Hacia donde deben orientarse los cambios económicos que necesita Cuba


Elías Amor Bravo, economista


Un nuevo frente se abre en la aparente calma política tensa del régimen castrista. Todo arranca de unas declaraciones a Granma de Raúl Castro, el pasado 2 de abril, tras la celebración del consejo de ministros encabezado por él mismo, que se dedicó a pasar revista a las directrices de política económica contenidas en los llamados “Lineamientos”.

De forma sorprendente, el máximo dirigente de la llamada "revolución" castrista, declaró la necesidad de “resistir las presiones de quienes desean ir más rápido”, al tiempo que fijaba como prioridad la revisión, en profundidad, de todas las actuaciones emprendidas hasta la fecha, “la crítica y la reflexión”.

Cualquiera que siga con interés los acontecimientos en la Isla, sólo podía llegar a una conclusión. El pétreo muro del castrismo se resquebraja, precisamente en los aspectos en que debería existir un mayor nivel de consenso: el futuro de la economía. De un lado, los sectores más reaccionarios del régimen que no quieren ir tan rápido y exigen meditar lo que se hace, y de otro, los que piden ir a mayor velocidad para no perder más tiempo. Dos posiciones distintas respecto a la marcha de los acontecimientos, al menos en política económica.

Y tratando de ocupar una complicada posición de centro, Raúl Castro, que ni está de acuerdo con aquellos que “pretenden ir más rápido”, pero tampoco está dispuesto a dar la razón a los que  creen que se “avanza a buen ritmo, pero la magnitud y complejidad de los problemas no permiten que podamos resolverlos de un día para otro”.

Cualquiera que sea la interpretación, estamos ante una novedad importante en el escenario de poder del sistema político ideado por los hermanos Castro hace más de medio siglo. La existencia de posiciones distintas sobre un mismo tema, en este caso, sobre el ritmo de aplicación de medidas de política económica, es muy relevante.

Raúl Castro no lo tiene fácil. De un lado, se ha emplazado en la defensa de guías para emprender las reformas necesarias para mejorar la economía de la isla. Pero de otro, señaló que las guías no pueden convertirse en “una camisa de fuerza”, en cuanto que deben estar sometidas a críticas y a su flexibilización.

Otra novedad destacada, ha sido el emplazamiento formulado por Raúl Castro a diferentes organizaciones a presentar propuestas para mejorar el proceso de reformas en el que se encuentra inmerso el régimen para sacar la economía de su postración de medio siglo. Aunque se trate de un enunciado bastante alejado de cualquier modelo de “diálogo social” no cabe duda que estamos asistiendo a un momento difícil de valorar en términos históricos.

La duda que surge inmediatamente es qué está ocurriendo con los cambios económicos. Más de siete años de concepción, elaboración y puesta en marcha es tiempo más que suficiente para observar resultados concretos. 

¿Es tan complejo lo que se tiene que hacer y que no queda más remedio? La pregunta tiene una respuesta simple. La economía castrista no requiere reformas parciales sino un giro de 180º en las relaciones económicas y sociales de producción, situando al sector privado y los derechos de propiedad en el eje del sistema económico, y situando a la planificación estatal en línea con lo que se realiza en otros países de economías mixtas.

Parches, como la creación de zonas de desarrollo económico en el Puerto del Mariel, la política de entrega de tierras y la autorización al ejercicio por cuenta propia de una serie de oficios, no son la solución de futuro, y eso lo saben las autoridades, los dirigentes y el pueblo cubano.

Al final, lo que se pone de manifiesto es una sensación de desconcierto, desasosiego, temor, incertidumbre y dudas sobre el sentido y la orientación de las actuaciones que se tienen que adoptar para mejorar el funcionamiento de la economía. Las resistencias al cambio hacen tropezar las apuestas por “potenciar las exportaciones y desacelerar el crecimiento de las importaciones, favoreciendo la producción nacional”, la mejoras del “sistema empresarial”, “trabajar para garantizar los ingresos externos seguros que provienen del turismo, la industria de medicamentos, la producción de níquel y el azúcar”, o “dar prioridad las inversiones que generen ingresos en el corto plazo y propicien la sustitución de importaciones”.

Mientras tanto, continúan los ensayos y experimentos aislados, como que “las empresas puedan crear fondos para el desarrollo, las inversiones y la estimulación a los trabajadores”, o “la aprobación del primer grupo de 126 cooperativas no agropecuarias” que no tienen otro objetivo que ganar tiempo. Pero a las alturas en que nos encontramos, no parece sensato.

Las autoridades saben que este tipo de medidas no conducen a ningún sitio. Y si no lo saben, deberían conocerlo. En numerosas ocasiones, hemos destacado que el problema de la dirección de la política económica necesaria para mejorar el funcionamiento de la economía castrista no es de velocidad ni de análisis o formulación de actuaciones. El verdadero problema es de definición del objetivo hacia el que se quiere avanzar.  La actualización del socialismo no tiene sentido alguno. Se hace necesario construir una nueva máquina en la que se tiene que devolver el poder de elegir y la propiedad a todos los cubanos para que puedan decidir libremente lo que consideren más adecuado para sus vidas y haciendas. Mientras no se asuma que esta es la dirección, poco importan velocidades o presiones.


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