Los cubanos rechazan la bancarización del régimen comunista, y hacen bien

Elías Amor Bravo, economista

Las autoridades castristas ocultan y retrasan cuanto pueden la información relativa a la economía cubana. Basta con echar un vistazo a los indicadores que publica la Oficina Nacional de Estadística ONEI y las fechas de referencia para comprobar que, salvo turismo o IPC, la información llega tan tarde que cuesta realizar un diagnóstico de la situación y en algunos casos, los datos ni se publican, con un vacío informativo que impide a los analistas evaluar, a tiempo, las tendencias de corto plazo en la economía.

En ausencia de datos, una técnica que suele dar resultado para realizar este análisis continuo de la economía cubana es utilizar las publicaciones y reportajes que se publican en la prensa oficial sobre los asuntos más disímiles. Y sobre ello, se puede consultar un reciente trabajo publicado en Cubadebate, titulado “Bancarización en puntos suspensivos” que ofrece algunas pistas sobre el funcionamiento en la actualidad del sistema bancario y financiero cubano.

El autor comienza señalando que “ha vuelto a vivir la misma escena más de una vez, en lugares distintos y con rostros diferentes, pero con el mismo desenlace”. ¿De qué escena está hablando y qué relación tiene con la bancarización? Pues básicamente se refiere al uso que se puede hacer del teléfono móvil para realizar el pago de “algo simple, cotidiano” y se encuentra, entonces, con la realidad de que la “modernización del sistema financiero” es otra cosa.

Y entonces, comprueba con estupefacción que abre la aplicación, intenta transferir… y entonces empieza el recorrido conocido: “no hay sistema”, “ahora mismo no pasa”, “solo efectivo”, o la frase más inquietante de todas, dicha casi en voz baja, como si fuera parte normal del procedimiento: “si es transferencia, es con recargo”.

El autor insiste en que, en más de una ocasión, se ha encontrado con ese patrón, en los sitios más disímiles y con los argumentos más asombrosos. Por ejemplo, en una cafetería, el dependiente simplemente dijo que no había conexión. En una tienda, que el POS no funcionaba. En un servicio de transporte, que “mejor pagar en efectivo para evitar problemas”. Y, por último, en un pequeño negocio, el mensaje de que el pago electrónico suponía un “10% adicional”. En concreto, esta última respuesta se identificó con una práctica que, si bien, no siempre “se reconoce abiertamente, se ha ido filtrando en la cotidianidad con una naturalidad preocupante”.

Y aquí es donde viene la cuestión, ya que este escenario de lo cotidiano se encuentra frente a un marco normativo implementado por las autoridades que, en el papel, está orientado hacia justo lo contrario. El Banco Central de Cuba ha publicado en la Gaceta oficial en los últimos años numerosas disposiciones complementarias dirigidas a fomentar la bancarización de las operaciones económicas. En suma, una apuesta por el uso obligatorio de medios electrónicos cuando resulte posible, con referencia en la cuenta bancaria fiscal como eje de control de los ingresos de los actores económicos. 

Y como ocurre en tantos ámbitos de la economía cubana, una cosa es lo que el régimen comunista quiere lograr con la imposición normativa y otra bien distinta lo que los actores económicos, sobre todo privados, aceptan y ponen en funcionamiento. De modo que el objetivo del Banco Central, que el autor califica como “ordenar los flujos financieros, reducir la dependencia del efectivo y dar mayor trazabilidad a las operaciones” se lo lleva el viento porque los cubanos lo interpretan de forma diferente.

El articulista afirma que conoce negocios donde el pago electrónico es aceptado solo “cuando conviene”; en otros lugares donde directamente se evita, y algunos donde se condiciona. En este escenario variopinto y que se opone a la uniformidad que pretende conseguir el régimen comunista, “el efectivo sigue siendo el rey indiscutible de la economía diaria”, sobre todo, para comprar el pan, pagar el transporte, resolver en la bodega o simplemente moverse en el día a día. Dicho de otro modo, la digitalización y la bancarización impuesta por el régimen ha sido rechazada por el público y los actores económicos, y no ha conseguido reemplazar al efectivo; convive con él en una relación desigual, tensa y, muchas veces, contradictoria.

Es por ello que, cuando se analizan los indicadores de efectivo en circulación en participación sobre el PIB de la economía cubana se obtienen ratios cercanas al 50% que son de las más elevadas del mundo.

