Carta abierta a Espinosa Chepe y López Levy: las reformas financieras no crean una economía mixta


Elías Amor, Economista

Con todos mis respetos, no estoy de acuerdo con la idea de que el comienzo de una nueva política crediticia y la autorización de subcontrataciones del sector estatal al cooperativo y privado vayan a crear una economía mixta, con integración entre los diferentes segmentos estatal y no estatal en un mercado nacional común.

Para empezar, la nueva política crediticia que entró en vigor el pasado 20 de diciembre no se dirige al conjunto de los actores económicos, sino a aquellos que las autoridades consideran que deben participar, a saber, pequeños agricultores, trabajadores por cuenta propia, las llamadas “nuevas formas de gestión”, y los particulares que van a construir una vivienda. Los préstamos se deben respaldar con garantías que, en muchos casos, no están al acceso de toda la población (segundas residencias en zonas de ocio, financiación complementaria, etc.) de modo que la limitación en el acceso a los fondos será un elemento determinante de la distribución desde el primer momento.

Los economistas saben que el crédito per se, no significa apertura económica. No existen experiencias en la historia que muestren la relación directa entre actividad crediticia y desarrollo económico, si previamente no se consolida un sistema jurídico basado en la existencia de derechos de propiedad estables y predecibles, basados en el absoluto respeto a la Ley.

Por desgracia, este postulado no se observa en la economía castrista, donde las actividades privadas se encuentran sometidas a un marco que mejor podría calificarse como trabajo por cuenta propia a cuenta del Estado, que retiene para sí la mayor parte del capital productivo del país y que no permite la acumulación de la renta, ni de la riqueza, ni el crecimiento sostenible.

La idea de que la nueva política crediticia puede permitir la entrada de pequeños negocios, también puede resultar errónea. Lo que sí puede producir son pequeños negocios que arrojarán cifras elevadas de mortandad. Lo que tampoco sería negativo, si existiera entre ellos posibilidades de reinversión, de reestructuración. Sabido es que en la economía de mercado libre, la caída suele ir acompañada del éxito, y viceversa en ocasiones. Pero en el régimen castrista, con un número relativamente reducido de ocupaciones para ser desempeñadas por trabajadores independientes, no existe el mínimo espacio para los negocios, tal y como los conocemos en Occidente.

La política diseñada por las autoridades ni es eficiente ni se va a desarrollar con criterios racionales, sino que se plantea como una actividad burocrática más que convierte a la banca en una rama más del poder estatal. Con ello, el Gobierno, eliminando la libertad de mercado, asegura un uso ineficaz de los recursos sin duda limitados y artificiales, porque no se corresponden con una política previa de ahorro, sin que ello redunde en una mejor administración de los pequeños negocios privados como del sector estatal. En ocasiones, la obsesión por corregir las distorsiones del modelo de economía de mercado entorpece las enormes dificultades e ineficiencias del modelo estalinista de planificación central sin propiedad privada, de modo que la estrecha dependencia del sector bancario del Estado, su dueño real, es un mal adicional a todo este nuevo proceso.

Además, no parece que las medidas supongan incentivo alguno para el uso eficaz de unos recursos cuya cuantía, por otra parte, se desconoce. Las variables monetarias en Cuba arrojan elevados niveles para el dinero en manos del público y las posiciones más liquidas, más del 40 % del PIB actualmente, pero no se conoce con exactitud cuál es el nivel de los depósitos del sistema bancario que se pueden conceder como préstamos. No existe un mercado de fondos prestables, sino una caja ciega para repartir.

Tal y como está diseñado, el sistema crediticio castrista carece de reglas adecuadas para dejar caer a los que fallen, premiando a posteriori a aquellos que logren rendimientos positivos, abran nuevos mercados o generen nuevos productos. Dado que el objetivo no es éste último, ya que al régimen no le interesa que estas nuevas actividades prosperen, la orientación de la banca como actividad estatal podrá dirigirse al control, la inspección y la vigilancia y eventual delación de aquellos trabajadores por cuenta propia cuyos ingresos empiecen a aumentar de forma notable.

