Los impagos vuelven a causar daños en la agricultura

Elías Amor Bravo, economista

Un buen ejemplo del caos de la economía cubana, que la acerca a un estado fallido, es la situación de los impagos en la agricultura que de vez en cuando surge como ave fénix, tal vez porque siempre está ahí. Por suerte se cuenta con un opúsculo publicado en Cubadebate titulado “Nada es para siempre, ojalá ni los impagos” cuya lectura revela la situación absolutamente crítica en que se encuentra el campo cubano por los impagos que, son uno de los factores que limitan la producción de alimentos en toda la Isla.

Esos impagos se han convertido en una causa principal de preocupación para todos los que operan en el negocio agropecuario, pero en realidad, si las cosas se hicieran bien, no deberían existir. El productor se debe concentrar en sus productos y venderlos a un distribuidor que se encarga de llevarlos a los mercados de consumo. Previamente, lo deseable es que el productor cobre, y el intermediario asume el riesgo, para lo cual fija su retribución. La producción se vende en los mercados, y vuelta a empezar. Si todo funciona de forma ordenada, no hay motivo alguno para que se produzcan impagos, sobre todo, teniendo en cuenta que la demanda supera a la oferta lo que significa que todo se vende.

Entonces, ¿dónde está el problema de los impagos y cuáles son sus consecuencias? Pues, de lo que se puede deducir del artículo citado, está por todas partes.

Los productores agropecuarios los padecen y ven como se acumulan en deudas que crecen a millones de pesos que obligan a realizar complicadas operaciones con los bancos para poder sobrevivir. No se puede entender que un productor venda su cosecha y no se le pague de forma inmediata, por el intermediario. En todo caso, pueden existir desacuerdos en los precios, el canal largo busca comprar a los precios más bajos para obtener su ganancia vendiendo a precios más elevados al consumidor. Pero lo que se lleva en su camioneta lo tiene que pagar, y cuánto antes, mejor para todos porque es cierto que aquellos que trabajan la tierra necesitan cobrar para retribuir su trabajo y disponer de fondos con los que plantear las siguientes cosechas.

El caso es que este esquema simple de funcionamiento económico comercial no está bien engrasado en el campo cubano, y lo habitual es que los intermediarios tarden largo tiempo en pagar los productos que los campesinos les han entregado varios meses antes, en ocasiones vendidos y cobrados por quienes los comercializan en los mercados locales. Las deudas de los impagos a los productores ascienden en algunas zonas a decenas de millones de pesos.

¿Qué quieren que les diga? Esto no es normal. Productores que no cobran, intermediarios que se llevan la producción, pero no pagan. La bola crece y crece y con ello surgen las situaciones más asombrosas. Desde impagos de los gastos de las fincas, a salarios no pagados a los trabajadores, a créditos que no se pueden devolver, etc.

Y claro, ante una situación como esta lo que inmediatamente ocurre es que la gente no quiere trabajar en el campo, se reduce la tierra en explotación y la producción agropecuaria cae en picado, lo que acrecienta el problema estructural de la falta de alimentos. El campo cubano se endeuda, el trabajo duro no recompensa, las tierras cedidas se devuelven a los comunistas locales y el desastre se convierte en general.

Las quejas de los productores agropecuarios con los distribuidores e intermediarios tienen un protagonista en Acopio que durante largo tiempo fue el monopolio de esos procesos de comercialización, pero que, a tenor de las reformas de los últimos años, también se ha venido abajo, después de abandonar a su suerte a productores que habían arriesgado todo lo que tenían para obtener una rentabilidad de su trabajo en el campo.  Acopio fue especialmente hábil en no pagar a los productores. Su explicación, al parecer, siempre era la misma, “Que no hay dinero. No sé”.

La deuda con la Empresa Agropecuaria, sobre todo cuando alcanza proporciones preocupantes, influye en la contratación y el pago a los obreros, que preocupados por los impagos, exigen el dinero en la mano, desde el primer momento; y se muestran contrarios al cobro por medio de transferencia bancaria, sino efectivo. Todo lo contrario, a la bancarización que persigue el régimen. Que tome buena nota.

De modo que el círculo vicioso de la deuda se estrecha y va asfixiando a unos productores que se muestran incapaces de salir del enredo, porque aquellos que les tenían que pagar, se han metido en otras operaciones que los acaban arrastrando. ¿Incompetencia? ¿Imprudencia? Pongan el nombre que quieran. Este drama en el campo cubano dura ya mucho tiempo y desde las organizaciones comunistas locales encargadas del control de la producción, no tienen ni la más remota idea de que hacer. Incluso, algunos dirigentes locales recomiendan a los productores tirar por la calle del medio, “a ver qué pasa”, como ocurrió con el célebre Decreto ley 63, que vino a generar muchos impagos y situaciones caóticas en el sector productor.

Unos y otros, todos en general, se encuentran atrapados en una red de deudas e impagos crecientes de la que no saben salir. Los créditos se solicitan para atender compromisos del pasado, pero los bancos obligan a que se destinen a pagar solamente los productos que se entreguen a partir de la aprobación, no la deuda. Y decisiones de este calibre no hacen más que hacer crecer la incertidumbre y la sensación de infortunio de todos, al comprobar que, desde el partido, no tienen la más remota idea de cómo ayudarles a sobrepasar la crisis, acentuando su inutilidad ampliamente reconocida.

Los impagos llevan a los productores a no entregar sus productos a los distribuidores que les deben dinero, y como no se están quietos, y hacen bien, buscan otros compradores de distintos territorios y sectores, como Comercio y Salud Pública. La lucha por conseguir ingresos de las ventas obliga a tomar decisiones antieconómicas en las que los niveles de incertidumbre se disparan.

