En el quinto aniversario de la muerte de Fidel Castro

Elías Amor Bravo economista 

El tiempo pasa tan rápido que en ocasiones parece que fue ayer lo que ocurrió hace un lustro. Y en efecto, cinco años separan a Cuba y a los cubanos de la desaparición física de Fidel Castro, el 25 de noviembre de 2016, cuando tenía 90 cumplidos y mantenía una estrecha vigilancia y control a la actividad de su hermano Raúl Castro. Fidel Castro mantuvo una actuación política de líder máximo de la revolución hasta su muerte. Nadie se lo negó, e incluso un día como hoy, la prensa oficial se inunda de referencias al dictador, a pesar de que las nuevas generaciones no se pueden identificar con alguien que podría ser su bisabuelo.

Fidel Castro dejó una herencia funesta a su hermano, y sería injusto no dedicar unas palabras a la labor realizada por el menor de los Castro que, desde que llegó al poder, hizo algunas cosas que enfadaron a su hermano mayor, siempre dispuesto a defender sus propios planteamientos y a sus protegidos políticos que, no obstante, fueron apartados en cuanto Raúl Castro tuvo la menor oportunidad.

No hay que engañarse. Hubo grandes expectativas de cambios con la llegada de Raúl al poder, pero los casi diez años que Fidel se mantuvo en actitud vigilante, y hasta cierto punto, hostil contra su hermano, impidieron que las tímidas reformas del trabajo por cuenta propia, la producción agropecuaria o la apertura al exterior, floreciesen.

Y lo cierto es que Fidel Castro, antes de morir, hizo todo lo posible desde sus crónicas en Granma, por cuestionar y poner dificultades a la labor de su hermano y este, apenas tuvo tiempo para enderezar sus planteamientos tras la muerte de Fidel Castro. Lo que vino entonces fue el triunfo del sector más reaccionario del partido comunista, que ganó el pulso de poder a los militares y miembros de la seguridad del estado vinculados a las empresas internacionales. Fidel Castro quizás no lo llegó a ver, pero los “suyos” se alzaron con la victoria y situaron a Díaz Canel en 2018 al frente del régimen para que nada cambiase y todo siguiera igual.

Ni la generación más joven, ni el perfeccionamiento del modelo, ni la actualización de los lineamientos, ni siquiera una eventual apertura de relaciones con Estados Unidos, sirvieron para sentar las bases de la evolución de Cuba hacia las libertades y la democracia, y en su lugar, se implantó una constitución comunista que suprimió el pluralismo político, las libertades económicas y el ejercicio independiente de los poderes, entre otros derechos humanos fundamentales. Con la constitución de 2019, Cuba retrocedió a los tiempos más oscuros del estalinismo, y las estructuras políticas e ideológicas del régimen se empezaron a preparar para lo peor. 

Por todo ello, hay poco que celebrar este 25 de noviembre. Las esperanzas de cambio en Cuba se han visto interrumpidas por Díaz Canel y su cúpula de gobierno, probablemente la más reaccionaria de los últimos 60 años, incapaz de abrir espacios a las libertades democráticas y dirigir a Cuba hacia un nuevo modelo político y económico compatible con el orden internacional.

Por el contrario, mantienen un sistema político intacto, con los mismos argumentos de siempre, buscando el enfrentamiento con Estados Unidos y tratando de formalizar alianzas internacionales de alto riesgo, mientras que malvenden a intereses empresariales foráneos el patrimonio de todos los cubanos. Si Fidel Castro viera estas cosas, no se sentiría muy orgulloso de sus sucesores.  

Como tampoco entendería la forma de afrontar la primera gran crisis de la economía cubana por estos dirigentes. Muchos se preguntan qué habría hecho Fidel Castro con la pandemia del COVID-19, él que se enfrentaba a los ciclones y asumía la figura de hombre del tiempo para desviarlos de su recorrido más probable. Las apuestas están altas. En realidad, a Fidel Castro nunca le gustó abrir Cuba al turismo, siempre afrontó las crisis de desabastecimiento crónico con medidas populistas y ni siquiera atendía las llamadas de los acreedores internacionales en exigencia del pago de la deuda. Fidel Castro jamás aceptaría una Tarea Ordenamiento con su secuela de despropósitos.

Realmente, a él este tipo de naderías le importaban un bledo. Para Castro era más importante encontrar la clave de la vaca enana que comiera poco pienso, sembrar cafetales en las tierras llanas de la periferia de La Habana, enviar soldados cubanos a África o decidir la ubicación de una central nuclear desde el aire. Y, por supuesto, mantener encendido el contencioso con Estados Unidos desde los tiempos de Eisenhower, un enfrentamiento que dominó a su antojo, y durante su largo mandato vio cómo, 8 presidentes del país abandonaban la Casa Blanca. Todo un récord.

Por eso, existen dudas sobre qué habría hecho Fidel Castro ante un 11J o un 15N, que son indicadores de protestas provocadas por un malestar social creciente en toda Cuba. Ya lo hizo durante el Maleconazo, presentándose por sorpresa cuando ya estaba todo calmado, dando la cara para que los fotógrafos internacionales sacaran su mejor perfil. El problema es que ahora no estamos ante un período especial o un derrumbe del muro de Berlín, sino ante un problema interno creado por el régimen cubano. Y para este tipo de cosas, Fidel Castro no tenía soluciones efectivas. Más aun, cuando murió sin entender muy bien qué podría lograrse con internet y las redes sociales. 

Los jóvenes de Archipiélago, que lideran las protestas en Cuba contra el régimen comunista, podrían ser nietos e incluso bisnietos de Fidel Castro. Cinco años después de su muerte y dos desde que Raúl Castro dejase el poder, han aparecido en la escena política cubana con un mensaje de cambios, de libertades, de abajo el comunismo, en definitiva, de superar la etapa más difícil y controvertida de la historia de Cuba.

Pero los dirigentes han hecho uso extensivo e intensivo de la misma maquinaria de control y represión utilizada desde hace décadas para actuar contra aquellos que piensan de otra forma. Lo mismo que habría ordenado Fidel Castro si estuviera al frente del país, aunque se enfrentara igualmente a un problema interno y no tuviera a quien echar la culpa a nivel internacional. Nadie debería esperar de Castro algo diferente.

Lo que está claro es que su muerte no supuso más democracia y libertad en Cuba, ni tampoco una economía más próspera, lo que destruyó muchas expectativas que se habían abierto en aquel momento. No ha habido cambio drástico, como se esperaba, pero tampoco un cambio gradual, sino una estabilidad reaccionaria en torno a los valores políticos del régimen establecido en 1959. Las instituciones políticas de Cuba en 2021 son más comunistas que en otros tiempos anteriores. Si un cubano se hubiera dormido en 1960 y se despierta en 2021, podría comprobar que la mayor parte de lo que ya existía entonces, sigue funcionando igual ahora.

Los cubanos que añoran los tiempos de Fidel Castro son cada vez menos en número. Y aunque la propaganda del régimen se esfuerce por mantener viva la memoria, el paso del tiempo es inexorable y en unos años, la imagen de Fidel Castro se habrá difuminado, como otras muchas, de la realidad nacional. Quizás ese olvido, no deseado por los actuales dirigentes, abra las puertas en par en par para la democratización del país, dejando atrás al régimen y su partido único como vestigios de un pasado al que no se desea volver.

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