La visión de los comunistas cubanos en 2030

Elías Amor Bravo, economista
 
Ha sido una auténtica sorpresa que el cónclave comunista se haya dedicado a debatir un “plan nacional de de­sarrollo económico y social, nada más y nada menos que hasta el 2030, como si las urgencias del presente, por otra parte, las mismas que en los últimos 57 años, no fueran suficientemente importantes. Esa obsesión con trasladar al futuro lo que se es incapaz de gestionar en el presente es una práctica que el régimen de los Castro ha sabido adoptar en cada momento de su tiempo, pero pensar en 2030 no deja de ser una majadería. Un ejemplo es la Comisión del congreso encargada de abordar este tema y presidida nada más y nada menos que por Esteban Lazo y Ramiro Valdés, fue la encarga de abordar el plan 2030. Como dice Granma, “un alto nivel de influencia política”: más o menos lo mismo de siempre.

Pero es que hay más. No cabe la menor duda que este plan supone un mensaje muy claro a la sociedad cubana y al mundo. Básicamente dice que la regencia comunista de la Isla aspira a seguir siéndolo en 2030 y además, en las mismas condiciones que en la actualidad. Es decir, de cambio nada. El comunismo cubano, de inspiración castrista, marca el territorio y deja fuera de juego, y de participación, al resto de la sociedad cubana. Tal vez una mayoría aplastante.

Inasequibles al desaliento, los comunistas en cónclave, se han puesto a analizar “la visión de la nación, los principios rectores, así como sus ejes y sectores estratégicos”. Las transformaciones de más calado consideradas en las bases del plan comunista, basado en la ideología comunista y en lo que esta organización, cuya representatividad en la sociedad cubana sigue sin ser medida en términos de participación democrática y plural, impone al resto.

De ese modo, cerrando los ojos ante las penurias actuales, los bajos niveles salariales, el escaso poder adquisitivo de la población, la disminución de la calidad de los servicios, la ausencia de derechos de propiedad, la migración en aumento, no se les ocurre otra cosa que abordar una serie de cuestiones generales cuya justificación es, cuanto menos, cuestionable.

En primer lugar, plantean el problema energético: la prospección, producción y refinación de petróleo y gas entre los sectores estratégicos del país.

Cierto es que Cuba, históricamente, carecía de recursos energéticos. Por desgracia en su subsuelo no existen yacimientos de petróleo o gas natural. Una lástima. Pero antes de 1959, nadie en Cuba tenía problemas de abastecimiento de gasolina para sus automóviles o de electricidad en sus casas y negocios. La falta de combustible y los “apagones” han sido consecuencia del régimen instaurado a partir de 1959 por los comunistas. Esa es la causa, y no el efecto. Me parece bien que se hable de energías alternativas y de la búsqueda de la autosuficiencia en 2030, pero hay muchos países en el mundo que no tienen recursos energéticos y, sin embargo, funcionan perfectamente. La clave es que venden productos y servicios de mayor valor añadido en el comercio mundial, y gracias a ello pueden pagar las compras de productos energéticos que curiosamente están bajando de precios.

Sin embargo, los comunistas se dedicaron en la Comisión a hablar de os mismos temas de siempre, que si “explorar las potencialidades en aguas territoriales, mapear con tecnología sísmica cerca de 22 000 kilómetros cuadrados con una em­presa china, buscar los recursos ubicados en grandes profundidades, atender a las capacidades de refinación profunda, producir gas acompañante que se utiliza para la producción energética”, en fin, cuestiones que pueden estar muy bien en el horizonte de 2030 pero que nada resuelven a corto y medio plazo. Y ahí quedó todo.

Después trajeron a debate el problema del bajo por ciento de PIB que se invierte actualmente en infraestructuras, en torno al 5 %, uno de los más bajos del mundo y que supone un lastre para el crecimiento económico. Nada más y nada menos que vuelven a “la integralidad” como principio para conseguir un “desarrollo armónico y proporcional”.

Confieso que este concepto no es fácil de entender. Al parecer, Marrero, ministro del ramo, explicó que el turismo podía ser un sector capaz de “potenciar los encadenamientos y la integralidad en los planes de desarrollo”, y para ello utilizar la cifra de tres millones y medio de visitantes ex­tranjeros recibidos en 2015. Cifra que se alcanzó con 51.000 habitaciones hoteleras, a las que se suman 14.000 del sector no estatal. Además, en el último quinquenio se han incorporado unas 11.000 habitaciones nuevas y recuperado cerca de 7.000 que se encontraban en mal estado. Un ritmo de incorporación de nuevas capacidades se ha comportado en torno a las 2.000 o 2.500 por año, pero con las nuevas inversiones en marcha se espera duplicar esa cifra en el futuro próximo, dijo.

