¿Tiene solución el Sistema Eléctrico nacional de Cuba?
Elías Amor Bravo, economista
Los responsables políticos tienen la obligación de explicar las cosas como son, aun cuando sean difíciles y desagradables. Andarse con mentiras y fabulaciones, ejercer la comunicación con poca transparencia, o pensar que el receptor no se entera y no vale la pena decir la verdad, es una práctica que suele acabar muy mal.
La pregunta es, ¿por qué los dirigentes comunistas no dicen la verdad sobre el Sistema Eléctrico Nacional? Esto es lo que acabaron preguntándose los cubanos que vieron en el programa mesa redonda al ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, tratando de escurrir el bulto con referencia a la recuperación del Sistema Eléctrico Nacional.
Las
mentiras y fabulaciones se pueden contar por decenas, en tan corto período de
tiempo. Y cada cual, peor que la anterior. En el país de los apagones
continuos, señalar que, al cierre de 2025, Cuba había logrado “avances
significativos en la recuperación del Sistema Eléctrico Nacional, pese al
recrudecimiento del bloqueo estadounidense” es una broma de mal gusto y una pésima forma de empezar por parte del ministro. Los espectadores no se podían
creer lo que estaban oyendo.
A continuación,
decir que el régimen ha puesto en marcha una estrategia integral, consistente
en cuatro líneas, a saber, “recuperar más de 1.000 MW en generación
distribuida, incrementar la producción de gas nacional, reparar unidades
termoeléctricas clave y avanzar en las energías renovables aumentando la
penetración del 3% al 10% en un año”, no solo es una falacia, sino que los
resultados apenas se han notado, y la realidad es que la Isla se hunde en un
caos eléctrico continuo impidiendo a los cubanos realizar una vida normal.
Porque en
realidad, como dijo el ministro en un alarde de sinceridad, “las afectaciones
persisten”, pero volvió de nuevo a perder credibilidad cuando dijo que “2026
estará enfocado en consolidar lo alcanzado e introducir sistemas de acumulación
de energía, así como extender el servicio de gas manufacturado”. Sabe bien el
ministro que eso ni es, ni será posible, mientras Cuba no recupere su capacidad
de acceder a los mercados financieros internacionales, y ese simple movimiento
está condicionado a pagar las deudas contraídas y no asumidas, y hacerlo ya. No
hay más aplazamientos ni renegociaciones de deuda. Llegó el momento de la
verdad, por mucho que el ministro diga lo contrario. En caso contrario, nadie
prestará nada a Cuba.
Eso sí.
Reconoció dos cosas importantes. Que no fue hasta 2024, realmente muy tarde, que se
empezó a prestar atención a los problemas eléctricos, tal vez porque no estaban
en la agenda, conforme el petróleo de Venezuela seguía llegando a la Isla en
condiciones muy favorables. Pero cuando este país entró en crisis y los
suministros cayeron en barrena, los dirigentes del régimen se dieron cuenta de
que la situación iba a ser muy compleja.
Los datos
encima de la mesa son alarmantes: a finales de 2024, la generación distribuida
apenas disponía de unos 350 MW de los casi 3.000 instalados, por falta de
piezas y financiamiento. Quédense con este argumento porque va a ser
determinante del devenir de los acontecimientos. Conforme en 2025 se empezó a
bombear petróleo nacional, de peor calidad, más pesado y con concentración de
azufre, para intentar recuperar la generación hasta 1.000 MW, las viejas
instalaciones, obsoletas, del Sistema Eléctrico nacional dijeron “hasta aquí” y
los problemas de combustible pasaron a segundo plano con la parálisis y los
problemas de máquinas, piezas e instalaciones. Las centrales con averías
obligaban a su inmediata desconexión del sistema nacional y los apagones
empezaron a generalizarse.
De ahí que,
mientras que el esfuerzo titánico y meritorio de los técnicos de las centrales
iba recuperando unas unidades térmicas, como la 3 y la 4 de Céspedes y la 5 de
Renté en Santiago de Cuba, otras salían del Sistema e incluso, algunas como la
unidad 4 de Céspedes se atrasó por errores de planificación y calidad en los
mantenimientos. Un escenario de caos y descontrol por parte de las autoridades
que, atendiendo a que los problemas iban para largo, con toda seguridad, se
lanzaron, cuando ya no quedó más remedio, al campo de las energías renovables y
del gas nacional.
