La tierra no da para más, el desastre se avecina
Elías Amor Bravo, economista
El campo cubano ha sido uno de los grandes olvidados de las
176 medidas. Es verdad que hay un eje dedicado a la agricultura, que contiene
solo 7 medidas menos del 4% del total, pero es que, además, en la medida que no
se abordan los problemas estructurales que afectan al sector, no cabe esperar
gran cosa.
La prensa oficial ha construido un relato optimista, en el
que destacan que “nuevas oportunidades se abren en la agricultura para producir
más alimentos, incorporar áreas sin explotar y aprovechar mejor las
capacidades existentes”, pero cualquier guajiro cubano sabe por qué estas
medidas no van a dar resultado. La tierra debe ser de quién la trabaja. Esta
máxima, que es inspiración comunista, en Cuba es imposible, y ello ha condicionado
la dinámica del sector agropecuario desde los primeros instantes de la llamada
“revolución” cuando la llamada “reforma agraria” acabó por hundir un sector
hasta entonces próspero y productivo.
Luego fueron 67 años de fracasos continuos del sector, y
ahora se sacan de la chistera estas tristes 7 medidas con las que pretenden
lograr la recuperación de la producción agropecuaria. Por mucho que este sea
uno de los objetivos prioritarios del llamado Programa Económico y Social del
Gobierno 2026, el camino a recorrer exige un nuevo marco técnico, jurídico y
productivo que la constitución comunista de 2019 se encarga de dejar claro que
no va a cambiar.
Y esta resistencia ideológica a dejar de pensar en la tierra
como un factor de producción que obligatoriamente debe estar en manos del
pueblo y gestionada por el estado, es lo que lleva a trabajadores por cuenta
propia, cooperativistas y productores del sector agropecuario a pensar que por
muchos enunciados que se realicen por las autoridades, el sector seguirá
estando atrasado e improductivo.
Al parecer, existe acuerdo bastante general en que resulta
imperativo eliminar los obstáculos históricos que han limitado al sector, entre
los que cabe citar, el régimen de propiedad de la tierra, la distribución
mayorista, la extensión de las reglas del mercado, la acumulación de renta y
riqueza. Ninguna de las medidas se inscribe en estas coordenadas, de modo que
el campo seguirá como siempre, esperando que llegue su momento.
Como no se modifica el régimen de propiedad de la tierra,
los comunistas ponen todo el énfasis en la transformación del régimen de uso y
explotación de la tierra, que es una cosa totalmente distinta. El régimen de
propiedad, cuando es privado, otorga al titular del activo todo tipo de
derechos para operar con absoluta libertad en aquello que le interese para
acrecentar el valor de su propiedad. Cuando la tierra es cedida o arrendada, ni
siquiera es posible solicitar préstamos sobre cosecha, porque los bancos
carecen de un activo como valor de respaldo.
Por lo tanto, si no se altera en 180º el principio de que la
tierra es propiedad socialista de todo el pueblo (lo que acaba siendo un
control centralizado por parte del estado del factor principal de producción)
no se podrá ver cómo mejora el sector agropecuario. Es verdad que las nuevas
normas amplían el derecho real de usufructo, por tiempo indeterminado, y que
podrá otorgarse a personas naturales y jurídicas estatales, privadas o mixtas,
en función del proyecto productivo presentado, pero esto no sirve, es
ineficiente e inadecuado para estimular la producción agropecuaria. La tierra
es de quien la trabaja. De nada sirve que la extensión de tierra arrendada no
dependa de límites prefijados, sino de las necesidades reales de cada
propuesta. En cualquier momento, el arrendador (el dirigente comunista local)
puede decidir retirar las tierras cedidas al productor, y se acabó el cuento de
la lechera.
Este modelo de la entrega de tierras, que entró en
funcionamiento con las reformas raulistas, es un banco de falsedades porque no
es verdad que haya favorecido la producción privada. Los campesinos que
arriendan tierras al estado producen en suelo del estado, por lo que la
producción se obtiene en el factor estatal y debe ser adscrita al mismo. Los
esclavos que producían en la hacienda del señor no eran los titulares de la
producción, sino que lo era el señor. En Cuba, salvando distancias, es lo
mismo. Miles de campesinos se esfuerzan por sacar producciones en tierras cedidas
por el estado, que no son suyas. La producción no puede ser privada, porque el
campesino se encuentra restringido para hacer viables sus producciones de
acuerdo con sus intereses. El campo cubano sigue siendo un espacio de
ineficiencia estatal.
Con las nuevas medidas, el régimen se olvida de los
productores individuales y decide abrir las puertas del campo a la empresa
estatal administradora, para que asuma un más activo: ya no será un actor
distante, sino el responsable de gestionar la entrega, coordinar con las
cooperativas y garantizar el cumplimiento de los plazos. Hay serias dudas de
que la entrada de la ineficiente y burocrática empresa estatal pueda arreglar
los problemas de distribución del sector agropecuario. La poca seguridad que
tienen los dirigentes con esta iniciativa se observa cuando establecen que el
procedimiento se pueda completar en un plazo de 20 a 25 días mediante
mecanismos ágiles, apoyados en herramientas geoespaciales que agilizan la
delimitación de terrenos. Mientras se perfecciona el respaldo jurídico, la
administración provisional permitirá que los productores comiencen a trabajar
sin esperar la conclusión de toda la documentación legal.
Otra iniciativa que se considera válida, pero que está mal
enfocada va a permitir que, quien solicite tierras pueda optar entre vincularse
a una cooperativa o directamente a una empresa estatal, ampliando las
alternativas organizativas. Esta medida significa que los dirigentes comunistas
siguen sin entender al productor individual que, precisamente lo que busca es
autonomía y libertad para sus sueños y decisiones.
