A vueltas con el “plan”: ahora a 15 años vista

Elías Amor Bravo, economista

El pasado lunes volvió a reunirse el consejo de ministros castrista, presidido nuevamente por Raúl Castro para escuchar de Adel Yzquierdo Rodríguez, responsable de Economía y Planificación las directivas para desarrollar el “proceso de elaboración del Plan del año 2015”, que tienen como principal objetivo, conseguir un mayor crecimiento de la economía. Bueno, ya veremos si lo consiguen. La experiencia de los últimos años es que el crecimiento real se ha situado, de forma sistemática, por debajo del planificado. Y ciertamente, no existen razones para justificar esa disparidad en una economía en la que el estado controla el 95% de la producción y el empleo.

Casi siempre, estas reuniones terminan siendo una aburrida letanía de datos y cifras, de dudosa credibilidad, a la vista de los resultados que se terminan produciendo. En particular, y como destaca la nota de Granma que hace referencia a la misma, se analizaron temas como, “la producción de alimentos, la generación de electricidad, las inversiones, la circulación mercantil —en particular la venta de materiales de la construcción a la población— y las tendencias de la ocupación”. En definitiva, temas en los que la economía castrista, con su lastre de falta de eficiencia, improductividad y exceso de intervencionismo y control, no deja de presentar pésimos resultados de año en año. Tanto que algunos pensamos que lo mejor sería dar la vuelta al calcetín, un giro de 180º, y dejar un espacio más amplio para la actuación de la libre empresa y el ejercicio respetuoso de los derechos de propiedad de todos los cubanos, pero no parece que ese sea el guión de la llamada “actualización del socialismo”.

Metidos de lleno en este discurso monótono y aburrido de “cálculos preliminares, planes en elaboración,  estimaciones provisionales” y otras tantas majaderías que “no constituyen el Plan de la Economía” en palabras de Yzquierdo, saltó la sorpresa cuando se anunció que el órgano de planificación estatal castrista ha elaborado “las bases generales para la elaboración del Programa de Desarrollo Socio Económico en el periodo del 2016 al 2030”, y ni cortos ni perezosos, las ha sometido a la aprobación del consejo de ministros.

Lo cierto es que sorprende que alguien pueda pensar en un plan de desarrollo para una economía que languidece por instantes, y sobre todo, con un horizonte en 2030. Es un ejercicio de imprudente optimismo. Con tantos años por delante, no deja de ser sorprendente que los planificadores del régimen castrista escriban una “carta a los reyes magos”, en los que además no creen, de esta guisa. La pregunta inmediata es ¿pero es que acaso esperan otros 15 años más de sufrimiento para desarrollar una economía a la que no han sido capaces de modernizar, en más de medio siglo? O lo que es todavía más inquietante, ¿es que piensan que la economía ideada por los Castro los va a suceder tras su desaparición física?

No pongo en duda que las cifras de ese plan de desarrollo no hayan sido sometidas al resultado de un profundo análisis entre todos los organismos, como señala Granma, pero ¿tiene alguna credibilidad ese plan? ¿Es posible su ejecución en las condiciones actuales?

Yzquierdo dijo que el plan sirve para “disponer de un escenario futuro que exprese, a través de indicadores de largo plazo, concretos y medibles, los objetivos, líneas estratégicas, fuentes de financiamiento, metas y brechas a superar, para consolidar la construcción de una sociedad socialista, próspera y sostenible”. Hay que reconocer que son inasequibles al desaliento. Nos salen ahora con este planteamiento que suena a pesada broma de mal gusto, porque ellos mismos son conscientes que no van a ningún sitio con este tipo de ejercicios.

En esencia, cualquier economista sabe que los principios que inspiran ese Plan a 15 años vista no se pueden alcanzar con el actual modelo de economía existente en la Isla. Este debe ser el punto de partida de quiénes anteponen los intereses ideológicos a las cuestiones técnicas en materia de Economía.

Hay una manifiesta incompatibilidad entre los principios esbozados por el Plan: “garantizar un crecimiento del PIB que asegure el desarrollo con bienestar, equidad y justicia social; mantener la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción; lograr un modelo de desarrollo socialista, con eficiencia en todas las esferas; propiciar y estimular la ciencia, tecnología, innovación y su generalización; transformar la matriz energética con mayor participación de las fuentes renovables; recuperar y modernizar la infraestructura del país; y asegurar la sostenibilidad demográfica”.

Todo esto configura un escenario que la experiencia de medio siglo apunta a que su realización se convierte en una pesadilla más que contrastada. En tales condiciones, lanzarse a elaborar planes con tanto tiempo por delante parece un ejercicio de pérdida de tiempo, una actividad de burócratas aburridos que no debería aparecer en los medios de comunicación.

Una última advertencia. Que tomen buena nota los que están planificando las inversiones en El Mariel, y que sepan que van a colocar sus dineros en una economía en la que se mantiene la propiedad estatal de los medios de producción y el colectivismo socialista. Es un buen aviso para saber en qué medida sus inversiones están a salvo de cualquier confiscación al uso.


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