Meliá: Crónica de una salida anunciada
Elías Amor Bravo, economista
La noticia de que la cadena Melia abandona definitivamente sus
operaciones en la Isla y despide a todo su personal, el próximo 24 de julio, no
ha sorprendido a los analistas que siguen de cerca la dinámica del sector hotelero
en Cuba.
Tampoco ha debido sorprender al régimen comunista de Díaz Canel que sabe, desde
hace tiempo, que las cifras del turismo en la Isla no cuadran, y que desde la
pandemia del COVID19 el sector ha intentado recuperarse, pero el éxito no se ha
logrado, pese a concentrar inversiones masivas que no se han destinado a otros
sectores motores de la economía, como la vivienda, las infraestructuras o la logística.
La historia del sector hotelero en Cuba, como otras tantas, representa
un fracaso a 30 años del comienzo que autorizó, en contra del que era su deseo,
Fidel Castro, allá por los tiempos del período especial. Castro entendía que los
hoteles debían estar al servicio de quien pudiera pagar su precio, expresado en
moneda extranjera. Y preguntado en una rueda de prensa inaugural por una
periodista argentina, confesaba sin ninguna vergüenza, que los cubanos no podrían
entrar a los hoteles y usar sus servicios, porque no podían pagarlos con los
pesos. Se creaba así una asimetría en el sector que duró bastante tiempo, que
permitía contemplar a los cubanos esperando en las puertas de los hoteles a los
extranjeros, porque no se les autorizaba el paso.
Todo este modelo, que adjudicaba de manera discrecional (y
sin los preceptivos sistemas de concurrencia pública) a las compañías hoteleras
internacionales la gestión de los edificios e instalaciones (nunca los derechos
de propiedad) se puso en marcha en un momento muy parecido al actual, en que
Cuba, perdida la financiación suministrada por la URSS y el comercio de “pajarera”
de los países del bloque socialista integrados en el CAME, se encontraba
inmersa en una grave crisis de la que parecía que nunca iba a poder salir o
recuperarse.
El negocio hotelero, en que los dirigentes de la época tenían
depositadas grandes esperanzas, se planteó como una solución urgente para
recaudar divisas, abriendo las puertas de la Isla a viajeros turistas de todo
tipo (hasta entonces, llegaban a Cuba en visitas privilegiadas, dirigentes
comunistas y divulgadores de las excelencias del régimen, pero se trataba de
una cifra mínima y controlada) por oleadas a disfrutar las excelencias
paisajísticas de la Isla.
Y así el turismo provocó un primer contacto de los cubanos
con el exterior. Hasta entonces, el cierre de puertas practicado por el régimen,
el bloqueo interno, impedía a los cubanos trasladarse a otros países, excepto
la zona socialista, pero ahora llegaban españoles, italianos, franceses e incluso
estadounidenses. Y de este contacto, los cubanos que habían sido adoctrinados
en la idea de que vivían en un paraíso terrestre, encontraron que un fontanero
o un electricista alemán o italiano, podía disfrutar y pagar en Cuba 15 días
alojado en los mejores hoteles y con toda su familia.
El choque fue brutal. Los cubanos, con formación superior y
carreras académicas, cobraban unos salarios miserables con los que apenas podían
llegar a fin de mes, una situación similar a la actual, pero esos turistas
procedentes de países europeos o de América trasladaban una realidad distinta
que, hasta entonces, solo llegaba a aquellos cubanos que tenían familiares en
el extranjero. Este fue un duro golpe de realidad que para muchos resultó una
sorpresa que en ningún momento se pensaba que pudiera ocurrir.
Aquí viene la segunda cuestión. Los dirigentes comunistas se
inspiraron en el modelo de turismo español de “sol y playa”, propio de Mallorca
y Menorca, o Benidorm, que gestiona grandes volúmenes de viajeros para obtener
divisas crecientes. La idea parecía acertada, pero ni Cuba era España, ni los
hoteles cubanos tenían el mismo comportamiento económico. Recordaba uno de los
pioneros de la inversión hotelera que mientras que en España las plantillas de
los hoteles eran ajustadas en busca de productividad, en Cuba tuvieron que
exigir al régimen autorización para formalizar despidos masivos de la enorme
concentración de trabajadores. Además, el sector se encontraba completamente controlado
por el régimen y adolecía de una oferta complementaria suficiente y de calidad
gestionada por el sector privado.
El modelo sol y playa funcionó durante algún tiempo, y los
turistas empezaron a llegar de forma masiva a la Isla, muchos, en busca de
affaires con las jineteras, un episodio de los más oscuros y lamentables de la
historia reciente del régimen comunista, que avergonzado por la situación que
había propiciado, acabó enviando a las jineteras a granjas de reeducación, tan
pronto como empezaron a llegar a la Isla las suculentas divisas procedentes del
petróleo venezolano. Después de todo, el turismo consiguió sobrevivir a estos
movimientos y siguió aportando ingresos a la balanza de servicios,
convirtiéndose en uno de los principales sectores de la economía.
Tan grande fue ese papel del turismo, que los dirigentes
decidieron que debería quedar al margen de la ineficiente y obsoleta economía
castrista y así, antes de finales de siglo, todo el negocio del sector pasó a
estar controlado por la administración de GAE, donde convergían intereses
militares, familiares y de oscura procedencia del régimen. Y el experimentó
funcionó para los dueños del GAE, sin embargo, los cubanos veían cómo se
incrementaban las inversiones en hoteles por todas partes, con un aumento de la
oferta rayano en la locura, mientras que se desatendían otros sectores
relevantes de la economía.
Tras el COVID19 todo este modelo se vino abajo, por la acumulación
de errores del régimen a la hora de abordar la pandemia, y por la necesidad imperiosa
de obtener beneficios por parte de las empresas hotelera. Mientras que el régimen
concentraba las inversiones estatales en el negocio hotelero, la entrada de
turistas inició un declive que ha tocado fondo en este primer semestre de 2026.
Los turistas siguen llegando a la Isla, pero la acumulación de problemas,
empezando por los apagones, falta de combustible para los vuelos, mala calidad
de los servicios, acumulación de basuras y cierto aumento de la violencia, han
ahuyentado a posibles demandantes de estancias en la Isla, de modo que la
temporada alta de 2026 ha pasado a mejor vida con unos resultados
decepcionantes y los más bajos niveles de ocupación de los últimos años.
Mientras que en Cuba la cifra de turistas se situó en torno a los 360 mil en los
seis primeros meses de este año, en República Dominicana van por dos millones
en el mismo período. Algo no funciona.
Y por ello, cansados de tener que justificar a los accionistas en los consejos de dirección las razones que aconsejaban a mantener los negocios en la Isla, quizás esperando un futuro que nunca acaba de llegar, las compañías hoteleras españolas, como Melia, han anunciado el final de sus operaciones y el adiós. Hay analistas que creen que la decisión de la compañía está fundamentada en las sanciones aplicadas por Estados Unidos. No lo veo factible. Estas decisiones de una gran corporación de dejar un mercado no se toman con tanta premura, sino que estarían en estudio desde hace tiempo, y ahora han fructificado porque el turismo en Cuba ya no va a más. En La Habana hay quienes creen que volverán. Que no se hagan muchas ilusiones. La hotelera española es especialista en el negocio y sabe a dónde debe orientar sus proyectos, y desde luego, en el Caribe no. Ya tendremos más informaciones pronto.
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