En el Día del Campesino cubano: nada que celebrar
Elías Amor Bravo, economista
Sorprende
que todavía a estas alturas de la historia, los campesinos cubanos, digamos sus
representantes institucionales reunidos bajo las siglas de la ANAP, quieran celebrar algo el 17 de mayo. Este día se conmemora el Día del
Campesino, cuando se cumplen precisamente 67 años de la firma de la primera ley
de reforma agraria por Fidel Castro. La prensa oficial se ha hecho eco de la
información.
Aquel acto
populista, de firma en Sierra Maestra, quedó inmortalizado en una instantánea
que, reproducida hasta la saciedad por los medios oficiales del régimen comunista,
sentó las bases del desastre posterior en el productivo, eficiente y próspero campo
cubano de antes de 1959.
Y, por tanto,
visto en perspectiva, realmente hay poco que celebrar, más bien nada, de las
consecuencias de aquella lejana ley que pretendía, según Fidel Castro, que “nuestra
patria recupere la tierra perdida, para nuestros hermanos, para nuestros hijos,
que no tienen trabajo, que no tienen tierra”. Mucho recuperar para mucha gente,
pero la realidad bien cierta es que el sector agropecuario cubano en 2026 se
encuentra mucho más atrasado que en 1959. Y los datos son contundentes.
En Cuba se aplicó la peor
reforma agraria posible, en cuanto a su diseño técnico y político, ya que se dirigió a estrangular al sector, impidiendo desde entonces su evolución dinámica y productiva. Los datos posteriores nunca
repitieron los récords alcanzados en la década de los años 50, antes de la llamada
“revolución”. Además, la destrucción del agropecuario cubano alcanzó a todas las producciones,
sin que ninguna levantara cabeza. Hasta el azúcar no pudo sobrevivir a las patrañas
de Fidel Castro de comienzos de siglo. El ganado fue desapareciendo, siendo insuficiente
para alimentar la población. La producción hortofrutícola agonizaba por la
falta de tierras, insumos, fertilizantes e insecticidas. El balance no ha podido
ser peor, de modo que no hace falta ser un especialista para concluir que el agropecuario
cubano no tiene nada que celebrar este 17 de junio. El Día del Campesino cubano
pide a gritos un cambio de fecha.
De nada sirve
que Díaz Canel se dedique a halagar a los campesinos, como con el mensaje en X
en que dijo que “Fidel
aquel día expresó la satisfacción infinita de haber cumplido una promesa más y
de contribuir al bienestar de millones de cubanos que sufrieron durante años el
abandono y el olvido”.
Cierto. Una
promesa que nunca se debió cumplir, o al menos no acometerse con el diseño marxista
leninista y colectivista que le dieron en aquel momento. Una reforma agraria no
tiene por qué suponer un desastre para el sector agropecuario, como ocurrió en
la Francia del siglo XVIII o el Vietnam de los años 90 del siglo XX. Pero la
cubana, inspirada en el mamotreto infumable de Marx arruinó el campo cubano en menos
de un lustro condenándolo a la extinción.
Y claro,
teniendo en cuenta esa aplicación desquiciada de la reforma agraria, el
bienestar de los cubanos se convirtió en una pesadilla diaria para conseguir
algo que comer, mientras que a 20 kilómetros de distancia o menos, los campos veían
como se perdían las cosechas porque Acopio era incapaz de trasladarlas a las ciudades o pagaba precios imposibles de aceptar por los productores.
¿Es eso lo que pretendía conseguir Fidel Castro?
En realidad, la llamada “revolución” no entregó nada valioso a las familias campesinas, sino que las condenó a una miseria e importancia al negarles de forma sistemática lo fundamental para producir y avanzar que no es otra cosa que el derecho de propiedad privada de la tierra. La concentración de las explotaciones en manos del estado, como consecuencia de las confiscaciones, acabó creando una sociedad de agricultores asalariados que nunca pudieron beneficiarse del esfuerzo en sus pequeñas parcelas admitidas por la llamada “revolución”.
Sin derechos de propiedad privada, y, por
tanto, sin poder comprar, vender, alquilar, hipotecar, transaccionar la tierra,
las condiciones técnicas imperantes en el agro cubano no facilitaban el aumento sostenido de la producción. Aquella ley del 17 de mayo de 1959 cambió las
relaciones de producción en el campo cubano y de las antiguas explotaciones
privadas se pasó a un modelo de concentración de la tierra en manos del estado comunista, que acabó siendo el origen del desastre posterior.
De nada han servido las reformas parciales y los “parches”
acumulados en la producción agropecuaria desde 2006, y los resultados siguen
estando ahí. No hay producción suficiente de alimentos, no llega a los mercados de consumo y
los precios andan desquiciados. Un país en que se pueden obtener varias
cosechas al año de cualquier producto agrario pasa hambre y vive en una crisis humanitaria
de falta de alimentos que tiene mucho que ver con la irresponsable gestión del
régimen.
De modo que
67 años después, en este Día del Campesino, conviene recordar a aquellos que
pensaron que con reformas agrarias colectivistas se puede lograr “una profunda
justicia social” que se equivocaron y que lo que existe en la actualidad es consecuencia
directa de ese “bello sentimiento” que no fue otra cosa que un engaño político
de la llamada “revolución” para impedir la consolidación de una clase social de campesinos prósperos, independientes de la política y con futuro.
El campo cubano tiene poco que agradecer y celebrar en estos últimos 67 años. La utilización política que se ha hecho del mismo, por la llamada “revolución” es un mal ejemplo para las futuras generaciones, que deben inspirarse en principios y valores completamente distintos a los que han destruido el sector en la economía cubana. Los datos no engañan; todavía a estas alturas se mantienen en el campo alrededor del 20% de los ocupados de la economía cubana, una cifra desproporcionada, lo que arroja un nivel de productividad muy bajo, de apenas el 10% de la media que ya de por sí es igualmente muy baja. Esta situación estructural se tiene que revertir con medidas que fomenten la libertad, la propiedad, la eficiencia, la competitividad y la acumulación, entre otras.
Dicho de otro modo, en vez de tantos diplomas de “Destacados en la emulación nacional por el Día del Campesino” en el campo cubano hay que buscar y recompensar la rentabilidad, productividad y prosperidad, y dejarse de tanta “Vanguardia nacional” y demás. Y, sobre todo, olvidarse de la herencia de Fidel Castro, si del mismo que mandó a cuidar a los pollitos en las casas de la gente durante el período especial, a sembrar café en la periferia de La Habana, o a investigar para conseguir la vaca lechera más grande del mundo. Si, el mismo personaje que puso fin, por voluntad propia y sin ningún dato que avalase la decisión, a la historia cultural y económica de tres siglos de azúcar cubano. Realmente hay poco que agradecer, y desde luego, nada que seguir.
Por suerte,
hay muchos campesinos cubanos que no lo dicen abiertamente, pero que saben que
ningún bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de
Estados Unidos es el responsable del desastre histórico del agropecuario cubano.
Ellos esperan un nuevo amanecer para el agro cubano, que debe llegar con la transformación democrática de la nación.
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