Marrero y las transformaciones en las empresas estatales
Elías Amor Bravo, economista
Marrero ha dicho que “el objetivo esencial de las
transformaciones es elevar la calidad de vida de la población” y la prensa
oficial se ha hecho eco de sus palabras que, tal vez no habrán sido del agrado
de Díaz Canel, que, sin embargo, no hace otra cosa que decir que las transformaciones se han
implementado para “preservar el socialismo”.
De modo que ya se tienen dibujadas de nuevo las dos sensibilidades, la
reformista y la reaccionaria, con sus dos protagonistas que no se ponen de
acuerdo sobre lo que quieren conseguir. Y mientras tanto, los cubanos siguen
inmersos en una grave crisis humanitaria a la espera de que se adopten las
decisiones necesarias para poner fin a la pesadilla.
Marrero hizo estas declaraciones en el contexto de un
mensaje dirigido a las empresas estatales socialistas, en la clausura del
Ejercicio de entrenamiento sobre las transformaciones, dirigido a presidentes de grupos
empresariales y de juntas de gobierno, con sede en la Escuela Superior de
Cuadros del Estado y del Gobierno. La alta dirección empresarial estatal del régimen.
A ellos, les dijo que al gozar de una mayor autonomía en
la administración y gestión en las 176 transformaciones, las empresas estatales pueden acabar siendo el “motor impulsor para los
cambios que lleva adelante el sistema empresarial cubano”. Ni él se lo cree.
Sin embargo, Marrero no se cortó un pelo, y afirmó que “ya se aprecian
cambios que impulsarán las capacidades productivas y con ello habrá más oferta,
lo que en lo adelante debe contribuir a la disminución, poco a poco, de los
precios, y a contener la inflación que tanto daño hace”. Sería interesante que ofreciera
algún dato que justificase estas afirmaciones, porque la realidad, sin estadísticas
a las que recurrir, parece que es bien distinta de ese panorama optimista.
Y es que cuando un dirigente comunista se pone a valorar el estado y evolución de la economía, siempre cae en el mismo error. Y Marrero no podría ser distinto. ¿En qué consiste tal error? Básicamente, en pensar que la economía puede ir mejor conforme se van aplicando las medidas publicadas en la Gaceta oficial. Y créanlo, esto fue lo que dijo Marrero al intercambiar con los más de 50 participantes pertenecientes a empresas estatales.
Para Marrero se
aprecian mejorías en solo tres meses porque “ya se ha concluido la
implementación de 158 transformaciones, con 197 normas jurídicas que las
respaldan”. Una idea equivocada del funcionamiento de una economía, donde deben
ser las relaciones entre los actores económicos, las que justifiquen previamente, una
regulación para potenciar el impacto social. Inducir comportamientos desde la
Gaceta oficial es tiempo perdido.
El otro error de Marrero es seguir creyendo en el principio constitucional de que la “Empresa Estatal Socialista es el sujeto principal de la economía nacional”. Otro articulo de la constitución que no tiene futuro. Quizás la empresa estatal lo fue, y tuvo su tiempo de gloria, pero en la actualidad, las empresas estatales, al menos por los informes disponibles, no tienen ya ese protagonismo, sino que han visto cómo las empresas privadas y los TCP, en particular, les van comiendo el terreno.
En la última edición de la estadística de "Indicadores seleccionados del sistema empresarial y presupuestado" del periodo de enero a julio de este año, hay algunos datos que merecen ser destacados. De un total de 2.206 empresas estatales, un total de 348 registran pérdidas, el 16% del total. Pero es que, además, con respecto al mismo período del año anterior, las empresas estatales en pérdidas han aumentado de forma espectacular su número, en un 135,9%, pasando de 256 a las 348 citadas.
Por otro lado, para el conjunto de las empresas estatales, las "utilidades" es decir, los beneficios generados en el periodo citado se redujeron un 69%, más de la mitad, pasando de 97.217 a 67.274 millones de pesos. La rentabilidad de las empresas estatales, por los suelos. ¿A quién se pide explicaciones de este desastre? ¿Al embargo? Desde luego, si alguien ve futuro en este panorama, no puede ser más que imprudente.
