Sobre la política de inversiones agrícolas en la economía castrista

Un artículo en Granma presta atención a la modernización de los sistemas de riego en la zona de Veguitas, en la provincia de Granma.

La agricultura es un sector que requiere fuertes inversiones para su actividad. Del mismo modo, cuando estas inversiones se ejecutan de forma adecuada, las recompensas de la tierra son muy elevadas.

La Economía, como Ciencia, inició su andadura atendiendo a las fórmulas para mejorar la producción agrícola. Los Fisiócratas franceses del siglo XVIII, con el médico de la Corte del Rey Sol, Jean F. Quesnay al frente, desarrollaron todo un compendio de recomendaciones que sentó las bases para el desarrollo de la agricultura moderna.

La entonces colonia se benefició de muchas de aquellas propuestas, y en un contexto histórico diferente, se convirtió en una potencia agrícola con un predominio del azúcar, sector al que se unieron otras actividades muy productivas y de alta rentabilidad económica y social.

Los primeros 50 años de existencia de la República permitieron comprobar cómo Cuba se convertía en el principal productor mundial de azúcar, y en sus campos se generaba una oferta variada y de calidad que no sólo servía para alimentar a la población, sino que vía exportaciones, se daba salida a los excedentes que se obtenían por los rendimientos a escala alcanzados.

Sin embargo, el triunfo de la denominada “revolución” trastocó todo este modelo. Los primeros ensayos de transformación económica de iluminados como el Ché Guevara, pretendían convertir a la Isla en una potencia industrial, despreciando las potencialidades del campo, al que se pensó que, con una reforma agraria colectivista, se le daba respuesta suficiente para conseguir su pleno desarrollo. No hace falta señalar que esta apuesta resultó un fracaso para ambos objetivos.

En particular, la escasa inversión en la agricultura cubana por el régimen castrista, más interesado en los programas sociales de control a la población, como la “escuela al campo” o el molesto “trabajo voluntario”, a pesar de sus bajos niveles de eficiencia, así como en todo tipo de experimentos y proyectos enloquecidos como la “vaca enana” o los pollitos en criaderos en las casas, ha supuesto un notable atraso para la agricultura.

Décadas de intervencionismo ideológico en la actividad agraria, de colectivismo y de ineficiencia, han provocado, entre otros, el fenómeno del abandono masivo de la población rural hacia las ciudades, el deterioro de los campos, la postración del sector agrario, falta de competitividad, incapacidad para alimentar a la población.

El desastre final llegó a comienzos de siglo cuando el comandante, en persona, decidió la reconversión del sector azucarero y el cierre masivo de ingenios con el abandono de campos de cultivo de caña.

Con ello, se puso fin a la industria más importante de la Isla desde los tiempos de la colonia, a la vez que se perdía una de las fuentes principales de financiación exterior de la economía.

Por ello, esta noticia que nos llega ahora sobre la instalación de nuevos sistemas mecanizados de riego agrícola puede y debe valorarse de forma positiva. Sin embargo, como todas las actuaciones que se realizan en una economía de signo intervencionista, sin propiedad privada y libertad de empresa, hay que cuestionar algunos de los elementos del diseño.

Una primera cuestión atiende a la apuesta decidida por el riego para productos sustitutivos de importaciones como el tomate o el frijol. Craso error. Una decisión que en el corto plazo puede tener alguna utilidad, puede ser cuestionada si se plantea en términos de medio y largo plazo, que es como se valoran realmente las inversiones. Si los productos que se incentivan son los menos rentables desde el punto de vista económico, a corto plazo se puede obtener algún resultado, pero a medio y largo plazo, no se obtendrán retornos para la inversión, lo que provocará su entrada en pérdidas Ojalá no sea este el caso.

Otro aspecto que merece atención es la superficie a regar en relación con los costes de la inversión. Es cierto que la cifra es limitada: 255 hectáreas no representan nada especial, por lo tanto, para obtener una idea de coste beneficio del proyecto se tendría que obtener información del monto de la inversión realizada, y sobre todo, si la tecnología utilizada es cubana o procedente del exterior, lo que complicaría notablemente el análisis.

Adicionalmente, hay que preguntarse ¿por qué no se atienden las necesidades de los nuevos arrendatarios de tierras y se prioriza a las UBPC de la Empresa agropecuaria Paquito Rosales? ¿qué estamos, ante criterios políticos o económicos? Las decisiones económicas se deben medir en términos de rentabilidad y cuando no se hace así, los resultados suelen ser imprevisibles y desastrosos.

Luego, la noticia queda relajada cuando parece que la entrada en funcionamiento de las hectáreas regadas va por etapas. Al parecer, primero la mitad, y el resto sine die, no se sabe muy bien lo que puede ocurrir, sobre todo, cuando todo este trabajo se encarga, como no podría ser de otro modo, a una empresa estatal, Empresa de Desmonte y Construcción del territorio, de esas que los llamados “lineamientos” quieren eliminar como sea, o ponerlas a funcionar de manera eficiente.

Tomado de: miscelaneasdecuba.net

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