En el cuadro siguiente se observa que el crecimiento del efectivo en la economía cubana entre 2017 y 2022 (último año disponible publicado) se ha multiplicado por 7. Si se utiliza el indicador de oferta monetaria en su definición M2, el crecimiento ha sido de 5 veces.

Esta enorme cantidad de dinero en circulación contrasta con el rechazo a la bancarización (los ahorros ordinarios solo se multiplican por 2 en el mismo periodo) lo cual explica la consistencia y crecimiento continuo de la inflación en la economía cubana, con un aumento de más de 5 veces en el IPC general desde 2010 hasta el presente.

Millones de pesos

2017

2018

2019

2020

2021

2022

Oferta Monetaria M2A (CUP)

52 101

58 942

65 028

98 161

191 420

287 319

   Efectivo en circulación

23 809

27 071

30 710

56 606

124 148

197 817

   Ahorro ordinario

28 292

31 871

34 318

41 555

67 272

89 502

 El autor señala que el problema no es solo técnico, es más profundo: es de implementación, de control y de coherencia. Y yo afirmo desde aquí que el problema es social y tiene mucho que ver con la notable desconfianza que los cubanos tienen a sus dirigentes políticos, y en particular, a los bancos, convertidos en brazos armados de la seguridad del estado, en busca de cualquier enriquecimiento privado que debe ser eliminado por lo establecido en la constitución comunista de 2019. Y claro, eso es oposición al régimen y rechazo social a las políticas impuestas por el régimen. Importante.

Aquí viene la cuestión principal. Si una política pública del régimen establece la obligatoriedad para los cubanos de tener una cuenta bancaria fiscal para realizar las operaciones financieras, pero en realidad la mayor parte de esas operaciones no se registra o se fragmenta, materializándose en efectivo, la política pública pierde sentido porque es rechazada ampliamente por la sociedad. 

Si, además, el régimen quiere que se realicen pagos electrónicos, pero la gente se encuentra con trabas constantes o recargos informales, entonces la poca confianza que tienen los cubanos en sus dirigentes se reduce más aún. Cuando no existe confianza, como ocurre con el sistema bancario cubano, la economía no puede funcionar normalmente. Las operaciones en efectivo, que son mayoritarias en Cuba, no se deben a la falta de medios, sino a la preferencia de los ciudadanos por este sistema. Por mucho que el régimen quiera cambiar estas cosas, lo tiene difícil. La resistencia popular al castrismo tiene aquí una de sus manifestaciones más notorias.

Existe así un discurso oficial, unas políticas públicas que predican sobre la importancia de sustituir el efectivo por la bancarización tecnológica, sobre todo en los pagos, y una posición social claramente opuesta que se basa en un uso extensivo e intensivo del efectivo, que, como dice el autor, se convierte en un instrumento de supervivencia cotidiana.

La transición hacia una economía digital, que es un objetivo en muchos países, no encuentra un camino adecuado en el maremágnum de intervenciones y controles de la economía castrista, lo que está dificultando la implementación de medidas que podrían servir, por ejemplo, para reducir la inflación estructural. De nada sirve identificar la bancarización como el resultado de cambios tecnológicos, culturales, institucionales y operativos, porque en el fondo lo que existe es rechazo social al régimen y sus políticas. A la gente no le convencen los esfuerzos que se exigen para implementar la bancarización.

Si, como dice el autor, el sistema no termina de cuajar en la práctica social, seguirá existiendo la gama citada de situaciones y escenarios que mantienen cifras insostenibles de papel moneda en circulación que obligan al Banco Central a emitir billetes de alto valor nocional y otras majaderías que no sirven para afrontar el problema que acaba creando, en efecto, una dualidad incómoda, sobre todo, para la amplia mayoría del pueblo cubano que vive con salarios y pensiones de muy bajo poder adquisitivo. 

Posiblemente, la bancarización es una de las actuaciones del régimen que ha recibido un mayor rechazo de la población. Un rechazo callado pero efectivo, que confirma las dificultades para avanzar en las reformas económicas cuando el aparato que sostiene la economía es una dictadura sin separación de poderes ni libertades públicas.

Conclusión, los cubanos seguirán usando el efectivo en los pagos, rechazan la bancarización y sienten un especial resquemor hacia el sistema bancario cubano, convertido en un instrumento más al servicio del poder. La economía se resiente por ello.

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