En torno las transformaciones en el sector agropecuario: el campo cubano necesita libertad y propiedad
Elías Amor Bravo, economista
Cada vez que el régimen comunista cubano se plantea
reactivar la agricultura cubana con medidas más o menos imprudentes y alocadas,
regresan con nitidez a la memoria las consecuencias nefastas que tuvieron para
el sector agropecuario, las llamadas “reformas agrarias” de Fidel Castro.
Tanto ha sido el desastre causado por la usurpación, primero, de las propiedades privadas, y la concentración de tierras en manos del estado
comunista, después, que algunos economistas se han llegado a preguntar ¿cómo
sería el sector agropecuario cubano si no hubieran existido las reformas
susodichas? Sin embargo, como estamos en tiempos que no son los mejores para
hacer ciencia ficción del pasado, toca prestar atención a las nuevas
transformaciones económicas del régimen, que, igualmente, quieren tener su
impronta propia en la agricultura cubana. La cuestión es, ¿lo lograrán?
Pues bien, en una edición de Mesa redonda, se plantearon
abordar esta cuestión, a cargo del ministro del ramo, Ydael Pérez, que llevó la
voz cantante en un programa televisivo en que nunca los dirigentes del régimen
reciben una pregunta o comentario crítico, sino que la benevolencia pasiva de
Randy Alonso convierte estos espacios televisivos en un pacífico paseo en
barca.
La cuestión es que el ministro, nada más empezar, dijo que
las transformaciones económicas y sociales aprobadas, incorporan un conjunto de
medidas dirigidas a favorecer la recuperación de la agricultura,
incrementar la producción de alimentos y crear mejores condiciones para quienes
trabajan y desarrollan proyectos en el campo. Como si todo eso fuera tan fácil de
conseguir en el páramo agropecuario cubano, lastrado por la parálisis estructural
de 67 años de doctrinas marxistas.
Después, señaló que el eje temático relacionado con la
recuperación agrícola mantiene relaciones con al menos otras 162
transformaciones, debido a que la agricultura está vinculada prácticamente con
todos los procesos económicos que se implementan en el país.
Como ya se indicó, el punto de partida de las
transformaciones consiste en que la producción agropecuaria necesita
recuperarse y cambiar, para incrementar sus resultados. Y a tal fin, es
necesario un conjunto de normas jurídicas que permitan avanzar de las
decisiones adoptadas a su concreta implementación. Una vez más, la estrafalaria
creencia de que la economía puede moverse a golpes de decretos y resoluciones,
cuando es justo al revés. El punto de partida, simplemente, es equivocado.
Además, se trata de normas que, como el resto de las
transformaciones, fueron extraídas, a toda prisa, de un viejo cajón
alcanforado, donde habían sido olvidadas. Pero ahora, gracias a la coyuntura de
las negociaciones con Estados Unidos, surgen como un ave fénix para dar
respuesta a uno de los problemas centrales de la economía castrista: la
improductividad e ineficiencia del sector agropecuario. El problema de los
dirigentes castristas es el mismo de siempre: las normas jurídicas pueden estar
muy bien, pero no sirven de mucho, porque no modifican el régimen de
derechos de propiedad de la tierra heredero de la “reforma agraria”; nadie
está dispuesto a hacer lo que realmente se tiene que hacer.
De modo que el ministro utilizó su tiempo televisivo a libre
discreción, para dar cuenta del proceso ideado para las transformaciones basado
en varios componentes que deben funcionar de manera articulada, y que son: la gestión
y el uso de la tierra, los productores y el capital humano, las cooperativas,
la comercialización, el mercado de insumos y el financiamiento.
Los lectores de este blog deben detenerse un momento para
observar bien los términos utilizados, porque lo dicen todo: gestión y uso
de la tierra es lo único a que pueden aspirar los productores
agropecuarios.
Gestión y uso de un factor de producción define un límite
muy claro para la agricultura cubana, en la que nunca existirá la propiedad
privada como tal. Ceder tierras para su gestión y uso, nada más. Se pretende
que sea uno de los puntos centrales de las transformaciones, más aún, cuando el
propio ministro reconoció que una parte importante de la tierra disponible se
encuentra actualmente ociosa o deficientemente explotada.
¿Saben quién es el dueño de esa tierra? Cómo no, desde las reformas
agrarias, su propietario es el estado comunista que juega a entregarla a
quienes la solicitan, eso sí, bajo estrictas condiciones, casi siempre
políticas establecidas por las organizaciones comunistas locales. Toda la
tierra, la cedida en explotación, y la no cedida ociosa, toda, pertenece a la
propiedad del estado. Y claro, así no hay forma de hacer nada.
