2022: otro año perdido para el turismo cubano

Elías Amor Bravo economista

Bien, parece que al final se ha impuesto el sentido común, y de los mensajes optimistas del ministro de turismo, las autoridades han confirmado, al término de la feria FitCuba-2022 que se celebra en Varadero estos días, que “el turismo cubano completará su recuperación en 2023”.

Dicho de otro modo, en 2022 no habrá rebote del turismo cubano. Perdida la temporada invernal, con los peores registros desde hace 30 años, toca ahora hacer números otra vez para cerrar un ejercicio en que, nuevamente, el sector va a quedar por debajo de su potencial. Y es que, desde 2019, la llegada de turistas a Cuba, y con ellos los ingresos con que se nutren las arcas del estado comunista, ha caído en picado.

Las previsiones formuladas para este año por el ministro de turismo, llegar a 2,5 millones, no se van a cumplir, y ello significa quedarse por debajo del 50% de la cifra alcanzada en 2019, último año antes de la crisis de la pandemia. Es cierto, que todos los destinos turísticos del mundo han acusado los daños provocados por los confinamientos para luchar contra el COVID-19, pero también lo es que en cuanto la enfermedad empezó a ser controlada, los viajes volvieron a aumentar, recuperando las cifras “normales”.

Todos los destinos, excepto Cuba, donde las autoridades no saben por qué los turistas no vuelven a la isla, pese a que se construyen más y más hoteles y habitaciones. A pesar de que estos dirigentes declaran haber alcanzado importantes acuerdos con tour operadores, empresarios del sector, cadenas hoteleras y aerolíneas, los resultados dejan mucho que desear, y obligan a reflexionar, antes que sea tarde, sobre qué están haciendo los comunistas en su política de turismo para Cuba. Las conclusiones no son halagüeñas.

Cuando Fidel Castro decidió, muy en contra de su voluntad, que había que abrir la isla al turismo a comienzos de los años 90, se apostó por un modelo de sol y playa, que apenas ha cambiado 30 años después, para intentar captar el mayor volumen de divisas en el menor tiempo posible. En aquel momento, Cuba había quedad huérfana en el telón de acero, tras el derrumbe del muro de Berlín y la desaparición del sostén económico soviético.

Muy pocos daban alguna viabilidad a un régimen que, en vez de propiciar cambios hacia las libertades, apostó por una huida adelante con el llamado “período especial”. Empezaron a llegar los primeros turistas, españoles, italianos, franceses, canadienses y la combinación de la sorpresa con una pésima situación económica dentro de la Isla acabó generando un fenómeno social, las jineteras, que trasladó la vergüenza internacional al régimen comunista.

Pero el turismo fue creciendo lentamente, conforme el estado comunista, su dueño, se lanzó a construir hoteles en zonas de playa, siguiendo las recomendaciones de las compañías gestoras españolas, aliadas de los consorcios de la seguridad del estado y del ejército a los que se adjudicó la defensa de los intereses económicos. Los hoteles y en general, la infraestructura del sector nunca pasó a titularidad privada, sino que el estado cedía su gestión. Con todo, los hoteleros españoles reestructuraron las plantillas abultadas del turismo y comenzaron a aparecer por las calles timbiriches comerciales de artesanías y los primeros paladares privados.

La fórmula fue avanzando, y, más tarde, cuando a comienzos de siglo, apareció el petróleo de Venezuela en el horizonte, el régimen mandó a parar, con el cierre de numerosos negocios de los llamados “macetas”, que plantaban cara a las empresas hoteleras. Luego todo se recondujo al servicio y dependencia del estado, y se autorizó el trabajo por cuenta propia, bajo estricto control político en tiempos de Raúl Castro.

De modo que, al llegar la pandemia, el sector turístico en Cuba había recorrido un camino largo y complicado para situarse ligeramente por debajo de la cifra mágica de 5 millones, que nunca se alcanzó, y unos ingresos por servicios, superiores a los 2.000 millones de dólares, prácticamente la misma cifra que se obtenía por la exportación de todos los bienes (tabaco, camarones, marabú, níquel, etc.). Cualquier posible “rebote” tras la pandemia, debería conducir de nuevo a estas cifras, pero nada de eso ha ocurrido, y ahora las autoridades fían a 2023 la recuperación del turismo en Cuba, tal y como se constató durante el desarrollo de FitCuba-2022 en Varadero. Ya veremos.

Los dirigentes comunistas son conscientes que el turismo internacional ha despegado con fuerza en todos los destinos del Caribe, pero Cuba se ha rezagado este año. República Dominicana, Costa Rica, Cancún, han registrado resultados muy positivos, y preparan su oferta para continuar recibiendo viajeros procedentes de todo el mundo. La recuperación de la industria en estos destinos ha sido evidente, pero ¿Qué está ocurriendo en Cuba?

Pues que los números no salen. Y lo que es peor, las autoridades van desojando la margarita, pero no acaban de encontrar el “sí, quiero” tan buscado. De modo que hablan de turismo de “sol y playa”, de programación cultural, de prácticas deportivas, de patrimonio histórico, y no se sabe de cuántas cosas más, pero ninguna de ellas acierta en la diana porque el modelo turístico comunista, después de 30 años, necesita ese "estremecimiento" del que tanto habla Raúl Castro. 

Resulta que invitaron a la feria de Varadero a más de 6.028 profesionales de 54 países, 17 cadenas hoteleras extranjeras, 38 líneas aéreas, 254 turoperadores y agencias de viaje y 16 nuevos turoperadores de mercados como Francia, Argentina, Reino Unido, Bolivia y Chile, y luego, alguien se descolgó diciendo que la isla está bloqueada y embargada, pero eso da igual, porque lo único importante es culpar de todos los fracasos a Estados Unidos.

Lo mejor de todo es que, después de volcar la furia ideológica contra el vecino del norte y mostrar al mundo que Cuba, su régimen político (ya que seguramente el pueblo cubano piensa otra cosa) es solidario con la invasión cruenta de Putin en Ucrania, que sigue calificando en la prensa estatal comunista como “operación militar especial de Rusia en Ucrania”, los responsables de la política turística cubana están seguros de acertar con sus previsiones, y de que el sector se recuperará como ocurre en otros países ¿De verdad se lo creen? Pensar en estos términos es no tener ni idea de qué busca el turista y por qué se mueve a nivel internacional, al margen de otras consideraciones, como el precio, la calidad, la atención, la oferta complementaria o la seguridad, entre otras.

Hace bien Marrero de tratar de comparar el turismo con el ron cubano, pero no acierta, porque son dos cosas bien distintas. El segundo debe su imagen a la historia de un potente sector privado empresarial que dejó sus apellidos en las marcas que se disfrutan a nivel mundial y que atrapan a los consumidores, por su calidad y singularidad, al tiempo que símbolo de cubanía y de identidad nacional. 

Precisamente, lo que le falta al turismo cubano, y que probablemente ni lo va a conseguir, mientras que el dueño de los medios de producción sea el estado, por mucho que la gestión sea empresarial privada. Si, tal vez Marrero tenga razón y sea conveniente seguir el camino del ron para el turismo, pero el camino a seguir es el del ron cubano, del histórico, del que ya no se fabrica en Cuba, pero que, curiosamente, el consumidor en Madrid, París o Roma, lo identifica con la tradición centenaria de la Isla. A veces en el turismo, si se quiere acertar, hay que jugar con imágenes. Por desgracia, los comunistas cubanos, aferrados a su reaccionaria ideología económica, no pueden entender estas cosas.

 

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