Una lectura alternativa de la novela cubana de los precios

Elias Amor Bravo, economista 

¡Cómo no! La culpa de que los precios suban en Cuba en estos momentos, es del embargo o bloqueo, de la pandemia y la meteorología adversa. Esta es la tesis de un artículo titulado “La novela cubana de los precios adulterados: cambiar el guion”, publicado en Granma detrás del que se contiene la versión oficial del gobierno de un fenómeno del que llegan noticias de Cuba. En esta entrada se hace una lectura alternativa de la novela.

La historia de vida que se enarbola en el mismo es la de una sufrida consumidora cubana que, después de visitar varios puntos de venta de la llamada “agricultura urbana de la ciudad”, varios “agromercados”, algunos “carretilleros” , y comprobar que en ninguno de ellos, “hubo arreglo”, al final de ese largo recorrido, e infructuoso, en la placita de su barriada no tuvo más remedio que pagar precios muy elevados por “tres aguacates pequeños, dos boniatos medianos y seis naranjas raquíticas” por importe de 46 CUP (el sueldo medio está en unos 879 CUP). Y luego hay quién se pregunta cómo es posible que en Cuba no haya un estallido social.

El articulo entiende el “enojo de esta mujer”. Todos lo podemos comprender. Los dirigentes comunistas cubanos llevan tiempo poniéndose de perfil ante las elevaciones de precios que se están produciendo en los mercados que suministran los emprendedores privados, los únicos abastecidos. Mientras que las bodegas que suministran la canasta normada se encuentran vacías, y otro tanto ocurre con los establecimientos dependientes del estado, resulta que el régimen (incluido Díaz Canel) se pone del lado de esos sufridos cubanos que tienen que pagar precios cada vez más elevados para satisfacer las necesidades diarias de alimentación. Y de paso, en contra de los emprendedores privados que alimentan a la población.

En la argumentación oficial, que cada día creen menos los cubanos, la explicación de los precios en alza está justificada, en primer lugar, por “el rigor de un bloqueo que cada semana da vueltas de tuerca”. Quizás esto podría convencer hace unos años, al principio de todo, pero después de varias décadas en las que el problema de comer todos los días, sigue sin solución, alguien está sacando la patita del tiesto y pensando que el responsable de esta situación no puede ser otro que el régimen y sus políticas económicas fracasadas.

Porque es cierto que los servicios de venta de alimentos que dependen de los productores privados aumentan sus precios, pero la responsabilidad última de que esto ocurra, no se debe al bloqueo o embargo externo sino a otro que es mucho peor, el interno, que lleva al régimen a obligar a los productores agropecuarios a entregar al estado una parte muy importante de sus cosechas, que después se pierden por una pésima distribución del acopio estatal. Lo poco que sobra de los campos, es lo que llega a los puntos de venta de los emprendedores privados, escaso y de alto precio, porque oferta y demanda no engañan a nadie. La solución es conocida, liberalizar toda la producción y eliminar la intervención estatal, pero no va en la dirección de lo que hacen las autoridades.

El otro indicador que enfada al consumidor y que el gobierno tiene cada vez más difícil justificar es la existencia de esas bien surtidas tiendas que venden en MLC donde se puede conseguir prácticamente de todo con dólares de EEUU. Allí ni el CUP ni el CUC se aceptan para comprar alimentos. Habría que preguntar si esto también se debe al embargo o bloqueo. No es extraño que los cubanos protesten por estas tiendas en MLC y que acaban convirtiéndose en blanco de ataques para michos que no consiguen en CUP lo que necesitan para comer todos los días.

El gobierno justifica las tiendas en MLC por la falta de divisas provocada por la pandemia y la ausencia de turistas o la caída de las exportaciones, pero conviene tener en cuenta que las mismas se aprobaron en 2019 cuando nada de eso ocurría, y ahora parece que el modelo se acabará extendiendo pata la compra de insumos agrícolas o estancias en los hoteles internacionales. Si, también eso dicen, es culpa del bloqueo o embargo. 

Lo más grave de todo, y que se puede leer en el artículo de Granma citado es cómo la versión oficial ya ha identificado el “oportunismo de quienes inflan sus billeteras en el día a día, a costa de la estrechez que vive el país” como los únicos responsables de los aumentos de precios. Y esto es una mentira miserable.

Si la familia cubana se ve afectada por un “rebrote de precios cósmicos”, caracterizado según dice el artículo por “dosis de insensibilidad y arribismo que fertilizan a ese pernicioso fenómeno, salpicado por la indolencia y el descontrol”, lo peor es pensar que la represión, el control, en definitiva, el inspector, van a resolver estos problemas. No es esta la solución en ningún caso, porque son bien conocidas las veleidades de estos funcionarios que en el desempeño de su labor, no siempre arreglan los desperfectos, sino que los agrandan.

Las confiscaciones de carros de carretilleros en las calles de La Habana han sido objeto de protestas ciudadanas espontáneas. No está el horno para calentarlo más. Si se piensa que el problema de los precios en aumento se resuelve con más inspección, control, represión o burocracia intervencionista, el daño será mucho mayor. Y entonces, el problema no serán los precios, sino la desaparición definitiva de los alimentos y mercancías, y con ello, esa crisis alimentaria latente que Naciones Unidas identificó para Cuba en un informe a comienzos de este año.

De nada sirve que se califique a los emprendedores privados que luchan a diario por ganarse el pan vendiendo a los consumidores sus productos, como “pillos”, que solo quieren “sacar tajada”, empleando un término utilizado despectivamente por Valdés Mesa. Cree el ladrón que todos son de su condición. Menos mal que esos pillos prestan sus servicios a los consumidores a diario, por los cuáles deben obtener una remuneración, que tampoco es millonaria. Gracias a ellos, a su trabajo, dedicación y esmerada atención, la gente puede comer, aunque sea a precios elevados. Si se esperan por las desvencijadas bodegas estatales ya saben lo que hay: nada.

De vez en cuando, el régimen saca el argumento que justifica la represión. Ahora lo creen tener con lo que califican como “violaciones del comercio minorista”. Se equivocan. Aumentar el control popular y las acciones de fiscalización no va a bajar los precios ni traer más mercancías a los mercados.

Si los precios aumentan es porque el intervencionismo estatal en la agricultura, hace que la oferta sea sistemáticamente menor que la demanda. Los precios suben, el gobierno los topa, y los productores dejan de producir porque no les resulta rentable. El gobierno sigue interviniendo sobre mucha menos producción que antes, lo que en presencia de una demanda similar, dispara más aún al alza los precios ¿Cómo no va a haber razones para elevar los precios? Los precios no se pueden dirigir por un “ministerio” como en Cuba sino que reflejan comportamientos humanos que se ponen en relación. Es evidente que la generación de Valdés Mesa, que vivió la etapa anterior de 1959, ha perdido la memoria. Lamentable, porque sus soluciones no van a dar resultado.

Cuando el dirigente comunista dice que “no podemos permitir precios abusivos; hay que reunirse con toda la cadena de comercialización... A eso hay que ponerle coto” no está claro que sepa de qué está hablando. Las alusiones a “pillos que se frotan las manos detrás de los mostradores y, ante los cambios que se avizoran, hasta ensayan sus nuevas tarifas” parecen de un mal gusto desproporcionado que tampoco ayuda a mejorar la situación que no es responsabilidad del bloqueo, ni de la pandemia, ni de la eterna la meteorología adversa, sino de un gobierno que no quiere reconocer lo evidente. Ha elegido mal camino. Ha fracasado. Y lo peor, no llegó aún.

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