La salida laboral de los jóvenes cubanos

Un interesante artículo publicado en Granma, titulado “Ubicar a los jóvenes donde el país más los necesite” y escrito por Olga Díaz, describe las acciones que el régimen castrista ha decidido poner en marcha para orientar laboralmente a los recién graduados de los centros superiores del país.

No me cabe la menor duda que el problema de la formación de los trabajadores cubanos es una cuestión fundamental que se debe analizar sin la demagogia castrista asociada a la idea de los “logros de la revolución”. Es un problema fundamental que plantea retos, no sólo al régimen a corto plazo, sino al futuro sistema democrático que tendrá que hacer grandes esfuerzos para rentabilizar al máximo los recursos que se destinan a estas actividades, fundamentales para que un país supere las lacras del subdesarrollo.

Para un sistema político acostumbrado a trabajar en un entorno de planificación centralizada, en la que todas las decisiones que afectan a la vida de las personas, siendo la educación para el empleo una de las más relevantes, este tipo de cuestiones no deben resultar novedosas.

Por otra parte, la denominada “revolución” convirtió la educación en uno de sus “logros” produciendo resultados asombrosos como la ratio de médicos por habitante más elevada del mundo, o la existencia de un ejército de educadores cuyo intercambio por petróleo para el régimen chavista, ha permitido al castrismo contar con recursos financieros para afrontar la crisis estructural de su sistema económico.

Por lo tanto, no estamos hablando de cuestiones sin relevancia. Los presupuestos destinados a una educación controlada por el estado, en la que las vocaciones se encontraban truncadas cuando se percibía una distancia ideológica o el no cumplimiento de las directrices del partido, han alcanzado porcentajes muy elevados del gasto público, y subsisten dudas sobre la eficacia del mismo.

Un ejemplo, es el asunto de la ubicación laboral de los recién graduados, tanto de los centros politécnicos del Ministerio de Educación (MINED) como de la enseñanza superior, cuestión abordada en el artículo de Granma al que hacemos referencia.

En la década de los años 60, el régimen castrista ideó un sistema educativo en el que los niños al empezar la enseñanza secundaria, y ante la eventual llegada de la edad militar, se encontraban con una opción profesional predeterminada, que suponía, en muchos casos, una decisión ajena al núcleo familiar o la vocación de la persona.

Combinando la escuela al campo con otros instrumentos de adoctrinamiento como los trabajos voluntarios, o los denominadas “becas”, cuyo análisis podríamos dejar para otro trabajo, el estudiante se encontraba inmerso desde tempranas edades en un camino de una dirección y sentido únicos: pionero, joven comunista, etc, del que resultaba muy difícil, y poco conveniente, escapar. Los que lo hacían, eran condenados al ostracismo, o se les privaba el acceso a las mejores profesiones.

La llegada del período especial primero, y de la gran crisis estructural de la economía a comienzos de este siglo, puso en tela de juicio ese modelo, sobre todo cuando médicos o ingenieros, se encontraban percibiendo unos sueldos equivalentes a 20 euros mensuales, sin que ideas, creatividad, eficacia o calidad del trabajo recibieran la adecuada recompensa. En cualquier hotel, restaurante o conduciendo rastras o vehículos de turismo, se podrían obtener ingresos muy superiores, sin apenas educación o formación.

Consecuencia, el arma de dominio del régimen por la vía del aseguramiento de los estudios dejó de ser atractiva para muchos jóvenes cubanos, y comenzó el abandono escolar temprano, el fracaso escolar, y otra serie de problemas desconocidos hasta entonces. Problemas que han ido a más, y que obligan a las autoridades a tomar cartas en el asunto.

Ahora el sistema de planificación quiere poner a los jóvenes en aquellas tareas que tienen una mayor demanda en los sectores de la producción y los servicios. Es decir, se acabó lo de producir médicos o maestros a lo loco, y se empieza a pensar en atender las enormes lagunas existentes entre cualificación y demanda de trabajo.

La idea de situar a los “jóvenes en correspondencia con las necesidades y prioridades económicas y sociales del país, teniendo en cuenta, por supuesto, las normativas vigentes que regulan el cumplimiento del servicio social y el adiestramiento laboral como parte de este” es muy correcta a nivel teórico. El problema como todo lo que sucede en el régimen castrista es su implementación.
Un problema sigue siendo el mecanismo de asignación de estudiantes a las distintas especialidades.

Como todo lo planificado, creo que es contraproducente concentrar los esfuerzos de orientación en aquellos graduados que no pueden ser ubicados en la especialidad que desean. Es evidente que existe un desajuste entre demanda social y demanda del tejido productivo, y en esa cuestión, la planificación central no produce los mejores resultados. Tal vez, la entrada de operadores privados en este mercado podría mejorar notablemente el balance final. Es cuestión de probar.

Otro problema es el servicio social ¿A quién en su sano juicio se le ocurre seguir exigiendo servicios sociales a los graduados, llegando a la inhabilitación para el ejercicio profesional si no se incorporan a esa actividad? Si el graduado se tiene que adaptar en su práctica profesional al tejido productivo, ¿no sería más conveniente suprimir esa primera etapa de servicios sociales, que muchas veces, casi siempre, no guarda relación con el cometido principal? Esta es otra cuestión a revisar en profundidad.

Se tiene la sensación de que el régimen quiere introducir en la formación de los egresados un componente de formación dual que mucho tiene que ver con el modelo alemán, así las figuras del plan individual de adiestramiento laboral o del tutor en el centro laboral tienen mucho que ver con ese modelo. Pero hasta ahí, la cuestión es que la eficacia de este modelo consiste en que las prácticas se realicen en empresas en un entorno real, y mucho me temo que no es ésta la idea de los responsables educativos del castrismo.

No me cabe la menor duda, a tenor de lo expuesto, que en sistemas de planificación central asfixiante, este tipo de acciones no suele dar los resultados esperados, y seguirán existiendo jóvenes cubanos que prefieran las opciones laborales en el sector hotelero a los puestos que les ofrece el estado, muchos médicos y profesionales seguirán optando a la salida al extranjero como única vía de desarrollo profesional, y el sistema continuará devorándose a sí mismo, sin mejorar la eficacia de su funcionamiento.

Tomado de: www.miscelaneasdecuba.net

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