Poco podemos esperar, por tanto, de un nuevo sistema financiero castrista que nace opaco, ineficiente, burocratizado y con poco interés en apoyarse en otros instrumentos, como los microcréditos. Se tiene la impresión de que el nuevo mercado crediticio se pretende construir de forma lenta, como todas las reformas que se están introduciendo, a pesar de que existe una necesidad real de disposición de fondos para acometer las actividades sobre todo, en el campo cubano.

Si las autoridades apoyasen la política de microcréditos libremente, el sistema podría mejorar de forma notable, pero tal y como se han introducido en la norma, se convierten en mecanismos de garantía frente a fallidos que posiblemente reduzcan su capacidad y potencial de crecimiento. De igual modo, cuanto más se insista en la creación de empresas municipales que funcionen con una lógica de mercado, peor será porque entonces los recursos financieros, ciertamente escasos y limitados, se dirigirán a actividades ineficientes e improductivas que es preciso evitar. Ni siquiera la subcontratación puede funcionar de manera adecuada cuando el Estado posee más del 50 % del PIB de la economía de un país como ocurre en Cuba. La iniciativa privada es la que mejor puede identificar los espacios para el crecimiento de la actividad por su orientación a los beneficios. Superar viejos dogmas existentes en amplios sectores de la dirigencia comunista es necesario.

No estoy de acuerdo en que el éxito del nuevo sistema dependa de la capacidad del equipo implementador de las reformas para manejar los tiempos, fases y secuencia del desarrollo del nuevo sistema financiero como señalan algunos. Todo lo contrario. Si se liberalizase la actividad financiera, la competencia entre privados mejoraría notablemente la asignación de recursos y frenaría el crecimiento de los precios, es decir, del coste del dinero. Coincido en que es preciso evitar tendencias inflacionarias. La competencia entre prestamistas y prestatarios debería situar los tipos de interés reales a los niveles del crecimiento potencial, y ello con baja inflación, asegurar la necesaria estabilidad en el coste del dinero. Cualquier manipulación política de los tipos de interés en esta fase embrionaria, puede resultar contraproducente para la evolución del sistema en su conjunto.

Además, si el sistema bancario utiliza los créditos existentes para promover los contratos y la integración entre las entidades estatales y los actores cooperativos y privados como señalan algunos autores, la tendencia a corto plazo será una disminución de la financiación para los trabajadores por cuenta propia o la construcción de vivienda. En ese sentido, no es posible promover la competencia entre los gestores cuando esa competencia no existe en la mayor parte de los sectores de la economía.

En cuanto a la inversión de los cubanos residentes en el extranjero, dudo mucho que el Gobierno vaya a introducir alguna reforma en ese sentido. Los fondos procedentes del exterior, en forma de remesas, se están destinando principalmente a paliar situaciones de grave escasez, necesidades directas de consumo, y son pocas las familias que pueden permitirse canalizar esos recursos hacia nueva financiación para impulsar actividades por cuenta propia. Ningún empresario de la diáspora abrirá cuentas en los bancos locales hasta tanto no se regule de forma estable y predecible los derechos de propiedad, punto de partida fundamental para todo este proceso.

Dado el atraso del sistema bancario cubano, otras opciones como las transferencias entre cuentas corrientes, el cargo en cuenta, o los ingresos en cuenta, tendrán un uso limitado por la falta de conocimiento por parte de la población y el nivel deficiente de la tecnología existente. La diversificación de los medios de pago solo tiene sentido en una economía cuando existen muchas oportunidades de compra y pago, y esto no parece que sea el rasgo determinante de la economía castrista en la actualidad. Un ejemplo puede ser el uso de tarjetas de crédito, generalizadas en el mundo entero, y un absoluto desconocido en la realidad de la economía castrista.

La construcción de una economía mixta como soñamos algunos será muy difícil por no decir imposible, con estas reformas financieras limitadas.

Con todo mi afecto.

Tomado de: Cubaencuentro, 27 de diciembre 2011

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