Sigue la batalla comunista contra los apagones


Elías Amor Bravo, economista
Hace unos días, en este Blog nos hacíamos eco del incomprensible llamado del Ministerio de Energía y Minas a la sociedad cubana para que ahorraran electricidad, al haberse producido un 1% de incremento con respecto a lo planeado (luego corrigieron, y dijeron que el aumento había sido del 10%, qué más da). Esto nos dio ocasión para comentar algunos aspectos relativos a la capacidad de generación del país, cómo se factura la electricidad a las familias y la excesiva dependencia del petróleo y derivados en la producción de este servicio que, en una situación de confinamiento, resulta fundamental.
El tema ha debido preocupar en las alturas, y por eso, el programa estelar Mesa redonda de Randy Alonso ha dedicado una edición a analizar las medidas que se han adoptado para garantizar el suministro de electricidad y explicar por qué se han producido las afectaciones en el servicio de las últimas semanas. Al final, los participantes en la mesa redonda acabaron entonando el asunto de la importancia del ahorro, pero algo bueno es que den la cara y que expliquen qué van a hacer para garantizar el servicio. Ojalá todo el mundo fuera así. Bienvenida esta iniciativa.
Las acciones que el Ministerio de Energía y Minas ha puesto en marcha para continuar dando servicio a la población, no han sido, al parecer, suficientes para hacer frente a un aumento de la demanda doméstica que es lógico, porque las familias están en casa. Sin embargo, nadie explicó que, por la misma razón, el consumo de electricidad en empresas (congeladas y, paralizadas) en hoteles y, en establecimientos del sector presupuestado ha debido caer en picado, desde el inicio del confinamiento. Cabría pensar que dichos consumos deberían complementarse e incluso, aparecer un excedente, ya que la industria, sin ir más lejos, es más intensiva en consumo que las familias.
Sin embargo, parece que no ha sido así en el caso de Cuba, donde el Ministerio ha pedido a los cubanos que cierren el refrigerador o que apaguen el aire acondicionado al irse a dormir, entre otras acciones urgentes y "revolucionarias".
Por todo ello, con 90 mil empleados el Ministerio y su empresa estatal monopólica de electricidad se han concentrado en "asegurar el servicio eléctrico en hospitales y centros de aislamiento o garantizar las producciones de carbonato de calcio y sal, imprescindibles para la industria del aseo y para la entrega de cloro o hipoclorito de sodio, respectivamente". Después, no hay jabón y productos de limpieza en las tiendas, o se venden en forma regulada a uno por cabeza, máximo, pero eso es otra cuestión. También este Ministerio debe cumplir los planes vinculados al níquel, petróleo nacional, del trabajo en las minas y continúan estables las refinerías.
Pero el asunto que centró la atención de los participantes en la mesa redonda fue la electricidad doméstica. Y aquí llegaron los problemas. Resulta que, actualmente, tres unidades generadoras están en fase de mantenimiento, y hasta que estos trabajos no acaben, su aportación a la estabilidad del Sistema Electroenergético Nacional parece comprometida. Nadie debió pensar en ello. O tal vez no hay alternativa.
Y estando, así las cosas, las autoridades han tenido que afrontar ese aumento del 10% del consumo respecto de lo planificado, que ha encendido las alarmas de los dirigentes. Básicamente porque en la producción eléctrica del país se emplea diésel, que es un derivado del petróleo de alto precio, que llega a cuenta gotas y que se produce aún menos a nivel nacional, y que compite con otros usos, como el transporte (que también está paralizado). Otros combustibles, como las energías renovables, están fuera de los planes de las autoridades, y ni están, ni se les espera. El petróleo es el rey.
Por ello, y se dijo en la mesa redonda, la única forma de evitar los apagones es "minimizar el consumo de electricidad". No hay otro camino en Cuba para esto. Si a los problemas de producción ya señalados, se añade el pésimo estado de las redes aéreas y líneas que causa continúas averías, como consecuencia de la falta de inversiones, al priorizar el estado los gastos corrientes del presupuesto, en vez de aquellas, el problema adquiere dimensiones mayores.
Sin embargo, para los asistentes a la mesa redonda, las interrupciones vistas en las últimas semanas en varios puntos del país son consecuencia del aumento de las cargas originadas por la permanencia de más personas en los hogares. Es decir, la culpa, en caso de que ocurran los inevitables apagones, es de los cubanos, que se dejan la puerta del refrigerador abierto o no apagan la bombilla. Los dirigentes nunca son responsables de las decisiones que toman, o que no toman, como por ejemplo, los subsidios que reciben del estado para que la electricidad sea barata. Nadie les hace responder de sus decisiones y las consecuencias, y siempre es el pueblo, el propietario de los medios de producción, según dice la constitución.
Insisto, medidas como el “reacomodo de las cargas para equipararlas y así evitar daños en algunos transformadores, el ajuste de protecciones y en la detección de puntos calientes que en un futuro provoquen daños a la red” están bien, pero no van a resolver el problema. Por mucho que se empeñen en trasladar la explicación de los apagones al ámbito del consumo y no de la producción, es evidente que antes, mucho antes de que todo esto de la pandemia por el COVID19 ocurriera, nadie en Cuba había pensado en un escenario de incremento del consumo, al que se tiene que dar respuesta con más producción. 
Se llama rendimientos crecientes a escala, dependen de las inversiones y la tecnología, y hacen crecer y progresar a los países por la vía de la productividad y eficiencia. Evidentemente, en Cuba, en su sector eléctrico, nadie tiene en cuenta estas cuestiones. Tan solo cumplir lo planificado. Y así les va.

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