Para esto,
se perforaron nuevos pozos para aumentar la producción de gas acompañante y con
grandes esfuerzos apenas se alcanzó una generación de 370 MW, con combustible
propio, totalmente insuficiente. De las renovables, y aunque no se dice nada de
todo ello, se vieron muy beneficiadas por las donaciones de paneles solares
chinos, que han permitido aumentar la penetración desde un 3%, una de las más
bajas de América Latina y Caribe hasta un 10%, un incremento que parece
excesivo y que se tendrá que revisar.
Y, por
supuesto, el “principal responsable de esta situación” ha sido el embargo
petrolero de la orden presidencial de Trump del pasado mes de enero, aunque se
informó que el último barco que entró en Cuba con petróleo, lo hizo el 8 de
diciembre. Después llegó el barco ruso con 100.000 toneladas. Una vez más, el
ministro recurrió al relato de que las posibilidades de acceso por parte de
Cuba al mercado internacional de petróleo se vieron cuestionadas por las
medidas arancelarias de Estados Unidos y la presencia militar en el Caribe. La
eterna recreación del embargo/bloqueo que alimenta la propaganda del régimen
comunista y que no reconoce que las dificultades para acceder a los mercados
petroleros internacionales se deben a la baja data de Cuba como país deudor. Es
una regla muy simple que el régimen comunista no cumple: si no se paga lo que
se debe, no hay crédito, y esa es la dura realidad de la que nada se dice. Es
mejor mentir, y culpar al embargo/bloqueo.
El caso es
que el final de este cuento es bien conocido: sin reservas estratégicas de
petróleo en la Isla, con las centrales paralizadas por el pésimo estado de las
infraestructuras y un bajo porcentaje (y sobre todo de aplicación) de energías
renovables, la eterna dependencia del combustible importado (primero de la
URSS, después de Venezuela) ha llevado a un resultado dramático para la
población, la economía y la sociedad: meses solo con las viejas
termoeléctricas, si se resta 2.000 MW de indisponibilidad menos 1.400, dejan
600 MW de afectación; sin combustible no hay posibilidades de mejora.
El ministro
dijo que, ante el escenario descrito, se tomaron algunas medidas, pero su
impacto ha sido escaso. Por ejemplo, la prioridad de la agricultura y la
producción de alimentos no ha servido de nada, porque los problemas subsisten,
agravados ahora por elevaciones de precios que no permiten acceder a los
perceptores de salarios y pensiones a los productos que se venden en las
tiendas en divisas, dado el cambio con el peso.
Otro tanto
ocurrió con la prioridad a los denominados “generadores de divisas” que no ha
servido porque las tensiones cambiarias por la escasez de moneda extranjera
siguen empujando al alza los tipos de cambio. De modo que, como las prioridades
no sirvieron de nada, la decisión fácil fue aumentar las horas de apagón más de
lo previsto, pero solo para la población y la vida cotidiana. La escasa energía
se intentó canalizar, igualmente sin éxito, a las fábricas para evitar una
parálisis productiva. Los datos del PIB reflejarán este escenario.
Hecha esta
presentación del caos, el ministro explicó que tiene un “programa de gobierno”
con 62 acciones detalladas, mes a mes, para ser evaluadas cada semana, porque el
objetivo “no solo es crecer, sino consolidar y sostener lo recuperado” a partir
de los 1.114 MW de generación distribuida disponible.
Anunció
como gran novedad la incorporación de “sistemas de acumulación de energía”,
señalando con tono triunfal que los recursos ya están en Cuba, en fase de
instalación. Informó que el programa de gas manufacturado para cocción en La
Habana, que se había detenido por falta de gas, ha vuelto a funcionar con el
objetivo de sumar 25.000 nuevos clientes, para reducir la demanda eléctrica,
teniendo como prioridad “sostener las termoeléctricas con crudo cubano, porque
sin ese combustible se estaría en apagón total”.
El ministro
expresó la preferencia de Cuba por la compra de crudo y no de los derivados del
petróleo “porque es más viable económicamente: de él se obtiene gasolina, fuel,
diésel y GLP. Importar cada producto por separado encarece los fletes y la
refinación externa”. Por otro lado, “no todo el combustible refinado va para electricidad; parte del diésel y
fuel (unas 6.000 toneladas) se destina a hospitales, grupos electrógenos y
transporte. El gas licuado irá a hospitales con calderas de gas y centros de
producción de alimentos”.