Y claro, la conclusión de todo este maremágnum es que los mercados locales se vacían y no hay mercancía para la venta, con las quejas crecientes de la población. Acopio se cruza de brazos, mete la cabeza bajo tierra como el avestruz y a esperar tiempo mejores.

Llegados a este punto, podría ser interesante tratar de entender por qué unos cumplen y otros no. Es difícil dar una respuesta. Los propios afectados del desastre reconocen que no pueden explicar qué sucede. Por qué en unos sitios pagan el mismo día que se suministran los productos y en otros aparecen los impagos. Surge entonces quien afirma que el problema principal lo tienen los distribuidores cuando a ellos tampoco se les paga y aplazan las deudas en los mercados de venta de los productos finales, como El Trigal. En suma, la rueda gira y gira sin que nadie sea capaz de frenar su movimiento caótico.

Y por ello, ante la falta de información que tienen los actores implicados en el proceso, la respuesta es que algo falla, o la conciliación o la insistencia, comprobando que los distribuidores han vendido toda la producción, pero no retribuyen el esfuerzo realizado por el campesino para sacar adelante sus producciones.

El conflicto de los impagos golpea a los pequeños, con especial intensidad, pero no distingue tamaño y a los grandes también les crea no pocos problemas. El más importante es el volumen del impago o la deuda, que se incrementa a millones de pesos. Casos en los que Acopio debe a alguna entidad más de seis millones de pesos, de noviembre hasta el cierre de julio y la empresa necesita casi 26 millones a fin de pagar las deudas. Sin embargo, el crédito de 46 millones aprobados sería para pagar lo que se entregue a partir de ahora. Magnitudes realmente elevadas.

Los productores se quejan de estas decisiones, porque entregaron la mercancía y plantean si se les va a pagar lo de ahora, quedando lo anterior en el aire y recuerdan que este problema se produce de año en año, y siempre porque hay un gran número de empresas, sobre todo Acopio Habana, que le deben millones también a la empresa. La cadena de impagos, al final, repercute en los campesinos individuales, algunos soportando deudas por 6 millones de pesos (unos 8.500 dólares al cambio).

En algunos casos, la falta de corriente y de conexión se ha utilizado para justificar los impagos, algo que desde la banca se niega, pero que habría que pensar que en la coyuntura actual tiene mucho que ver con lo que está pasando.

La magnitud global de la crisis de impagos se obtiene a partir de datos al cierre del mes de mayo, de la Empresa Agropecuaria, de ámbito municipal. Las deudas con las entidades productivas, tanto CCS como UBPC y CPA, ascendían a 35,7 millones de pesos, de ellas vencidas 29,3 millones. Y esto afecta a la empresa citada, porque solo cuentan con un 20% de presupuesto y con esa cantidad se debe realizar el pago de salarios, algunos otros gastos financieros y los aportes que debemos hacer como empresa.

Desde la Empresa Agropecuaria se reconoce que el incumplimiento en el pago de esta deuda está dado principalmente por la situación financiera que atraviesa la empresa, que debe al banco más de 260 millones de pesos, en créditos vencidos de años anteriores. En 2024 se renegoció esa deuda a 10 años y, debido a eso, entraron créditos vencidos casi todos los meses, que se deben ir cumpliendo. Conclusión para esta entidad de ámbito municipal, el banco toma de los ingresos el 80% de lo que entra en las cuentas.

La conclusión es que la Empresa Agropecuaria necesita seguir solicitando crédito para ir solventando las deudas que se van adquiriendo, y la razón es que no han sido capaces de cobrar todo lo que se vende, y la empresa tiene también cuentas por cobrar envejecidas.

Se reconoce, en tales condiciones, que la gestión de cobro no ha sido la más eficiente, por los problemas con el transporte. La empresa acumula casi 120 millones en cuentas por cobrar, buena parte de ellas envejecidas. Su principal cliente, la Empresa de Acopio Habana, al cierre de mayo debía más de 11 millones de pesos, y la UEB Mercado de Plaza Cerro, que pertenece a Acopio Habana, pero a la empresa de Matanzas, debe casi 15, es decir, 27 millones entre las dos. Y se reconoce que, si se pudiera saldar la deuda con los productores cuando este dinero, el banco lo retiene en su mayoría, para cobrar las propias deudas. Esta dinámica obliga a la empresa a funcionar en una dinámica de créditos de la que no pueden ni saben salir y que acaba siendo el origen de los impagos a los productores.

Quizás por ello, la estrategia actual de la entidad es mantener las deudas con las bases productivas en cero, con el sistema de trabajo de cobros a 30 días. De hecho, se reconoce que prácticamente el único sector que vende y cobra al mes, es el sector agropecuario, de modo que se trata de buscar rapidez en el pago, porque ya se cuenta con ese dinero a la vez que se realizan más ventas en efectivo, en la feria y ventas minoristas.

La historia de los impagos a los productores agropecuarios en Cuba surge de un pésimo diseño de las relaciones entre productores y distribuidores, combinado con una muy deficiente política financiera y crediticia de estos últimos. Las empresas necesitan disponer de líneas de crédito para desarrollar una tesorería ágil y eficiente que no dañe a los proveedores en determinados momentos en que escasea el líquido. Es la función que desempeñan los directores financieros, siempre en contacto permanente con los bancos para solicitar esas líneas de crédito cuando son necesarias y cancelar las mismas tan pronto como se reciben ingresos por ventas.

Nadie debe esperar que el panorama cambie en la economía cubana. Hay una larga tradición de planificación central de pésimos resultados, donde las organizaciones comunistas se mezclaban con las bases productivas, y viceversa, configurando un escenario que nunca ha funcionado de forma eficiente.

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