Algunas de las transformaciones son realmente absurdas. Dijo
el ministro que las nuevas normas buscan facilitar la incorporación de más
personas naturales y jurídicas a la producción agropecuaria. Pero olvidó
decir que este sector absorbe en términos de ocupación, casi la quinta parte de
los empleos, mientras que su participación en el PIB apenas llega al 5%. Esto
significa que la productividad del sector agropecuario es casi la décima parte
de la media de toda la economía, de modo que difícil tiene el ministro aumentar
la producción incorporando más empleo. Es justo hacer lo contrario si se quiere
aprovechar la tierra con mayor eficiencia. Cuando se atiende al planificador
central, y no al mercado, ocurre este tipo de cosas inexplicables.
Por eso, buena parte de su intervención la dedico a defender
los contenidos de la Ley 185, Ley de Tierras Agropecuarias y
Forestales, y su reglamento, el Decreto 175. En alguna ocasión, en este
blog hemos analizado este ordenamiento burocrático de filiación marxista, con
el que dicen pretender actualizar y flexibilizar disposiciones anteriores y
establecer un marco destinado a ofrecer mayor seguridad jurídica a quienes
quieran invertir y producir en el campo. No lo lograrán.
Nuestra opinión es que, para lo que puede conseguir la Ley y
su reglamento en esta nueva versión, quizás mejor habría sido no cambiar nada.
Justificar un cambio de norma por el “otorgamiento gratuito del derecho real de
usufructo a personas naturales y jurídicas, ampliando las posibilidades de
acceso a la tierra”, no significa otra cosa que el modelo de distribución de la
tierra que existe en Cuba es un fracaso absoluto, y que debe ser eliminado para
siempre.
Y claro, como no hay la menor intención de que la tierra
pase a ser propiedad privada de los productores agropecuarios, la solución
para el régimen es ampliar y aumentar el número de actores que pueden
solicitar tierras para desarrollar proyectos productivos. Se abre la puerta, y
es asombroso que antes no pudieran operar, a los campesinos y usufructuarios,
sus familias vinculadas a la producción agropecuaria, forestal, tabacalera y
acuícola; las cooperativas; las empresas estatales; los proyectos de desarrollo
local; las pequeñas y medianas empresas estatales, privadas o mixtas; los polos
productivos agropecuarios y forestales; las modalidades de inversión extranjera
y otras personas naturales o jurídicas relacionadas con la producción de
alimentos. Todo el que quiera recibir tierra para producir, que se ponga en la
cola. El mensaje es claro: Hay tierra para todos, pero nunca será de
propiedad privada. El estado mantiene su derecho de propiedad. No se hagan
ilusiones.
Por otro lado, hay una referencia genérica a la ampliación
de las áreas productivas que, al parecer, no quedará limitada a una
superficie determinada cuando el proyecto requiera mayor extensión, sino que
puede crecer en correspondencia con la propuesta productiva. Pero no se dice
cómo ni en qué condiciones, otro asunto que se deja en manos de la
discrecionalidad comunista.
La conclusión es clara: hay que producir más, pero la
propiedad estatal de la tierra se mantiene tal y como establece la constitución
comunista de 2019. Para no dejar dudas al respecto, el 80 % de las tierras
son propiedad estatal socialista, y se permite a las empresas estatales que las
gestionan otorgar derechos de usufructo para que sean explotadas por otros
actores, en todo caso, se trata de superficies muy pequeñas. Una cesión de una
cesión no es más que rizar más el rizo. También las cooperativas pueden
entregar tierras sin perder su patrimonio, bajo las condiciones previstas en la
legislación. El lío que se puede acabar produciendo con todo esto puede
convertirse en otro freno al aumento de la producción.
En segundo lugar, otro de los objetivos planteados es la reducción
de la burocracia asociada a la entrega y puesta en explotación de las
tierras. La normativa establece que se puede conceder una administración
provisional en menos de diez días, mediante una resolución del director de una
empresa, aprobada por su consejo de dirección, o del presidente de una
cooperativa, con la aprobación de su asamblea.
Con esta velocidad, se permite además que el productor pueda
comenzar a trabajar la tierra que nunca será suya antes de recibir la notificación,
mientras continúa la realización de otros trámites relacionados con permisos,
certificaciones e inscripción del derecho de usufructo.
El ministro dijo que el propósito es que los productores no
tengan que invertir largos períodos de tiempo en gestiones administrativas
antes de comenzar a producir y destacó como un dato significativo la recepción
de solicitudes sobre más de 15.000 hectáreas de tierra, correspondientes a más
de 13 mipymes y otros actores. El Ministerio busca identificar en los
territorios a personas y proyectos con capacidades para producir y acompañarlos
en la preparación de sus propuestas. Si todo esto está muy bien, pero ¿Y si
finalmente no se produce la cesión? ¿En qué queda todo?
