Innovación y eficiencia no se logran con la jerarquía comunista

Elías Amor Bravo economista

La maquina de propaganda castrista no para. Día si, y al otro también, nos presentan ejemplos disímiles de lo perdidos que andan en el intento de resolver la grave situación económica. No dan con la clave.

Morales Ojeda, uno de los principales dirigentes comunistas del país, ha realizado un recorrido por Pinar del Río para comprobar si lo que se dispuso en el último congreso del partido se está haciendo o no. Es lo único que les interesa, que se cumplan las órdenes del partido, al coste que sea. 

Y a ello, Granma, le ha dedicado una nota titulada “Multiplicar la innovación y la eficiencia es una prioridad para el país”. Este reportaje viene muy bien porque incide en dos fracasos del modelo que rige los destinos de los cubanos. En esta breve nota los vamos a exponer.

De un lado, los comunistas creen que la innovación y la eficiencia pueden desplegarse de la nada, como si se tratase de un maná que cae del cielo, sin esfuerzo previo ni recompensa esperada. Grave error. No es fácil lograr que estos dos motores del crecimiento y la prosperidad de una economía funcionen, y ahí está el ejemplo de Cuba en seis décadas.

La innovación exige, no solo esfuerzos previos de investigación científica y desarrollo que tienen una finalidad primordial: satisfacer necesidades sociales, sino como la palabra misma lo indica, voluntad para implementar y llevar a cabo lo que se plantea en términos de diseño. Y esa voluntad para ejecutar las innovaciones se mueve por unos valores, creencias y actitudes que se encuentran respaldados por unos objetivos de quién se arriesga innovando. El ciclo se cierra con el logro de la rentabilidad, que sienta las bases para continuar investigando, avanzando y proponiendo nuevos cambios que vuelvan a generar más riqueza y prosperidad.

Este círculo virtuoso del progreso se rompió en algún punto de la cadena histórica en Cuba, cuando la revolución decidió que los cubanos pasaran a ser un pueblo pobre y sometido al control del estado, confiscando sus derechos de propiedad y prohibiendo el enriquecimiento como móvil de la conducta económica. Dos decisiones que han lastrado el porvenir de la nación y han situado a Cuba en un escenario permanente de pobreza, desabastecimiento y falta de oportunidades.

La idea naif de que todo este drama económico puede quedar atrás si se restaura un marco jurídico para los derechos de propiedad y la acumulación de riqueza, podría llegar a tropezar con una realidad testaruda en la que, junto a los cambios jurídicos e institucionales, habrá que realizar una labor ingente para recuperar el daño antropológico que el comunismo ha provocado en generaciones de cubanos. Pero esa tarea no debe atemorizar, porque es necesaria para encontrar una nueva senda de crecimiento y prosperidad para el futuro.

Los comunistas, como Morales Ojeda, creen que la innovación y la eficiencia se pueden lograr con la aplicación ideológica de sus principios, y se equivocan. Y una experiencia concreta la ha tenido este dirigente cuando en Pinar del Río le informaron sobre las 63 medidas de la agricultura, que ni han logrado diversificar producciones, ni mucho menos eliminar intermediarios en el proceso de comercialización y desde luego, tampoco lograr que la empresa estatal socialista pueda funcionar de forma eficiente. Estos mantras de los comunistas cubanos se encuentran tan desprestigiados, que insistir en los mismos tiene muy poco sentido.

Morales Ojeda se ha encontrado con esta realidad, pero lo mismo ocurre a Díaz Canel, a Marrero, a Gil, Valdés o Machado Ventura o cualquier miembro del régimen que se dedique a pasear por la Isla. Las prioridades definidas en el congreso comunista del año pasado no conectan con la sociedad cubana. Los cubanos han dado la espalda, de forma mayoritaria, al partido comunista y sus dirigentes, mostrando una absoluta pérdida de confianza y credibilidad en ellos.

Esta distancia del pueblo de los dirigentes es una tendencia que ha ido a más en los últimos años, y que seguro está creciendo, e incluso los comunistas deben estar informados de ello, con las encuestas que realizan de forma continua a la población. Un buen ejemplo de esa distancia entre la sociedad y el régimen está en las 63 medidas para dinamizar la producción de alimentos, que se presentaron como la solución de todos los males, pero que nadie ha dedicado ni un solo minuto a conocer o aplicar. 

Tan solo los directores de empresas y unidades empresariales de base, vinculados al partido comunista, ofrecen alguna muestra de interés, pero el grueso de los trabajadores agrícolas no quieren perder ni un instante en estas medidas que no van al origen del problema.

Los objetivos de innovación y eficiencia quedan a años luz de lo que se plantea en estas 63 medidas de la agricultura, en las que poco más que tiritas, se han ido poniendo en las heridas sangrantes y profundas de un sector, el agropecuario, que tuvo en 2021 uno de los peores ejercicios del último lustro, con descensos generalizados en todas las producciones que los cubanos padecen en forma de menos comida para llevar a la mesa.  

Los comunistas en vez de concentrarse en resolver esta permanente carestía, se enredan en medidas imposibles, que apuntalan una estructura económica ineficiente, improductiva, llena de trabas y dificultades, que es inservible para alcanzar el objetivo de suficiencia alimentaria. Lo único importante para estos dirigentes es que se cumplan las consignas del partido, cueste lo que cueste, y sin tener en cuenta las consecuencias, como hicieron con la tarea ordenamiento que acabó destruyendo las bases de la economía cubana, y provocando una inflación desconocida, de dos dígitos.

Pero en realidad, para innovar hace falta mucho mas que directrices u órdenes del partido. Mas bien, todo lo contrario. La jerarquía es lo contrario a las innovaciones, que se orientan por elementos de motivación humana que, precisamente, son distintos de unos seres humanos a otros, de ahí la importancia de la libertad y un marco respetable para que las decisiones, siempre que estén amparadas por una ley democrática y de derecho, puedan tener viabilidad.

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