La gran aventura de producir envases flexibles en Cuba

Elías Amor Bravo economista

El viejo bodeguero decía con todo el cariño su sabio consejo ¿Qué fue lo primero, el cántaro o la vaca? Pues resulta que los comunistas cubanos han descubierto la piedra filosofal y una entrada de Granma ofrece evidencias de este descubrimiento. 

El artículo se titula “Producir envases en Cuba no es fácil, pero no es imposible” y narra las peripecias relacionadas con el objetivo de “cubrir las demandas de la actividad exportadora y del desarrollo agroalimentario del país”, para lo cual se ha decidido poner en marcha en Camagüey, “la primera línea de producción de la fábrica de envases flexibles, prevista para el mes de julio próximo”. 

Si. Lo han oído bien. Yo pensaba que era puro choteo cubano, pero no. Se trata de una nueva fábrica de envases flexibles dirigida a fabricar sus productos para las industrias alimentaria, cárnica, láctea, confitera, pesquera, de aceites comestibles, de bebidas y refrescos, procesadoras de café, biofarmacéutica, de cosméticos y de productos de higiene.

Y la pregunta inmediata es ¿pero es que no había antes una fábrica de estos envases? Entonces, ¿Cómo se querían comercializar los otros?

En Granma dicen que esto es un reto de la economía cubana, “de los que no cesan” pero es bueno saber que en ningún país del mundo existe este reto. Los envases se fabrican por empresas que los suministran de forma continua a las distintas industrias, y todo funciona de mil maravillas. Por supuesto que el comunista cubano dirá que eso no puede ocurrir en Cuba por culpa del embargo o bloqueo, y otros más sensatos, lo achacarán a la pandemia del COVID-19, a la Tarea Ordenamiento y sus efectos devastadores sobre la economía, o a los altos precios con que Cuba compra esos productos en los últimos meses, pero en realidad el problema viene de largo y tiene muchas más aristas de las que se piensa.

Cuando se analiza con detalle este renglón de la economía, el de los envases, la cuestión que se plantea de forma inmediata es por qué en Cuba no se fabrican envases para los productos, como en otros países del mundo. Recuerdo que durante el período especial, y bastante tiempo después, los turistas españoles que viajaban a Cuba a la vuelta me explicaban su sorpresa al comprobar que las viandas, frutas, la carne, etc. todos los alimentos se vendían sin envases y sin limpieza previa. 

Esto no ocurre en España donde los envases pasan por todo tipo de controles sanitarios antes de colocarse en los lineales de los mercados. Yo les decía que era comprensible. En Cuba no existe competencia entre productores y vendedores por captar a los consumidores, de modo que los envases que son la representación e identificación de los productos, no tienen sentido. Me equivocaba. El problema era otro. La razón es que el plan comunista de la economía que rige todas las decisiones que se adoptan en la Isla por los actores económicos, nunca dio la necesaria importancia a este tipo de producción.  

Le dan tan poca importancia, que en la estadística industrial de ONEI donde se recogen 219 rubros de la producción manufacturera en Cuba, no aparecen los envases, propiamente dichos. Tan solo se ofrecen datos de envases de cartón y otros de acero, pero que tienen poco que ver con lo que estamos hablando. En cualquier caso, los primeros experimentaron un descenso de la producción de 755,5 millones de unidades en 2016 a 350, 1 millones en 2020, nada menos que un 54% menos. Los de acero cayeron de 410,3 mil unidades a 131,2 mil en el mismo período, con otro descenso del 68%. Estos datos ofrecen una pista de por dónde van las cosas. En Cuba no se atiende la producción de envases por el régimen. No les interesa.

El artículo de Granma da cuenta, por ejemplo, de que la Empresa de Envases y Recipientes Metálicos Envametal, del Grupo empresarial de la Industria Sideromecánica (Gesime), perteneciente al Ministerio de Industrias, solo llegó al 60% de su plan. Los directivos justifican este pésimo resultado por lo mismo de siempre, que si las importaciones, que si la falta de liquidez, que si el aumento de los precios del acero y aluminio, que si los fletes de los barcos, etc., etc., como si en la gestión empresarial no se tuvieran en cuenta estas cosas.

Consecuencia de ello, se reconoce que la producción de bidones (conocidos popularmente como tanques de 55 galones), no pudo cubrir toda la demanda del país, quedando por debajo de la cifra media pactada. Y no pasa nada. Se anuncian algunas informaciones optimistas y alejadas de la realidad para próximos trimestres y a continuar en la ineficiencia.

Y llegados a este punto, surge la nueva planta de Camagüey que nace “para atender las demandas de la actividad exportadora y del desarrollo agroalimentario del país” y que al parecer será “la primera línea de producción de la fábrica de envases flexibles, prevista para el mes de julio próximo”.

Lástima que no se haya previsto para antes la inversión. Lo más curioso es que el proyecto ha sido acometido por otro Grupo Empresarial, denominado Geocuba, que al parecer es el que pone tecnología de avanzada que garantiza la calidad de la producción terminada. ¿Y, en este punto, no sería mejor hablar con la empresa de Envases, que además es monopolio estatal y debería conocer bien en negocio?

Al parecer, quien mucho abarca, poco aprieta. Los creadores de la planta han decidido que, una vez en explotación, se produzca en ella para todo tipo de clientes de las industrias alimentaria, cárnica, láctea, confitera, pesquera, de aceites comestibles, de bebidas y refrescos, procesadoras de café, biofarmacéutica, de cosméticos y de productos de higiene. 

¿Y no sería mejor especializar los productos? ¿Qué tiene que ver un pomo de jugo con un frasco de crema antiarrugas? Imaginen, la fábrica quiere comercializar las “bobinas para el llenado automático de bolsas de aceite, leche o yogurt; los envases asépticos para diferentes surtidos sólidos, en polvo o líquidos, y los tubos colapsibles para la pasta dental”. Todo un universo de posibilidades. El cántaro demasiado pronto diría el sabio guajiro.

Ellos sabrán, el caso es que dicen que esta “novedosa tecnología de la fábrica de Camagüey “disminuirá los residuos que genera, el consumo energético, el volumen de almacenamiento, el peso del embalaje y el costo de transportación”, lo que permitirá que el envase flexible sea un producto atractivo, seguro y económico. ¿Y quién dice de qué depende esa atractividad del envase? ¿Tal vez no sería mejor preguntar qué opinan los consumidores?

¿Cuánto tiempo durará el juguetito nuevo a los niños antes de que se aburran y se olviden de él?

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