En tercer lugar, se planteó un posible fortalecimiento de
las cooperativas como otro componente esencial de la transformación. El
ministro dijo que más del 80 % de las tierras agrícolas son gestionadas por
personas naturales vinculadas a cooperativas, por lo que su funcionamiento
resulta determinante para incrementar la producción.
En ese sentido, las nuevas normas buscan colocar a las
cooperativas en condiciones de mayor igualdad con otros actores económicos y
otorgarles mayor autonomía y flexibilidad para gestionar sus actividades. El
objetivo es que puedan establecer vínculos con otros productores y actores
económicos, facilitar la producción y participar en nuevas formas de
comercialización.
Las cooperativas podrán establecer vínculos para vender
directamente a la industria, el turismo, los mercados u otros destinos. También
se contemplan contratos para productos como lácteos, cárnicos y excedentes
destinados a otros actores que elaboren alimentos. Con la flexibilización de
las relaciones comerciales también abre nuevas posibilidades para las
cooperativas, entre ellas la exportación, una opción que anteriormente no
tenían en las mismas condiciones.
Una confianza excesiva del régimen en las cooperativas que,
sin embargo, no guarda relación con lo ocurrido en la realidad. El número de
cooperativas en 2026 quedó situado en 4.966, frente a las 5.290 de 2019, es
decir, en siete años se ha producido una reducción del 6,2% en el número de cooperativas. En el mismo periodo, como contraste, las
empresas estatales aumentaron un 17%. Las unidades presupuestadas del sector
estatal, otro 17%. Es evidente que las cooperativas se resienten de las políticas económicas del régimen, y su dinámica temporal deja mucho que desear. Una excesiva
confianza puede acabar siendo perjudicial para todos.
En cuarto lugar, se reconoció que las transformaciones
introducen una mayor orientación hacia el mercado en la comercialización de
productos agropecuarios. El ministro dijo que se busca avanzar hacia
acuerdos entre compradores y vendedores y superar esquemas basados
exclusivamente en precios topados. Esta es una buena idea, pero de difícil
digestión sin una institucionalización real de la economía de mercado, en la
que, de una vez por todas, se reconozca la figura del intermediario de la
distribución comercial agraria sin lo cual se lastran las posibilidades reales
de mayor actividad para el sector.
Además, el régimen da un paso adelante, pero luego otros dos
o tres atrás. De modo que la preeminencia de las relaciones mercantiles entre
actores privados para la producción agropecuaria no significa que se abandone
el encargo social del sistema y el ministro confirmó “que los destinos
prioritarios continúan siendo la alimentación de la población, los niños, los
hospitales y otros programas y balances establecidos en los territorios”.
Con las transformaciones, se pretende que el productor pueda
recuperar la inversión realizada y contar con recursos para continuar
desarrollando su actividad, evitando situaciones de monopolio en la compra, a
la vez que se amplían las posibilidades para que los productores comercialicen
sus productos con diferentes actores. El
enunciado puede estar muy bien, lo que siempre decimos. La letra parece
correcta, pero habrá que escuchar la música.
En quinto lugar, otro de los elementos centrales de las
transformaciones el acceso a insumos. Para ello, han diseñado incentivos
para que diferentes actores económicos puedan comercializar insumos y equipos
agropecuarios tanto en divisas como en pesos, incluidos los combustibles. Una
peligrosa dualidad monetaria en el sector que puede acentuar la dolarización en el mismo y que, en absoluto, beneficia a los
consumidores de menor poder adquisitivo y que no tienen acceso a las remesas.
Con esta medida, los dirigentes reconocen que se pretende
dinamizar la actividad agrícola y facilitar el acceso de los productores a los
recursos que necesitan para incrementar la producción y la eficiencia, al
tiempo que se persigue que los precios se vayan reduciendo en la medida en que
aumenten los volúmenes producidos y mejore la eficiencia. Una hipótesis de
difícil verificación, sobre todo si los precios se fijan en moneda nacional y divisas.
Puede darse el escenario de bajadas de precios de los productos en divisas, que
supongan un mayor encarecimiento por la vía del tipo de cambio.
En sexto lugar, las transformaciones apuestan por un nuevo marco financiero del que no se ofreció información. Tan solo se enumeró el conjunto de medidas respaldado por 20 normas y un acuerdo: una ley, siete decretos-leyes, siete decretos, cinco resoluciones y un acuerdo del Comité Ejecutivo del Consejo de ministros relacionado con la banca de fomento y la banca de desarrollo. Tanta materia jurídica y administrativa tiene como objetivo proporcionar seguridad jurídica para la inversión y hacer más atractivo el campo para nuevos productores, incluyendo personas jóvenes y quienes busquen desarrollar allí sus proyectos de vida.
