Sin arroz, no hay país

 Elías Amor Bravo, economista

No se si será cierto, pero Granma ha publicado una nota en la que señala que “Cuba comenzará a invertir la matriz de siembra en el cultivo del arroz”. Básicamente, una operación consistente en pasar de plantar 240 días al año, en campaña de frío y de primavera, a hacerlo en mayor número de noviembre a febrero, con el objetivo de garantizar en dicho periodo, como promedio, 5 toneladas por hectárea.

La decisión se acaba de adoptar en una de las numerosas reuniones de Díaz-Canel y Valdés Mesa, con “científicos y expertos” que trabajan en temas de soberanía alimentaria y nutricional. Al parecer, se piensa que con ello se podrá aumentar la producción del cereal, que de forma sistemática “incumple los planes”. Si en vez de tanto científico y experto oyeran con más atención lo que dicen los guajiros, Cuba produciría suficiente de todo. En fin, ellos son así.

La pregunta que hay que plantear entonces no es ¿cómo producir arroz?, que puede tener un interés secundario, sino más bien, ¿por qué no se produce suficiente arroz en Cuba? No hace falta insistir en que el arroz es un alimento “estratégico” de Cuba. Más que estratégico, cotidiano. Cualquier sistema económico, medianamente razonable, aseguraría un abasto continuo y suficiente de este producto para atender las demandas de la población. La notable variedad de arroces y especialidades del mismo que conlleva la dieta mediterránea, en numerosos países europeos, está en el origen de una demanda muy extendida de consumo de este producto, que nunca falta en los supermercados.

Por eso, no se puede entender qué pasa en Cuba con el arroz. Un producto de gran demanda en la población, que, sin embargo, no hace más que dar problemas y dolores de cabeza a las autoridades, por su incapacidad para asegurar los suministros. Y para ello se reunen con científicos y expertos, y eso que en Cuba se dispone, nada más y nada menos, que de 69 variedades de semillas, de las que actualmente hay 12 en producción, y que en las campañas se siembran unas 90.000 hectáreas en época de frío, que promedian 1,5 toneladas por hectárea más que en la primavera. Entonces, ¿qué está pasando con el arroz cubano?

Al parecer, las autoridades quieren sembrar para el próximo año 157.000 hectáreas, y con ello alcanzar en el plan una producción de 692.800 toneladas de arroz cáscara húmedo, que deben generar 346.000 toneladas de arroz consumo, de ellas 250.000 con destino al Ministerio del comercio interior. En todo caso, como se indica en Granma, “se trata de cifras muy por debajo de lo que demanda y puede producir el país”.

El problema consiste en que Cuba necesita 700.000 toneladas de arroz para atender la canasta básica normada y el consumo social. Ni siquiera en las estimaciones anuales del programa arrocero hasta 2030, la producción nacional podrá aportar unas 600.000 toneladas, un 86% de la demanda anual. Como se observa en el Gráfico 1, en la historia de Cuba desde 1985 llegar a 700 mil toneladas ha sido cosa de un par de ejercicios. El país, de forma sistemática, produce por debajo de esa cifra. El resto hay que comprarlo fuera, o no, en cuyo caso, no se podrá ofertar en las tiendas y faltará arroz.

La falta de producción arrocera se debe a numerosos factores. El diagnóstico de Granma cita, entre otros, “el insuficiente aseguramiento de insumos para la producción agroindustrial de arroz”, o el “desaprovechamiento del potencial genético de las variedades disponibles”. No hay referencia alguna a los límites derivados del régimen de propiedad de la tierra.

En el caso del arroz es más que evidente que una reforma en profundidad de los derechos de propiedad de la tierra, devolviendo a los agricultores el derecho de titularidad jurídica de la misma, supondría un gran beneficio para que los productores, bien individual o agrupados libremente, para que pudieran alcanzar las economías de escala técnica en sus explotaciones.

Las rígidas condiciones que define el estado intervencionista para la agricultura arrocera cubana están en el origen de la improductividad del sector. Los vietnamitas lo resolvieron con las reformas del Doi Moi, que de situaciones de escasez y hambrunas, han llevado a excedentes de producción que se exportan a toda Asia, por cierto, uno de los grandes mercados de consumo del arroz.

Para dar ese salto, los arroceros vietnamitas ahora son dueños de la tierra, la compran y venden libremente, deciden ellos mismos qué producir y cómo, a qué precios vender, y son libres para alquilar y modificar el tamaño de sus tierras. La libertad económica ha hecho que en Vietnam el atraso social comunista haya quedado atrás. La pregunta es ¿por qué el régimen de La Habana se resiste a implementar la propiedad privada de la tierra? ¿Hay solo motivos ideológicos o algo más?

Los remedios planteados, de tipo parche, como “cubrir el ciento por ciento del área sembrada con el uso de bioproductos para sustituir plaguicidas químicos, no son tampoco la solución. Y que las mencionadas “plataformas de cooperación con varios países, entre ellos Japón y Vietnam, para implementar la tecnología de trasplante mecanizado, que comprenden 199 tractores, 46 trasplantadoras autopropulsadas, 41 máquinas sembradoras de bandeja y 42 cosechadoras” no van a servir tampoco para producir más y mejor.

Si en vez de tantos vuelos con drones para “hacer análisis de población, para monitorear plagas y hacer un estimado real del rendimiento de los campos”, permitieran la extensión de los derechos de propiedad privada en la tierra, el resultado podría ser mejor, por lo menos, no faltaría ese 14% de arroz que el propio régimen reconoce que no va a conseguir, y que acaba siendo un porcentaje mayor, a tenor de la experiencia. Incluso, creo que Cuba acabaría siendo un país exportador.

Esto de “invertir la matriz del arroz” suena a cuento chino, ¿qué quieren que les diga? Menos mal que no han echado la culpa al embargo/bloqueo.

Gráfico 1.- Evolución de la producción de arroz (toneladas) en Cuba 1985 a 2018


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