Sobre la reforma que necesita el partido comunista cubano

Elias Amor Bravo, economista

Díaz Canel ha tomado las riendas del viejo partido comunista y dice que quiere cambiar las cosas. Sendos artículos en Granma dan una idea de por dónde quiere ir. De una dirección unipersonal y liderazgo indiscutible, verbigracia, Fidel y Raúl Castro, se quiere pasar a otro modelo más colectivista, en el que el máximo dirigente se aparta a un lado y deja hacer. Claro, dentro de un orden.

La apuesta es arriesgada porque esta vieja maquinaria de poder e influencia que es el partido único no está acostumbrado a ese funcionamiento. Durante 62 largos años, su existencia hegemónica se ha resumido en una sola función: obedecer y actuar como correa de trasmisión a la sociedad del poder de la cúpula dirigente. Todo el sector presupuestado, las empresas estatales, las organizaciones de masas, en fin, todo la economía y la sociedad han sido puestos a disposición del partido y sus objetivos. Cambiar eso, no es fácil.

Pero Díaz Canel también ha lanzado la idea de un “perfeccionamiento del trabajo del partido”, para hacerlo más club de élite, más cerrado si cabe aún, y en dicho sentido, ha fijado el objetivo de propiciar “un debate honesto, abierto, sin prejuicios ni dogmas, libre, con participación, sobre todos los problemas que inquieten a la militancia”, que no al conjunto de la sociedad. Lo que el partido decida, se hará, ¿Qué sentido tiene consultar la opinión pública?

Este proceso de cambio, en curso, surgió del conjunto de “ideas, conceptos y directrices del 8o Congreso” celebrado hace unas semanas, en el que Raúl Castro, el último líder, dejó el poder del partido en manos de Díaz Canel. Un poder bastante deteriorado, en el que funcionan mal aspectos como la unidad y la continuidad o la autoridad moral del partido, todo ello agravado por la incidencia de la crisis económica, que va cada vez peor.

Y de ese modo, Díaz Canel quiere que el partido salga de su concha y se ponga de “forma inmediata en la solución de los problemas del país, porque eso es lo que espera el pueblo”. Entonces habría que preguntarse, ¿Qué han estado haciendo los comunistas cubanos hasta ahora? ¿Tal vez “juegos florales” de mucha ideología y poca práctica? ¿Qué ha ocurrido en la organización comunista monopólica del poder político en Cuba para que se hagan estos llamados?

Para empezar, la grave crisis alimentaria, principal problema de los cubanos, de ahora, y de siempre, les afecta y mucho. Los comunistas no van a resolver ese problema por mucho que Díaz Canel haga arengas para luchar contra “los precios especulativos, el delito y la corrupción y también le hagamos frente, con inteligencia, a la subversión y a todas las campañas enemigas”. Precisamente, porque no es con estas armas como se resuelve que haya malangas o ñame para poder comer algún día a la semana, o desaparezcan las colas de los comercios. La solución de la falta de alimentos en Cuba está muy lejos de las propuestas del partido único.

Segundo, ¿Cómo puede crecer una organización que ha perdido crédito en la sociedad? La cuestión es cómo puede hacerlo si carece de una organización moderna enfocada a la solución de problemas, ha perdido mucha de la ejemplaridad de los militantes y es incapaz de crecer en un entorno en que no tiene respuestas a las tendencias que sacuden a la economía y la sociedad mundial y la cubana, en este siglo XXI, como la cuarta revolución industrial, la globalización o la digitalización? Imposible. 

Tercero, la confusión de Díaz Canel entre un partido que dice aspirar a ser democrático y la participación popular. El carácter democrático de un partido no depende de lo mucho o poco que hable con la gente, sino de su aceptación de un marco institucional plural en el que todas las ideologías puedan competir para atraer y dinamizar el voto de la población. No hay otra.

Los comunistas cubanos no son democráticos ni lo serán, porque no quieren perder esa posición monopólica que otorga su constitución de 2019. Esa exclusión a los demócratas de las distintas ideologías de la arena política, es un límite al ejercicio de las libertades públicas, al respeto a los derechos humanos, la libre expresión y asociación, derechos que el régimen comunista cubano conculca a los ciudadanos.

En cuarto lugar, el mensaje de que el partido debe crecerse ante la adversidad “que no nos puede poner freno, ni desanimar”, va acompañado de la visión reduccionista y excluyente, que afirma la hegemonía comunista, al señalar, “debemos depender de nosotros mismos y de nuestros propios esfuerzos y talento; y en la batalla ideológica tenemos que dar una respuesta contundente, inteligente, alejada de la vulgaridad y el odio, pero con firmeza”. Nada de colaborar, tender puentes, aceptar la pluralidad y la posición de otros, desde el respeto democrático.

Es por ello que los dirigentes comunistas insisten en que, después de la alimentación, la prioridad que debe atender el partido en su trabajo no es otra que el “enfrentamiento a la subversión”, la eterna obsesión ideológica contra el que piensa de forma diferente, que es la raíz torcida de la revolución comunista cubana. Una subversión que no lo es, sino tan solo el legítimo derecho de un amplio sector de la sociedad cubana por ser diferentes.

Esto demuestra que el partido comunista se siente solo, aislado y teme cualquier manifestación espontánea de malestar social, porque a la larga, se puede constatar con esos mensajes, que las adhesiones comunistas (las concentraciones, los desfiles etc) son preparadas y diseñadas, y el pueblo participa porque no le queda otro remedio.

