El régimen castrista y la Alianza del Pacífico



Elías Amor Bravo, Economista

Una vez más, el régimen castrista, preso de sus contradicciones y de la manifiesta incapacidad para evolucionar hacia un sistema político de libertades, respeto a los derechos humanos, democracia y compatible con una economía de mercado y abierta, observa desde el rencor, el odio y la distancia cómo en América Latina se forja un proceso estratégico, la denominada Alianza del Pacífico, que deja a Cuba fuera de cualquier planteamiento de integración regional.

La iniciativa parte de naciones democráticas y respetuosas con el marco internacional de derechos de propiedad y la seguridad jurídica. Colombia, Chile, México y Perú, a las que se han sumado como observadores, Panamá, Costa Rica, Canadá y España, representada por el Rey Juan Carlos, se han reunido en Antofagasta con el objetivo de impulsar el comercio de América Latina con Asia. Se trata de un proyecto de integración estratégico y bien diseñado, porque acierta a la hora de definir el Pacífico como el nuevo eje de la economía mundial, integrando las economías de la región con las asiáticas.

La búsqueda de un acuerdo entre Colombia, Chile, México y Perú para la Alianza del Pacífico, sienta las bases de un proyecto que arrancó de la “Declaración de Lima de 2011”, cuyo objetivo es dar respuesta a una realidad que en los últimos años se ha venido manifestando, que es la concentración del comercio de América Latina con los países de Asia. El acuerdo parte de ese reconocimiento y trata de coordinar las políticas comerciales de los países de la cuenca del Pacífico con vistas a ser un espacio con mejores accesos y más atractivo para el comercio y las inversiones extranjeras. En un mundo global, la presencia de Canadá y España en este evento, cobra, si cabe, mucha más importancia

Los objetivos del Acuerdo son realmente ambiciosos y se plantean en una serie de ámbitos amplios, como el movimiento de empresas y facilidades para el tráfico migratorio, incluyendo la cooperación policial; comercio e integración económica; promoción del comercio y la cooperación aduanera; servicios y capitales, con la posibilidad de promover la integración de bolsas de valores y mecanismos de solución de diferencias.

Este Acuerdo es muy relevante para la historia de América Latina. Los países de la región deciden orientar su acción económica y comercial hacia una zona del mundo que ha ido abriendo espacios gracias al proceso creciente de globalización de la economía mundial. No existe intención de cuestionar otros acuerdos a nivel regional. Buena parte del éxito de América Latina en estos años de crisis global tiene su razón en la concentración de comercio e inversiones con Asia, de ahí que apostar por una acción común y coordinada, supone un salto cualitativo de gran relevancia. La vocación de este Acuerdo de seguir integrando otros países supone una apuesta definitiva por hacer bien, muy bien, las cosas.

Y aquí es donde nos encontramos con la economía cubana dependiente del petróleo de Venezuela, que toca a su fin, aislada a nivel regional, sin nada que ofrecer al resto de países de América Latina, y que en fases de fuerte crecimiento económico como la actual, se descuelga por su ineficacia, su orientación interna y la escasa capacidad para dinamizar sus fuerzas productivas. Incluso, los acuerdos de integración en los que la economía castrista se ha afianzado, como el ALBA, han sido un rotundo fracaso, y a la vista de la Alianza del Pacífico, quedan relegados a un plano de práctica irrelevancia.

Cabe formularse dos preguntas. ¿Tiene interés para Cuba la Alianza? ¿Puede integrarse Cuba en esa Alianza?

A la primera cuestión, la respuesta parece haberla dado el presidente Santos de Colombia, al señalar que “la Alianza para el Pacífico representa cerca de 206 millones de consumidores; tiene un PIB, entre los cuatro países, de cerca de 1,7 billones de dólares; eso es más o menos el 35 – 36 % del PIB de toda América Latina, y representa más del 55 % de las exportaciones de la región”. Es una asociación orientada por principios de mercado libre, de economía basada en el consumo y la inversión realizados por individuos y empresas libremente, sin coerción o dirección de organismos burocráticos de planificación central. En suma, economías que están en las antípodas de la antigua economía castrista de corte estalinista. El régimen castrista podría tener interés en encontrar una financiación gratuita que le permitiera mantener sus obsoletas estructuras, pero no parece que este sea el objetivo de la Alianza.

En cuando a la segunda, el castrismo ha apostado con firmeza por el ALBA. Otras vías de integración tradicionales, Mercosur o la CAN, nada tienen que ver con la economía cubana. Además, el régimen castrista nunca ha mostrado interés alguno en apostar por la concertación política, en acuerdos como Unasur o CELAC. La experiencia del régimen castrista en materia de acuerdos de cooperación en América Latina es bastante limitada. La mayor flexibilidad que ofrece la Alianza y, sobre todo, el menor burocratismo, no están en el genoma del estatismo castrista.

Aislada de todos los procesos de integración, y sumida en una ideología que puede acabar por provocar un estallido social, la economía cubana difícilmente puede participar en pie de igualdad con países que apuestan férreamente por estructuras democráticas y plurales de poder. Sin estrategia de referencia con la Unión Europea, y dispuesta a no asumir los retos planteados por la Posición Común, que define cualquier acción política con el régimen castrista, Cuba tampoco podrá obtener ventajas de una eventual integración de cumbres de CELAC y de la Unión Europea, como parecen proyectar los autores de la Alianza.

Cuba podría jugar un papel inteligente si realmente el régimen castrista evolucionara hacia un marco de libertades políticas, pluralismo y democracia, como el que le exigen las naciones líderes de América Latina, y del mundo. Ese papel podría venir representado por el activo de unas relaciones correctas con el régimen comunista Chino, en el que cada vez más, las consignas políticas e ideológicas van quedando relegadas a un segundo plano en función de los objetivos económicos y comerciales de sus grandes corporaciones. El castrismo posee igualmente relaciones diplomáticas favorables con Vietnam, y los intercambios y relaciones culturales con estos países han sido frecuentes. El problema es el mismo de siempre. Sin capacidad económica, sin capacidad inversora y con una economía aletargada por la presión estatal, poco puede hacer Cuba en esa Alianza. Otra oportunidad perdida.
Tomado de Cubaencuentro, 13 de junio de 2012

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