¿Puede el Congreso de ANAP hacer algo por la economía cubana?

Mañana comienza el X Congreso de la Asociación Nacional de Pequeños Agricultores de Cuba. Si, la misma que hace unos días, expresaba su presidente que “buscaba pautas” para introducir “nuevos mecanismos que conduzcan a incrementar la producción y la eficiencia, mediante una mayor utilización de los limitados recursos materiales, técnicos y humanos disponibles”. Casi nada.
Históricamente, Cuba fue una gran potencia agrícola. Su especialización en la producción de azúcar no significaba que otros productos pudieran tener su acogida en el fértil campo cubano. Café, tabaco, viandas, plátanos y frutales, pienso y forraje, eran, entre otras, las principales producciones de la agricultura cubana, con las que se satisfacían las necesidades internas y se atendían pedidos del exterior.
Ese auge de la agricultura, que arranca de los orígenes de la colonia, se vio brutalmente frenado con la revolución comunista, y los planes que transformaron la estructura de la propiedad en la Isla. La confiscación de tierras, la usurpación de la legítima propiedad agrícola en la que trabajaban y producían los agricultores cubanos y los empresarios del campo, supuso un duro golpe a un sector en el que se necesita algo más que demagogia y engaños del castrismo para alcanzar resultados.
La relación del régimen comunista con la agricultura fue una historia de desencuentros. Desde las injustas confiscaciones del primer momento, que tuvieron un elevado coste social y personal, pasando por los experimentos ganaderos para conseguir vacas que produjeran más leche, hasta aquel absurdo intento de alcanzar la “cosecha de los diez millones” movilizando de forma enloquecida todos los recursos nacionales en un objetivo que era evidente que no se iba a alcanzar, hasta la experiencia más reciente, la decisión personal de Fidel Castro de poner fin a la industria azucarera y su tradición cultural, toda la historia agrícola del Castro comunismo ha sido una acumulación de fracasos.
La razón es sólo una. No es posible conseguir objetivos en la agricultura, ni en sector productivo alguno, si no se establece un marco jurídico adecuado y estable que consolide los derechos de propiedad, al tiempo que se garantice el funcionamiento de la economía de mercado como mecanismo de asignación. Lamentablemente, las autoridades no se dan cuenta de que ésta es la única solución que les queda para dar de comer a la población, para “asegurar el abastecimiento estable a la población de viandas, granos, hortalizas y frutales”. En el comunismo cubano, los que venden sus productos libremente a los ciudadanos son “delincuentes peligrosos”, “especuladores” a los que hay que perseguir y eliminar por la fuerza. Aun se recuerda la triste experiencia tras el paso de los ciclones, cuando las medidas de contención de precios lo que provocaron fue la falta de alimentos. Y aun se siguen recibiendo críticas de impagos de productos a los campesinos por parte de la distribución estatal. Todo un ejemplo de modelo fracasado.
El X Congreso de la ANAP, con sus 860 delegados y 150 invitados, debería dar un golpe en la mesa y exigir al raulismo un giro de 180º y que introduzca la economía de mercado en la agricultura cubana. Que ponga fin al esperpento de esa demagogia barata de la “tierra para quien la trabaja” de las reformas agrarias absurdas del régimen, y que se garantice el ejercicio libre de la empresa privada en la agricultura cubana. El sector cooperativo, uno de los pequeños resquicios que escapan a la obsesiva presión estatalista del régimen, debe exigir a las autoridades que abran espacios a la producción competitiva, a la comercialización y la distribución logística y la fijación de precios libres en los mercados. Eso es lo que hacen los empresarios en los países democráticos y los gobernantes les escuchan, y tratan de dar respuesta a sus retos. Pero claro, estamos hablando de Cuba.
La experiencia confirma que la política de entrega de tierras establecida de mala gana por el raulismo, no va a dar los resultados buscados porque nadie, en su sano juicio, va a arriesgar sus esfuerzos y dedicación a una tierra que sabe que nunca será suya, que no puede hacerla crecer, que no la puede vender o alquilar libremente. Además, muchos de estos arrendatarios comunistas no pueden hacer las reformas en sus tierras porque el régimen les niega aperos de labranza, productos químicos o simplemente, los abandona a su suerte, sin más. El fracaso está servido.
En vez de tanta reunión improductiva para recibir “pautas y consignas” de los camaradas comunistas, los delegados de la ANAP tendrían que plantar cara y demandar al régimen reformas en profundidad en el campo cubano, para que la economía agrícola vuelva a ser mejor que la de antes de 1959. Que actúen como auténticos empresarios que reivindican al poder lo mejor para sus negocios, para su actividad. Ese es el verdadero sentido de un congreso de una asociación de productores agrícolas, y no servir de comparsa a las autoridades. Y yo me pregunto, pero ¿qué tienen que enseñar los burócratas del Ministerio de la Agricultura a los cooperativistas cubanos para analizar aspectos de la producción, comercialización y los problemas económicos que atañen al movimiento cooperativo? Eso no es más que una pérdida de tiempo y dar vueltas al carrusel sin aportar nada productivo.

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