¿Por qué estas medidas en favor de las empresas estatales en
el campo cubano? Al parecer, alrededor del 80% de la tierra en Cuba es
administrada por empresas estatales en representación del pueblo, lo que
justifica que sean estas las responsables de entregar las áreas en usufructo.
Una vez más, la titularidad del factor de producción tierra se convierte en la
principal restricción. En vez de liberalizar las fórmulas más flexibles, ahora
en el caso de las Cooperativas de Producción Agropecuaria (cpa), donde la
tierra es propiedad privada de los socios, cualquier entrega deberá ser
aprobada por su Asamblea General, respetando su autonomía. Las empresas, en lo
adelante, deberán consultar con las cooperativas asentadas en las áreas
solicitadas y acompañar todo el procedimiento desde el inicio.
La participación de las cooperativas podría ser un
instrumento para mejorar el sector agropecuario. Pero hay mucho trabajo que
hacer, sobre todo, apartar a los dirigentes comunistas del control de las
cooperativas agropecuarias y de las de Créditos y Servicios. Hay que avanzar en
la homologación de la normativa sobre cooperativas como la que existe en
España, por ejemplo, donde las cooperativas funcionan como empresas rentables
orientadas por el beneficio con respeto a lo social. Y punto.
La forma de organizar la estructura del sector ha llevado a
que surjan dudas entre los productores sobre la eventual conservación de la
vigencia de los actuales certificados de usufructo. Los usufructos ya otorgados
mantienen plena validez y pasan automáticamente a regirse por las nuevas
disposiciones. El problema no es la regulación, sino que los usufructos pueden
ser suprimidos con total libertad por los dirigentes comunistas locales que
gestionan la tierra. Y mientras que no se supere este escenario, no hay mucho
que hacer ni a nivel técnico productivo, financiero o de comercialización.
Los dirigentes anuncian nuevas normas que introducen
modificaciones en materia de herencia, bienhechurías y viviendas vinculadas al
usufructo, y trasladan a los tribunales los procesos de reclamaciones
hereditarias.
Aspecto que merece especial atención es que las medidas
reconocen una realidad existente: productores agropecuarios que administran
grandes extensiones, generan empleo y sostienen niveles de producción
comparables a los de muchas empresas.
Y aquí aparece una de las nuevas disposiciones que más
atención ha reclamado, que es el permiso para la creación de empresas privadas agropecuarias.
Este sería el caso de los usufructuarios con decenas de hectáreas dedicadas al
tabaco, frutales o plátano, que emplean a más de un centenar de trabajadores, y
que si así lo quieren podrán constituirse formalmente como empresarios y
acceder a facultades previstas para ese tipo de actores. Los dirigentes
comunistas cubanos no son conscientes de que, para aprovechar el aumento de la
escala de producción, el régimen de propiedad de la tierra es esencial. Y si no
se modifica estos experimentos pueden acabar muy mal.
Igualmente, se aumentan las facultades de las cooperativas,
incluyendo la posibilidad de realizar operaciones de comercio exterior de forma
directa, importar tecnologías e insumos, combustibles y gestionar
financiamientos externos, sin duda, una herramienta para fortalecer la
autonomía económica y ampliar las capacidades de gestión del sector.
La disponibilidad de insumos es uno de los factores que más
inciden en los resultados de la producción agropecuaria. Durante años, los productores
se han quejado de las dificultades para adquirir fertilizantes, bioproductos,
combustible y piezas de repuesto. Las nuevas medidas establecen que cualquier
actor económico podrá importar, producir y comercializar insumos agropecuarios,
tanto en divisas como en pesos, incluyendo cooperativas, empresas estatales,
mipymes y trabajadores por cuenta propia.
También se valoró positivamente la producción de
biofertilizantes y abonos orgánicos desarrolladas por colectivos laborales.
Estas iniciativas podrán crecer y convertirse en negocios plenamente
reconocidos y podrán encadenarse con socios en el exterior, establecer
contratos o crear empresas mixtas.
Además, se prevé la creación de mercados de insumos en
divisas con participación nacional y extranjera, y mecanismos bancarios que
faciliten operaciones mediante tarjetas, transferencias y comercio electrónico.
Estas medidas irán acompañadas de incentivos fiscales, con reducciones
significativas en aranceles e impuestos aduaneros.
Las nuevas medidas facultan a las cooperativas para realizar
directamente exportaciones e importar insumos, equipos y tecnologías, así como
gestionar financiamientos externos y abrir cuentas bancarias en Cuba y en el
exterior. Esta apertura al comercio exterior representa un cambio significativo
para insertar a los productores cubanos en los mercados internacionales.
En materia de comercialización, se descentraliza la
formación de precios y se reconoce el papel del mercado, pero no como en otras economías occidentales. Las entidades
estatales, las cooperativas y productores podrán participar en la conformación
de precios, superando esquemas centralizados que desestimulaban la producción, pero nada se indica sobre como ejecutar este proceso.
Se promoverá la descentralización territorial del Fondo de Fomento Agrícola y la creación de un Banco para el Fomento Agrícola, especializado en respaldar proyectos de producción de alimentos, viejas ideas que nunca se han llevado a la práctica. Cierto es que estas transformaciones constituyen uno de los cambios más amplios de los últimos años para estimular la producción agropecuaria. Sin embargo, tanto autoridades como productores coincidieron en que el éxito dependerá de la implementación efectiva, sobre todo por los bancos.
Para llevar a término las medidas, el Ministerio de la Agricultura deberá actualizar más de una decena de normas, pero cada organismo, gobierno local y entidad financiera deben conocer con precisión los cambios y actuar en consecuencia. ¿Lo lograrán o estamos ante un desastre que se avecina?
Comentarios
Publicar un comentario