Díaz Canel: la represión y el enfrentamiento no funcionan para luchar contra la inflación

Elías Amor Bravo economista

En el III Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba se han presentado los proyectos de Plan de la Economía y Presupuesto del Estado para 2022 que, más tarde, serán aprobados por los diputados de la Asamblea Nacional con esa pasmosa unanimidad comunista que otorga ser los dueños del poder absoluto en Cuba. Esto ha llevado a Granma a titular la crónica como "En 2022 avanzaremos gradualmente en la eliminación de la inflación; no será fácil, pero tampoco imposible".  

Y con la que está cayendo, lo que ha trascendido a la opinión pública son las ocurrencias de Díaz Canel para luchar contra el grave problema de la inflación, por cierto, responsabilidad suya por la aplicación ciega e ideológica de la Tarea Ordenamiento, que ha provocado un incremento del nivel de precios como nunca antes visto en la Isla. 

La inflación del IPC hasta octubre se situó en 66,3% en tasa interanual, nada más y nada menos que 50 puntos mayor que la que había a finales de 2020. Las previsiones de fin de año elevan la inflación al 70%. Ya no se trata de un incremento de precios, sin más. Los cubanos están sufriendo, junto a una caída continuada de la economía desde el segundo semestre de 2019, una auténtica espiral inflacionista que está destruyendo el poder adquisitivo de salarios, pensiones y de los escasos ahorros de la población. 

La inflación cubana, la más elevada de América Latina, daña de forma alarmante a los más pobres, genera desigualdades difíciles de justificar, actúa como un impuesto lesivo a los más pobres y supone un freno al crecimiento de la economía. El círculo vicioso que han creado con la aplicación de la Tarea Ordenamiento es un ejemplo de la soberbia comunista, ese principio de superioridad moral que no existe, y que lleva a esta ideología a ser incapaz de crear condiciones de prosperidad en las naciones que gobierna.

Pues estando así las cosas, Díaz Canel dijo que están en condiciones “de enfrentar el proceso inflacionario y en 2022, avanzar gradualmente en su eliminación” ,lo que en estas condiciones, suena a pedir peras al olmo, de modo que el dirigente comunista se acabó cubriendo en salud y dijo después “no es fácil, pero no imposible, está en nuestras manos y lo lograremos”.

Y aquí es donde el dirigente comunista se permitió exponer su receta para luchar contra la inflación. Otra majadería que no va a ningún sitio.

Básicamente, se dirigió, en primer lugar, a los productores de la economía, vendedores, a todos los actores económicos y privados que comercializan sus productos para reclamar un esfuerzo basado en que bajaran los precios. Si. Por la cara. Porque lo dice Díaz Canel, que no tiene ni idea de los escandallos de costes de las empresas y de las distorsiones en los precios relativos creados por su Tarea Ordenamiento. Pedir esto, en un momento en que han reconocido que 500 empresas se encuentran en situación de insolvencia y caminan hacia una situación de quiebra que exigirá subsidios estatales, es un absoluto despropósito y una temeridad que ningún dirigente político pediría jamás en una situación de inflación descontrolada.

A continuación, tras hacer el ridículo por el escaso conocimiento que tiene sobre cómo funciona una economía, Diaz Canel da un segundo paso, quizás más temible, al pedir a los comunistas en su cónclave que se lancen a las calles para denunciar a aquellos que vendan a precios altos, como el dice, “abusivos o especulativos”, lo que implica volver a las viejas tácticas revolucionarias de las delaciones cederistas y la represión posterior por parte de los agentes de la seguridad del estado. Es decir, recuperar el miedo como el instrumento para imponer unas ideas absurdas.

Tiempo habrá de prestar atención a los documentos presentados por los comunistas cubanos para intentar resolver problemas sobrevenidos por su incompetencia. Pero a Díaz Canel hay que reprochar que quiera luchar contra la inflación reduciendo los márgenes de los vendedores y delatando a unos cubanos que lo único que hacen es luchar para salir adelante. 

Porque ¿Quién dice lo que tiene que bajar el precio un vendedor que compró a 100 y quiere ganar un 20% o un 30%? ¿Qué se considera ganancia excesiva y qué no? ¿Quién lo tiene que decir? ¿tal vez Díaz Canel que no sabe lo que cuesta producir una libra de malanga o de carne de puerco? Y por otra parte, ¿Qué sentido tiene que se denuncie a un vendedor que puede acabar perdiendo su negocio y con ello, reducirse más la oferta aún? Díaz Canel con este tipo de propuestas está jugando con fuego y se quemará. Por ello, antes de que lance a su régimen a este tipo de actuaciones, que ya han sido contestadas por los productores agropecuarios independientes que precisamente quieren en estas fechas vender sus producciones a buenos precios, hay que pedir una reflexión.

Díaz Canel no lo querrá reconocer, pero el principal fracaso en el control de los precios es la planificación central y la intervención del estado en la economía que se sigue en Cuba desde hace 60 años. Esto lleva al fracaso de los planes y previsiones de forma sistemática, es ineficiente y no sirve. Es hora del punto y final, porque la solución está al alcance de su mano, y no es otra que apostar por el mercado como instrumento de asignación de recursos. Díaz Canel sabe que en ninguna economía dirigida por el comportamiento de oferta y demanda, hay que pedir a nadie que baje los precios o se hagan acusaciones o delaciones de los precios a que se venden los productos. Esas prácticas que Díaz Canel quiere implementar en Cuba, son inconcebibles en España, México o República Dominicana.

Todo funciona de forma natural y espontánea. Cuando los precios son elevados, la demanda, que es libre y no depende de canastas normadas o libretas de racionamiento impuestas por el régimen, simplemente decide no comprar, o se dirige a otros vendedores que ofertan sus productos a precios más baratos. Todo ello se produce sin estridencias, sin chivateos o delaciones, ni enfrentamientos entre unos y otros. 

El mercado, de forma instantánea, asegura que los productores que venden a buenos precios tengan compradores y ello obliga, de forma pacífica, al vendedor caro a bajar sus precios, sin que nadie le fuerce desde el gobierno y sin que se le tenga que delatar a nadie. El mercado funciona de forma voluntaria, buscando que todos se encuentren mejor a partir de una eficiente satisfacción de sus necesidades. Incluso ese vendedor que no coloca su producción, por ser caro, obtiene ganancia al entender que debe rectificar, y cuando lo hace, consigue de nuevo entrar en el mercado y volver a ganar dinero.

El mercado es la solución para luchar contra la inflación, aunque Díaz Canel o Gil no lo quieran reconocer. Cuanto más tarden en establecer este mecanismo de asignación eficiente y sostenible, mayor daño estructural ocasionarán a una economía que ya no puede más. No ha tocado fondo, y todo puede llegar a ser mucho peor.

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