En séptimo lugar, la legislación incorpora la novedad de la agricultura
por contrato, una modalidad que permite establecer vínculos entre
productores que disponen de tierras cedidas, pero que no tienen recursos financieros
suficientes para acceder a los insumos, de modo que contactan con otros actores
que puedan aportar los insumos o la financiación directamente.
De esta manera, se permite que un productor se puede asociar con otro
campesino, una persona natural o jurídica privada o un actor de la inversión
extranjera establecido en el país para poner en producción una finca que
enfrenta dificultades.
El mecanismo va más allá, al permitir que quien aporta los
recursos pueda posteriormente participar como comprador de la cosecha, eso sí,
siempre respetando los destinos prioritarios establecidos en los balances
municipales. Aquí surgen dudas, porque ¿Qué ocurrirá cuando el referido balance
extraiga toda la producción? ¿En qué queda el objetivo de la agricultura por
contrato? Desde este esquema, previendo este escenario grave, el ministro
destacó la importancia de que el productor tenga garantizado un retorno mínimo que
le permita recuperar lo invertido y continuar desarrollando su actividad. No es
solución en modo alguno.
En octavo lugar, las autoridades han insistido en varias
ocasiones que se pretende evitar que exista un único comprador para la
producción. Sin más, se reconoce que la experiencia histórica de Acopio ha sido un fracaso. Por
ello, el ministro señaló que con esta medida se pretende reducir situaciones en
las que productores enfrentaban dificultades para cobrar por sus productos. Los
célebres impagos de la agricultura que han lastrado cosechas y proyectos que,
en vez de acabar en los mercados, se quedaban sin recoger en los campos. El
régimen cree que, con las nuevas relaciones comerciales, tanto los actores
estatales como los privados deben poder recuperar lo invertido y continuar
destinando recursos al desarrollo de sus actividades. Lo mismo que con la agricultura
por contrato.
En noveno, se pretende que el proceso de transformaciones
no se concentre únicamente en grandes extensiones o polos productivos. El
ministro insistió en la importancia de la pequeña y mediana agricultura, los
negocios y la agricultura familiares, en clara referencia a los cultivos en patios
y jardines ideados por Raúl Castro. Igualmente, destacó la necesidad de
desarrollar alternativas agroecológicas y técnicas más amigables con el medio
ambiente, especialmente ante las restricciones existentes para acceder a
determinados insumos. Los dirigentes creen que en la agricultura cubana es
posible, dadas las actuales condiciones, que la producción se puede
complementar con actividades como el agroturismo y el ecoturismo, siempre que
se mantenga la producción agrícola como actividad principal. Otro sueño de
difícil realización.
En suma, el conjunto de las medidas busca promover un marco
más flexible y seguro para que nuevos actores se incorporen a la producción y se
aprovechen mejor las tierras que permanecen ociosas o deficientemente
explotadas. Sin embargo, la advertencia es clara: no se modifica el régimen de
derechos de propiedad de la tierra, que sigue estando en manos del estado.
La estrategia pretende actuar sobre tierra, cooperativas,
mercados, comercialización, insumos y financiamiento, con el objetivo de que
las transformaciones económicas y sociales puedan traducirse en resultados
concretos en el campo, pero se limita y controla la capacidad de los agentes
económicos para lograr sus objetivos a la vez que el campo cubano puede correr
el riesgo de inundarse de más actores. Realmente no es esto lo que necesita,
sino de una reordenación productiva de los mismos, acorde con los derechos de
propiedad.
Los dirigentes reconocen que la agricultura enfrenta dificultades asociadas a la disponibilidad de insumos y combustibles, a la reducción de la fuerza de trabajo y a condiciones climáticas cambiantes. Un cuadro realmente complicado que no se puede arreglar con el maquillaje de mala calidad de las transformaciones, sino con cambios reales en el articulado de la constitución marxista leninista de 2019.
Las autoridades piensan que el nuevo
marco jurídico abierto por las transformaciones puede servir para crear
oportunidades que afronten estas limitaciones, pero se apuesta por la peor
solución que es una mayor participación en el agro de productores y actores
económicos. No es esta la fórmula que se necesita, sino facilitar recursos
procedentes del sistema bancario para que los actores, sin distinción, puedan
afrontar con sus propios medios, los retos y dificultades sin la presencia
injerencista y controladora del estado. El campo cubano necesita libertad y
propiedad.
El ministro dijo lo mismo que siempre que “la tarea que
queda por delante es llevar las normas a la práctica, reducir las trabas y
conseguir que las nuevas posibilidades de acceso a la tierra, producción,
comercialización y financiamiento se traduzcan en más alimentos para la
población y una mayor capacidad productiva en los territorios”. Se equivoca: el
campo cubano necesita libertad y propiedad.
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