Marrero anunció proyectos para construir entre el 2016 y el 2030 unas 108.000 nuevas habitaciones, sumadas a otras actividades extrahoteleras como Marinas y campos de golf, una buena idea de hacia dónde se dirige la inversión en la Isla. El turismo tiene efecto multiplicador y el sector está en condiciones de impulsar el desa­rrollo de otras áreas de la economía para crear encadenamientos productivos. La aspiración, según Marrero, es que este sector estratégico finalmente se convierta en una locomotora de la economía nacional.

De ese modo, las inversiones en turismo deberían servir para incrementar el porcentaje en el PIB. Gran error. Un sector que apenas representa una fracción de la economía nacional, aunque con grandes perspectivas, no puede atajar los graves problemas de carencia de infraestructuras en vivienda y regeneración urbana, carreteras, telecomunicaciones, servicios de alcantarillado y de aguas, puertos, etc que son el origen y la parte más relevante de las inversiones en infraestructura de una economía, y que en el caso de Cuba llevan décadas guardados en algún cajón por la falta de financiación.

Algunas intervenciones insistieron en que “los planes de infraestructura hotelera en zonas apartadas pueden redundar en beneficios para las propias comunidades, en la importancia de armonizar el ordenamiento territorial con las estrategias de turismo, con el objetivo de que tenga un mayor impacto social y así dar respuesta a las necesidades de la población que conllevan una fuente de financiamiento con la que el Go­bierno muchas veces no cuenta”, incluso que algunos de “los nuevos polos turísticos tienen implícito un proceso in­versionista de infraestructura que se amortizará con los mismos ingresos que generen a mediano plazo”.

Tras el debate, Ramiro Valdés tomó la palabra y sentenció, sin duda pensando en 2030, “las condiciones básicas deben ha­cerse con antelación. Esto se hace con construcciones y hemos perdido la capacidad constructiva. Hay que desarrollar y ampliar las potencialidades nacionales para no depender de las empresas extranjeras para llevar a cabo los proyectos”. Hay que reconocer que tiene toda la razón, pero también la responsabilidad.

Otro aspecto que se abordó en la Comisión 2ª que mira al futuro es el “desarrollo humano, que pone en alto la necesidad que las personas intervengan, de manera integradora y consciente, en la solución de los problemas de la sociedad y que al mismo tiempo, puedan en­contrar en el salario la satisfacción de sus necesidades”. Reconocer el bajo nivel salarial existente en la economía ya es un primer paso, pero la solución al problema vuelve a estar lejos y tampoco se dijo gran cosa.

También se habló, cómo no, de la devolución del territorio ocupado por la base naval estadounidense, que, desde el punto de vista económico, supondría, según algunos dirigentes señalaron “el aumento del transporte marítimo, permitiría utilizar los recursos naturales de la zona, desarrollar la actividad turística, más allá de los indiscutibles beneficios para nuestra seguridad nacional”. La verdad es que poco puede salir de un puerto si lo que se produce es insuficiente para atender las demandas de la población Tal vez en 2030 sea distinto.

Y poco más. Al menos de la información que se divulga en Granma. El debate sobre el horizonte 2030 confirma la “complejidad que supone armonizar los proyectos y estrategias a corto y mediano plazo con un Plan a futuro que trace líneas maestras integrales para el desarrollo económico y social del país”. Al parecer, según el informe presentado a los delegados, la elaboración del Plan de Desarrollo hasta el 2030 transita por dos etapas: “la primera está en marcha y concluirá con los debates del VII Congreso y su posterior consulta”. En la segunda etapa “se establecerán las me­tas e indicadores precisos, cuyo cumplimiento se puede cuantificar y supervisar”.

Y por supuesto, al final de todo el proceso llega lo más importante, que es la búsqueda de financiación para poder ejecutar el plan, cuando tal vez, y a modo de sugerencia, lo primero que se debería hacer es realizar una estimación, al menos genérica, de los recursos que se pueden disponer. Todo lo demás es una carta a los reyes magos escrita desde una inocencia irresponsable que, además, tiene muy poco de democrática, ya que sólo se consulta a una determinada ideología de la sociedad cubana: la comunista, dejando fuera del futuro al resto de la sociedad.

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