régimen castrista y bloquean el dinamismo económico y las posibilidades de crecimiento interno.

Existen desigualdades en el acceso a la moneda fuerte, el CUC, en la que se realizan la mayoría de las transacciones productivas y rentables de la economía, mercados de consumo incluidos.

Aparecen desigualdades en el acceso a bienes y servicios, en las oportunidades reales de hacer negocios con extranjeros, en función de la pertenencia a los órganos de poder político y burocrático del partido único, la seguridad del estado y el ejército.

Las desigualdades aparecen en los patrones de consumo, de vivienda, de transporte, de uso de determinados bienes de consumo como los teléfonos móviles, incluso en la vestimenta.

Todo es desigualdad macro y microeconómica en Cuba, dentro del marco de una economía estatal, intervenida y controlada por la burocracia partidista. Con un mercado ausente y proscrito, las desigualdades materiales en Cuba, con un salario promedio de 12 euros al mes, obligan a la población a “resolver” para satisfacer necesidades básicas.

Y lo que es peor, llevan así más de medio siglo.

En una cosa tiene razón, América Latina puede ser una de las regiones  con mayor nivel de desigualdad del mundo, pero inferir a partir de ahí que Cuba pueda ser un modelo de inspiración al resto de países, parece como mínimo, temerario. 

Los críticos al funcionamiento de la economía de mercado, en ocasiones, se lanzan a ataques cargados de ideología, en los que tienden a mezclar cosas que son muy diferentes. La señora Bárcena lo hace de forma intencionada cuando dice que en la región “las dos fábricas de desigualdad son la estructura productiva y la educación”.

Esto es equivalente a observar la proximidad de un iceberg y asumir sus dimensiones sólo prestando atención a la parte que aparece por encima de la superficie. Conocido es que estos gigantes de hielo presentan unas dimensiones mayores por debajo. En Cuba, la educación y la estructura productiva lejos de corregir desigualdad alguna, las agrandan.

Los profesionales mejor formados huyen masivamente del país en demanda de libertad y mejores condiciones de vida. Los mejores negocios están en manos de extranjeros o de empresas pertenecientes al conglomerado político y estatal.

La realidad actual viene a confirmar que muchos gobiernos abocados a problemas de corto plazo en la crisis económica, y que según la señora Bárcenas, “no se han dotado de una carta de navegación para superar las barreras estructurales que frenan el desarrollo”, tienen problemas precisamente como consecuencia de una intervención estatal o regulación excesiva e ineficiente.

Éste es un fenómeno perceptible en la Unión europea (Grecia o la España socialista de Zapatero son buenos ejemplos). En América Latina, se suelen presentar los dos fenómenos, tanto por separado como en conjunción, lo que suele crear una “tormenta perfecta” de consecuencias devastadoras.

Lo cierto es que CEPAL viene observando en los últimos años un crecimiento promedio de América Latina muy superior al registrado en otras zonas del planeta.  Y si bien el pronóstico para 2012 se sitúa en un 3,7%, todavía queda muy por encima de la media mundial o de las tasas registradas en la Unión Europea.

También podemos estar de acuerdo en cuáles son las barreras que frenan el desarrollo en América Latina: las bajas tasas de inversión, productividad y tributación. Pero en ninguna de ellas puede dar Cuba ejemplo alguno a América Latina. La inversión en porcentaje sobre el PIB apenas supera el 9%, la más baja de América Latina.

La productividad es claramente insuficiente y uno de los objetivos de las reformas raulistas. La tributación es asfixiante y se diseña con criterios confiscatorios, incluso para los pequeños cuentapropistas sin capacidad de crecimiento. Toda la tributación castrista recae sobre actividades que precisan estímulo para consolidarse. El resto se obtiene de la propiedad y control estatal de la economía, que supera el 80%.

CEPAL es una organización respetable. Sus estudios e informes permiten analizar el estado y evolución de las economías de América Latina. La economía tiene unas reglas de comportamiento, y exige utilizar referencias adecuadas para no cometer errores. El ejemplo que ha visto en Cuba la señora Bárcenas puede ser cuestionable y cuestionado.

Tomado de Miscelánea de Cuba, 7 de febrero 2012

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