La lucha contra los impagos en la economía castrista


Elías Amor Bravo Economista ULC

En cualquier economía, los impagos actúan como un veneno que deteriora las relaciones entre los agentes económicos. En esto lleva toda la razón el artículo publicado en Granma, con el mismo título. Recuerdo que mi abuelo, un emigrante asturiano que acumuló fortuna con su trabajo y esfuerzo en Cuba, durante la primera mitad del siglo XX, siempre me daba el mismo consejo: “pagar lo que se debe, a tiempo y con el máximo respeto”. En aquellos tiempos, un simple apretón de manos, era más que suficiente para progresar en el mundo de los negocios, de una economía dinámica, competitiva y capaz.

Pero llegaron las confiscaciones comunistas, la supresión de la propiedad privada como institución fundamental de los derechos de los agentes económicos, y la eliminación del mercado como instrumento de asignación, y con ello, se cambió de un plumazo la historia y los valores de aquella economía próspera. Medio siglo más tarde, los impagos amenazan con envenenar la economía castrista. Lo malo es que las soluciones que se plantean, “enérgico seguimiento del Partido y el Gobierno del territorio en torno al tema, expresado en la adopción de medidas de mayor control y exhaustivos chequeos semanales” no creo que sea la medida más adecuada. Más bien, todo lo contrario. Si de verdad quieren que los impagos se reduzcan, lo que se debe hacer es apostar por la libertad y la autonomía de los agentes.

Tal vez la pregunta del millón debe ser ¿por qué los impagos en una economía que se supone planificada y ordenada por el gobierno, prácticamente al 100% de la riqueza nacional? ¿No debería preverse las necesidades de numerario para evitar que no se pudieran cumplir los compromisos?

Estamos hablando de algo muy serio. Niveles de impago de un 33% de los compromisos, apuntan a una escala de daños colaterales, que, al parecer, se han podido reducir hasta una media del 15% de octubre del pasado año mayo actual. La cuestión es que los impagos no se han reducido del todo, y constituyen una amenaza para la economía. Los sectores del comercio y la gastronomía, al parecer, son los que se encuentran más amenazados a fecha de hoy.

La economía castrista ha sido bien definida, a lo largo de su historia, por el permanente fenómeno de la escasez. Escasez de bienes de consumo, de servicios, de equipamientos, de cualquier bien que pueda tener interés económico. Esa escasez se ha trasladado en tiempos recientes a la liquidez, es decir, a los medios dinerarios con los que se materializan los pagos, y que tiene su razón de ser, una vez más, en la naturaleza del modelo económico intervencionista que se niega a decir adiós para siempre.

La otra razón, en la que tal vez no quiero pensar con maldad, es la incompetencia de los gestores. La política financiera de las empresas es una asignatura que se estudia en las carreras de Economía y administración de empresas durante los primeros años. No es difícil, pero se requiere un cierto nivel de estudio y atención para saber que las empresas afrontan etapas de excedentes de tesorería que deben gestionar de forma adecuada, para las etapas en las que escasea. Tal vez el rudimentario sistema bancario castrista carece de medios para que esta gestión se pueda realizar de manera eficaz, lo que nos lleva nuevamente a los problemas de diseño institucional de una economía desorientada. 

Al final, los que pagan todo este asunto no son las grandes empresas estatales o el llamado sector presupuestado, en las que se refugia lo más granado de la ineficacia e incompetencia de la economía, sino a los nuevos trabajadores por cuenta propia que, a la carga impositiva, fiscal y de seguridad social, deben añadir los problemas financieros. 

La economía castrista nos obsequia con elementos desdibujados que vienen a poner de manifiesto su diseño, completamente alejado de la realidad de cómo funciona un sistema económico eficaz. Por ejemplo, qué sentido tiene hablar de  la cuenta financiera de una provincia, como apoyo de las actividades que se desarrollan en su territorio, o la confianza en determinadas empresas estatales pertenecientes al mismo. Dado que esta dependencia de la centralización está en las antípodas de una economía eficiente, el entretenimiento de las autoridades es perseguir la corrupción, como el origen de todos los males, lo que paraliza más aún, si cabe, a los gestores más arriesgados.

No creo que capitalizando empresas estatales sea como se va a conseguir la actualización del socialismo que se pretende en los “Lineamientos”. Cuanto más se frene la libre competencia, y se impida la liberalización en sectores básicos como la distribución de alimentos, persistirán los problemas expuestos. No es una cuestión que se resuelva con “orden, planificación y control”, sino con la máxima libertad económica y el cumplimiento de los acuerdos, aunque se firmen con un apretón de manos.

Me quedo con un párrafo del artículo que me parece ilustrativo, y que no puedo menos que dar todo mi apoyo.

“Tener un papel más resuelto, respetar a ultranza las relaciones contractuales y estar convencidos todos, de hecho y no de palabra, de que el descontrol es devastador, debe ser la norma de acción de directivos y el aparato económico de las empresas, a fin de revertir la nociva epidemia de los impagos”

Eliminar de cuajo esta plaga no será fácil si se mantienen las estructuras actuales de funcionamiento. Piénsenlo. Están a tiempo de empezar con buen pie.

Tomado de: (www.miscelaneasdecuba.net).-

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