La realidad
es mucho peor. Sin reservas estratégicas, los barcos que puedan arribar a la
Isla, con más o menos barriles, se agotan en poco tiempo, porque las
necesidades son muchas y muy complejas. Y en concreto, por extraño que pueda
parecer, el ministro reconoció que “esta situación provoca problemas
adicionales de logística y distribución, porque si el crudo se desembarca por
un sitio y hay que llevarlo al otro extremo, hace que cuando llegue a un lado,
el otro ya no tenga”. Para ello, se decidió “levantar inventarios mínimos para
arrancar todo a la vez”.
Después de
pasar por encima de estas penalidades, el ministro reconoció que “la mejoría se
notó desde el 17 de abril: no la deseada, pero significativa, distribuyéndose
800 toneladas diarias de las 1.600 necesarias” justo la mitad. Esta actitud fue
justificada por el ministro diciendo que “si se usaran 1.600, habría menos
apagón, pero duraría la mitad del tiempo” o reconocido de otro modo por el
ministro, “el barco ruso alcanza hasta finales de abril”.
El ministro
informó de las diferencias en la realidad eléctrica entre las distintas
provincias, aunque “teóricamente la fórmula es equitativa, pero si una
provincia tiene más servicios vitales, tiene menos circuitos apagables y su
población se afecta más” si no hay combustible tendrá más apagones. En un
determinado momento el ministro reconoció que todo se planifica a las 12 de la
noche, pero “en medio se va Mariel u otra planta térmica, el sol cambia o
llegan sargazos que tapan las tomas de Energás, y hay que afectar. Nadie
planifica los sargazos ni la salida por avería de una termoeléctrica”. O dicho
de otro modo, las bases de la economía socialista de planificación central
vencidas por el Sistema eléctrico nacional cubano.
Precisamente,
sobre este último punto, el ministro reconoció que para poder planificar y
actuar con éxito, al Sistema “le faltan baterías” y esto lo justificó por el
hecho de que “la energía solar fluctúa, lo que genera variaciones de
frecuencia, voltaje y consumo. Las baterías estabilizan. Existen cuatro grandes
emplazamientos en Cuba, de 200 MW en total, para cuando haya 3.000 MW
renovables”.
Y prosiguió
su defensa de las renovables, diciendo que el primer emplazamiento de 50 MW
permitirá superar los 900 MW. El objetivo de la transición energética es
“alcanzar soberanía para todos los portadores. No solo parques: recuperar los
7.827 molinos de viento (ya 5.673 disponibles), bombeo solar para ganadería e
hidráulica, y las 409 plantas de biogás (solo 124 operan)”.
En la misma
línea, defendió la compra realizada de 15.000 equipos solares (tipo Ecoflow),
modificados para cargar solo con sol. Estos equipos “se entregaron a maestros,
médicos, héroes del trabajo y niños electrodependientes (171 iniciales, luego
263 más). Además, 5.000 sistemas solares fueron destinados a policlínicos,
hogares maternos, hogares de ancianos, funerarias, bancos, oficinas de la Unión
Eléctrica, emisoras y Etecsa”. Y con este argumento, el ministro
confirmó que “la transición
avanza en varios frentes”.
¿De qué
avances se trata?
Primero,
alcanzar un 15% de penetración de energías renovables agregando lo que hace el
sector privado, las empresas estatales y los organismos. En total, 1.700 MW
entre generación y ahorro por bombeo de agua con fuentes renovables. El sector
privado también ha respondido, financiando iluminación en avenidas de La
Habana. Empresas enteras han resuelto el 100% de la energía de sus trabajadores
con sus propios presupuestos.
Segundo,
implementar en este proceso una primera etapa hasta 2030 para alcanzar el 24%
de energía renovable y en una segunda etapa alcanzar el 40 % en 2035, lo que
permitiría eliminar la importación de combustible, ahorrando más de un millón
de toneladas anuales.
Tercero,
alcanzar hacia 2050, la soberanía total con 100% de energía renovable, gracias
al potencial en biomasa forestal, hidráulico, eólico e incluso mareas.
Soñar está
bien, pero mientras tanto, los barcos de petróleo no llegan, los problemas
técnicos en las viejas centrales van en aumento, las inversiones en tecnologías
no encuentran la necesaria financiación, los apagones se hacen eternos, el
transporte de pasajeros y mercancías se paraliza y con ello la actividad productiva.
El caos energético se agrava cada vez más, mientras se espera un futuro que no
llega.
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