Los mercados de barrio: riesgos e incertidumbres
Elías Amor Bravo, economista
Tengo comprobado que, para los cubanos recién llegados a España, la primera impresión favorable que reciben es la visita al Mercadona. Esta red de establecimientos comerciales ofrece un surtido de alimentos y productos de aseo de marca propia y ajenas, con una clara orientación a las preferencias de los clientes. Después de Mercadona, la visita se complementa con el Consum, LIDL, ALDI, Carrefour y alguna que otra bodega especializada que por desgracia van quedando cada vez menos, y en todos ellos, el cubano recién llegado se asombra y acaba preguntando, "Caballero, ¿Cómo es posible que no tengamos esto en Cuba? Lamentable.
La respuesta es que en Cuba hay un régimen político que se resiste a recuperar el sector comercial, que existía antes de 1959, mucho más adelantado que en España. De vez en cuando, se produce alguna sorpresa. Ahora, por ejemplo, con la puesta en marcha de 24 unidades, arranca en la Cuba
comunista, una de las fórmulas creadas en el ámbito del comercio interior, dentro de las llamadas “transformaciones”, denominados los “mercados de barrio”. Por medio
de esta iniciativa, el régimen pretende transformar la abandonada red de bodegas, mercados
y carnicerías, otorgando prioridad en la venta a los alimentos y artículos de
aseo con una reducción de precios de entre un 10% y un 15% respecto a otros
establecimientos. Casi casi como un Mercadona. Bueno, no tanto.
Alguna similitud si que hay. Por ejemplo, los “mercados de barrio” comunistas se plantean ocupar el puesto de “precios
baratos”, dentro de la distribución comercial, como parte de las
transformaciones que experimenta el sector del comercio, la gastronomía y los
servicios en el país. Los super explotan esta figura de los precios bajos con las marcas blandas. Casi nada.
Desde el régimen se pretende que esta nueva forma de gestión
de venta de mercancías y su comercialización en determinadas entidades
seleccionadas por los diferentes territorios, se integre dentro de las
iniciativas puestas en funcionamiento para acercar los servicios a la población
y dar solución, en parte, el déficit de productos que con anterioridad se
entregaban mediante la canasta básica. Y claro, si el estado tiene que aportar el dinero para estos "mercados de barrio" lo más probable es que no haya suficiente.
Marpessa Portal de Villiers, directora general de ventas de
mercancías del Ministerio de Comercio Interior, explicó que, aunque todas las
provincias están trabajando en la puesta en marcha de estos “mercados de barrio”,
los territorios que cuentan con el mayor número de establecimientos son
Guantánamo y La Habana, normal, dada la concentración de población.
Llama la atención que se otorguen incentivos fiscales a los
actores económicos no estatales que se vinculen a esta modalidad comercial. En
concreto, una bonificación del 5% en el pago del impuesto sobre ventas y existe
un premio mayor que se concreta en la exoneración del tributo citado a los que
comercialicen de forma mayorista con entidades seleccionadas del sistema de comercio
interior. ¿De verdad creen en el régimen que este tipo de negocios depende de las bonificaciones fiscales?
Y luego otra similitud con los supermercados españoles ¿De qué productos se está hablando en estos “mercados de
barrio”? Básicamente, alimentos, entre los que se encuentran, leche en polvo,
picadillo, hamburguesa, pollo, salchicha, huevo, aceite vegetal, conservas de
tomate, pastas, fideos, granos, arroz, azúcar, harina de trigo, sopa
instantánea y café, entre otros. En el caso de los productos no alimenticios,
contemplan detergente, jabón, papel sanitario, desodorante y crema dental,
todos con ventajas fiscales en su comercialización dentro de los "mercados de
barrio".
Hay diferencias con respecto a la titularidad del negocio. La fórmula del “mercado de barrio” establece que la relación entre la empresa propietaria del establecimiento (siempre será el estado, ya que se trata de factores de producción) y el actor económico aprobado para la gestión (privado tal vez) se rija por medio de contratos de administración y comercialización. La selección de trabajadores se realizará con prioridad para quienes laboraban en el local. Y la exoneración del pago de arrendamiento se fijará durante los dos primeros años.
Tan solo dos observaciones. La primera, que el “mercado de barrio” parece haber sido ideado por las autoridades para ir poniendo fin a las importaciones no comerciales autorizadas de alimentos, aseo y medicamentos. Recordemos que esta fórmula sirvió, desde hace años, para el desarrollo de numerosos trabajadores por cuenta propia TPC que establecían en sus domicilios puestos de venta sencillos que les reportaban unos ingresos para continuar con la actividad. Pero había nacido con vocación temporal, y tan solo el régimen iba aprobando su continuidad.
Parece que el régimen ha decidido poner fin a estos TCP que habían logrado éxito en su aventura al especializarse en la atención a las necesidades de los clientes. A tener en cuenta, parece que los "mercados de barrio" no podrán ser de titularidad individual y hay una exigencia de empresa al frente. El régimen parece no querer recuperar la figura del “bodeguero” tradicional, todo lo contrario, quiere causar daño a los TCP, y lo va a hacer utilizando estos “mercados de barrio”, que pretenden dejar atrás la imagen desabastecida y desvencijada de las bodegas. Tal vez promover el crecimiento y transformación de los actuales TCP podría dar lugar a un desarrollo más armónico y justo del sector comercio.
Por otro lado, la apuesta por precios bajos de los "mercados de barrio" es arriesgada y, al final, puede acabar en lo mismo de siempre. Estantes vacíos. Una deficiente gestión de este modelo conduce a situaciones de imposibilidad de reposición de mercancía, tan pronto como la misma se agota. En contextos de inflación acelerada como ocurre en Cuba, es impensable reponer estanterías con los mismos precios iniciales. Y los “mercados de barrio” pretenden apostar por precios baratos.
En otros sistemas comerciales más avanzados que el cubano, los
que apuestan por esta fórmula comercial saben que tienen que negociar suministros
estables a los proveedores para mantener la oferta. Esto implica, en algunos modelos
comerciales que se produzca una integración del canal de venta con el fabricante,
pero esta fórmula en Cuba es impracticable. Por otro lado, la comercialización de marcas blancas es impensable.
De modo que los “mercados de barrio”, que cuentan con el respaldo del relato del régimen sobre las "transformaciones", pueden acabar teniendo una vida corta, aunque lo más probable es que sean el preludio del final de los TCP, y que el posicionamiento de precios baratos acabe durando menos que un merengue a la puerta de un colegio.
De igual manera, en la misma nota informativa, se anuncia que el ministerio de comercio promueve la creación de mercados de abasto, una alternativa para el reordenamiento del comercio mayorista que permita el acceso directo a personas naturales y jurídicas, bajo el principio de oferta y demanda, y ventas al por mayor en diferentes formatos. Otra figura que ya existió en Cuba antes de que la revolución impusiera su permanente cepo sobre el sector comercial. El mercado de abasto es otra cosa y para su desarrollo precisa un sector comercial minorista asentado, especializado y potente, que en Cuba por desgracia, no existe en la actualidad. Otra aventura que habrá que seguir de cerca.
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