Y eso que el régimen sigue atando
en corto a la iniciativa privada y le impide desarrollar plenamente sus potencialidades.
Pero las empresas estatales, inspiradas tal vez en mensajes como el de Marrero,
siguen soñando con unos tiempos que ya no volverán, y poco a poco van quedando
relegadas a un espacio de indefinición e incertidumbre, del que solo saldrán
cuando pasen a ser dirigidas por la propiedad privada. Pero eso ya llegará.
El problema de hoy es que todavía los dirigentes del régimen, como
Marrero, siguen convencidos de que las empresas estatales tienen futuro y su
papel es fundamental para la economía, siendo responsabilidad de los dirigentes
empresariales la búsqueda de soluciones propias que apuesten por la integración
con los actores económicos no estatales, para generar más riqueza y desarrollo
al país.
Todo este potaje relacionado con las empresas estatales se cuece en el eje temático 1, que tiene 31 transformaciones referidas al modelo de gestión de los actores económicos y que según Marrero, supone una “profunda transformación, no solo estructural, sino funcional y organizacional”.
Se pasa Marrero de frenada, porque cuando se analizan con detalle esas 31 transformaciones, se entiende que no son otra cosa que hábiles golpes de maquillaje de mala calidad que no van a conseguir que las viejas y adormecidas empresas estatales funcionen de forma “más ágil, eficiente y articulada con el resto de la economía”. En realidad, no están preparadas para ello, y adolecen de los motivos para apostar por la productividad, la competitividad y la rentabilidad. No lo han hecho en 67 años y no lo van a hacer ahora.
Otra vía perdida con las transformaciones es el “fortalecimiento de las Juntas de
Gobierno de las empresas estatales”, para lo cual se ha realizado este Encuentro
destinado a la preparación de los miembros y el adecuado funcionamiento de las
mismas. ¿Qué se puede esperar de estos equipos directivos que no han hecho otra
cosa a lo largo de su existencia que obedecer a los de “arriba” y esperar que lleguen las órdenes? Que nadie espere que la compleja jerarquía
burocrática que domina a las empresas estatales cambie de la noche al día.
Es que no lo va a hacer, y esperar que la evaluación empresarial se concentre en
los resultados y no en un cumplimiento formal de lo planificado, como viene
siendo habitual, es perder el tiempo. La solución para las empresas estatales cubanas
simplemente es otra.
De igual modo, Marrero recomendó a los asistentes a “aprovechar
las oportunidades que brinda el Decreto Ley 114 que regula la asociación entre
entidades empresariales estatales y no estatales” para incrementar la
producción de bienes y servicios, sustituir importaciones, aprovechar las
capacidades productivas disponibles, elevar la competitividad empresarial y
generar empleos. Una vía ciertamente arriesgada y poco afortunada para las empresas
privadas que mezclen sus objetivos con las empresas estatales en un supuesto escenario asociativo para salvarlas de la quiebra.
No tiene sentido, y además, lo único que se consigue con este tipo de prácticas es aplazar en el tiempo
unos quebrantos que se acabarán produciendo entre las empresas estatales.
Por eso, los empresarios privados deben tener mucho cuidado
en no caer en estos cantos de sirenas de Marrero, como, por ejemplo, transformar
la empresa estatal en sociedad mercantil por acciones o participaciones. Esta
es una línea que está incluida en las transformaciones, pero como advierte Marrero,
“no es sinónimo de privatización”. Tan solo, se trata de una actuación que tiene como
objetivo “separar la propiedad y la gestión” con la finalidad de captar
inversiones, de capital privado, nacional o extranjero y mejorar la eficiencia,
la competitividad y las exportaciones. La cuestión es si vale la pena seguir adelante si ese flujo de capital externo no llega.
Por último, otra transformación citada por Marrero,
destinada a descentralizar al sistema empresarial, es la facultad de aprobación
de la escala salarial para adaptar las retribuciones en el sector empresarial
estatal a la productividad, en línea con procesos y tendencias que se vienen
observando en el sector privado. A diferencia del sector privado, el estatal funciona con plantillas irreales y sobrecargadas, de modo que la libertad de salarios puede acabar siendo un arma de doble filo que dispare al alza los costes unitarios de producción y haga menos competitivas aún a estas empresas.
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