Enfrentar la subversión, que no lo es, como problema para un partido, dice mucho del grado de deterioro que ha alcanzado la actividad política en Cuba con los comunistas, y mensajes de este tipo deberían ser tenidos muy en cuenta por el foro internacional de las naciones.

En quinto lugar, el objetivo de adaptar el partido a la sociedad moderna con una mirada “diferente y actualizada” hacia los nuevos tiempos, no se va a conseguir. Desde hace muchos años, probablemente desde el período especial, el partido comunista ha dejado de ser el partido de los cubanos, si es que en algún momento lo fue. La distancia social entre las propuestas de la organización y las demandas de los cubanos se ha ampliado de tal modo que no se encuentran en ningún punto.

Y este es un grave problema porque afecta la legitimidad de la organización, que en el caso de Cuba, no depende de unas elecciones libres y pluripartidistas. A los comunistas cubanos les debería preocupar un ejercicio contrafactual en el que se pudiera calcular la cuota de voto total que podrían obtener en unas elecciones democráticas y plurales. Se asombrarían.

La receta de Díaz Canel para recuperar el protagonismo comunista no puede estar más alejada de la sociedad, e insiste en cuestiones como “fortalecer la vida interna de la organización, potenciar el trabajo de los cuadros, elaborar una estrategia y un modelo de tránsito para los cuadros, con un enfoque científico y para evitar la improvisación. Que los cuadros hablen con el corazón al pueblo, y se distingan por la inquietud revolucionaria y sensibilidad con los problemas de la revolución”. Insisto, con este tipo de actuaciones, los cubanos seguirán sin comer ñame o malanga, y perdiendo el tiempo en colas eternas.

Se tiene la impresión que Díaz-Canel no quiere estar solo cuando se produzca lo que, de forma inevitable, acabará ocurriendo, que no es otra cosa que el estallido y desaparición del partido comunista cubano. La separación con la sociedad provocará la destrucción de la organización, un proceso que está en curso, porque las adhesiones de jóvenes escasean y los problemas son cada vez mayores. 

Se tiene la sensación que la cúpula del partido va por un lado, exigiendo menos burocracia y más atención a la sociedad, y las bases y la organización, por otro muy distinto, reclamando más cuotas de presupuesto y de poder de decisión. No hay cruce en estos caminos, sino que se separan cada vez más. El 8º congreso lo detectó y ahora quieren poner solución. No creo que lo consigan.

Por ejemplo, poner a trabajar a los viejos y decadentes comités de defensa de la revolución, o a la federación de mujeres cubanas y los jóvenes comunistas es perder el tiempo. Desde hace décadas dejaron de ser lo que eran, y van antes a resolver sus problemas, que son muchos, que los del resto de la gente. Que estas organizaciones caducas, obsoletas, se ocupen “de no dejar espacios vacíos en el barrio, llegar a las personas que más lo necesitan, liderar el enfrentamiento a la violencia a la mujer, a la discriminación, al delito y a la chapucería, y apoyar el trabajo del delegado en la circunscripción” supone un esfuerzo que después de tanto sacrificio, es difícil asumir. Otro tanto cabe señalar con respecto a los sindicatos, cuyo máximo dirigente anda diciendo que tienen que dar todo el apoyo a la eficiencia de las empresas.

Todo este viejo aparato revolucionario de mediados del siglo pasado tiene un reto en la juventud cubana, que está mucho más alejada del partido único que el conjunto de la sociedad. Los jóvenes preocupan a Díaz Canel y a ellos dirige su mensaje, pero choca contra un muro de indiferencia.

¿Qué puede ofrecer en 2021 el partido comunista cubano a los jóvenes? ¿Meritocracia? ¿Carreras profesionales? ¿Sufragar el gasto de los móviles o el internet? Nada. Jóvenes educados, con talento, creativos, innovadores, no están dispuestos a perder su vida, como sus padres o abuelos, en puestos de trabajo mediocres y mal pagados con los que no se llega a fin de mes. Han viajado al exterior y saben lo que hay. Las alternativas están en otro sitio, y hay que pelear por ellas. Y aquí viene el asunto principal, esas alternativas no están en la esfera de los comunistas cubanos con su modelo social y económico, sino en el sector privado y libre de la economía, donde se puede trabajar y ganar dinero con ilusión y dedicación, y no como en las empresas estatales o el sector presupuestado donde la ideología se antepone a las decisiones económicas. Que los jóvenes de 2021 quieran algo de ese viejo cascarón vacío, será difícil.

Presiento que esta tarea de cambio a las viejas y oxidadas estructuras comunistas va a continuar dando que hablar. Los dirigentes están preocupados por lo que pueda ocurrir si la situación económica continúa deteriorándose. Dedicarse a reparar las grietas del aparato comunista es desviar la atención de los principales problemas del país, para al final, encontrarse con algo que, además, no ayuda a resolver nada.

Enfocándose en el desarrollo de los Lineamientos, de la Estrategia económica y social, el plan de desarrollo 2030, los comunistas van a lo suyo, y se alejan de un debate realista sobre las reformas estructurales que se necesitan en la economía para dejar atrás el modelo social comunista, como hicieron chinos o vietnamitas. ¿A qué esperan? Tal vez ¿a que se produzca un grave estallido social? Tensar la cuerda no conviene. Ya se ha podido constatar que el socialismo comunista cubano no lleva a una felicidad para el pueblo, sino a una situación cada vez más compleja, incierta, en la que no se sabe cómo avanzar, porque se rechaza la participación de un sector fundamental en cualquier país, que es el privado, con garantías jurídicas.

 

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