El origen del fracaso de las ideas de Castro sobre la deuda
Elías Amor Bravo, economista
Mucha gente se pregunta por qué el régimen comunista cubano
tiene tantas dificultades para acceder a los mercados financieros internacionales. Valga un ejemplo, también las tenía Vietnam, pero aceptó formar parte de la Organización
Mundial del Comercio, OMC, y con ello su suerte cambió.
Si el régimen de La Habana tuviera acceso a la financiación, podría comprar petróleo, gas natural, alimentos, bienes de equipo, en suma, cualquier recurso que se considerase necesario para el desarrollo económico del país, siempre condicionadas las operaciones por su capacidad de endeudamiento.
Y por medio de esas importaciones, la economía cubana podría atender sus
compromisos internos y externos, que es lo que cualquier gobierno debe tener
como máxima responsabilidad, y asegurar una calidad de vida y bienestar a sus
ciudadanos.
Sin embargo, el régimen creado por Fidel Castro no tiene una
buena data de pagos de deuda y por eso, sus posibilidades de obtener
financiación son limitadas, o en todo caso, se tienen que canalizar por medio
de operadores privados y no por medio de las agencias internacionales especializadas,
como la OMC, lo que sería deseable.
La cada vez más extendida costumbre de la prensa estatal
comunista de mantener “activo” el pensamiento truculento y fracasado de Fidel
Castro, contenido en sus discursos, frases y mensajes, ayuda a situar los momentos
históricos que han servido para que Cuba sea en 2026 un desastre económico y
social.
En concreto, dar una explicación a por qué no puede obtener
financiación y la Isla se ve sumida en una grave crisis humanitaria que no
tiene parangón en ningún país del mundo. Me refiero al panfleto en Granma, titulado
“Deuda, ecocidio y crisis terminal: Fidel y la última fase del sistema
capitalista”.
Allí se presenta un discurso de Castro el 12 de junio de
1992 en el Centro de Convenciones de Río de Janeiro, ante líderes de más de
cien países y hablando del desarrollo sostenible. Aquí está el origen del desastre de la deuda cubana.
Recordemos 1992. El bloque del socialismo real, con la URSS
al frente, había desaparecido de la historia tras la caída del muro de Berlín.
Con el fin de la “guerra fría”, Cuba se encontraba en su más absoluta orfandad,
en el denominado período especial.
Sin financiación soviética y de los países del telón de acero, como la recibida desde 1960, el argumento del embargo/bloqueo fue desempolvado en 1992, después de 30 años de vivir por encima de sus posibilidades y sin problemas financieros.
En vez de
encaminar los pasos hacia la reforma y la modernización económica, como la URSS y los
países del este de Europa, Fidel Castro decidió que Cuba debía inmolarse y
respetar los principios de la “revolución” fuera cual fuera el precio por pagar.
Con ello, convertía a la Isla en la última trinchera de la “guerra fría”.
¿Qué ocurrió en Río que alteró las posibilidades de
financiación del régimen a partir de entonces?
Muy fácil. Granma con este panfleto ofrece la
información.
Con los mismos gestos histriónicos de siempre y moviéndose con
tono amenazante, Castro cometió, después de hablar de la “globalización
neoliberal y la aparición de nuevas contradicciones sistémicas en plena crisis
financiera latinoamericana como consecuencia de la responsabilidad de los países
para afrontar las deudas con el Fondo Monetario Internacional”, uno de los
errores más grandes de su vida.
Porque en vez de valorar de forma positiva y dar su apoyo a
ese esfuerzo continental por cumplir las responsabilidades del endeudamiento,
Castro se sacó de la manga argumentos previamente lanzados en 1985 durante la
Conferencia Latinoamericana y del Caribe sobre la Deuda Externa de La Habana, y
proclamó la frase que nos ha llevado, queriendo o sin no querer, a la
desgraciada situación actual para el régimen comunista.
La frase fue “la deuda externa es impagable; es una deuda
usuraria y criminal, exigir su pago es un disparate, una locura, un crimen”. Con
ello definió una postura suicida, una marca de la casa que proponía, el “no
pago” de la deuda, coordinado por los países del Tercer Mundo. Imaginen ustedes,
por un solo instante, lo que debieron pensar los acreedores de la deuda, que habían
comprometido años antes sus activos financieros en dar apoyo a esos países
endeudados.
Castro identificó la posición que más daño podía hacer al
mundo, lo mismo que en 1959 cuando nacionalizó sin contraprestaciones el
capital productivo a cubanos y extranjeros, y lanzó, como dice el panfleto de
Granma, “una denuncia descarnada de que el capital financiero internacional
había encadenado a los países del Sur a un ciclo de dependencia perpetua,
exportando capital ficticio que luego exigía ser retribuido con ajustes
estructurales, recortes sociales y privatizaciones masivas”.
Falso del todo. Ese era el relato que Castro pretendía imponer,
pero al mismo tiempo, no quiso reconocer que ese endeudamiento había permitido
a muchos países acceder a recursos superiores a los que podían obtener y con
ellos, sobre todo los que actuaron correctamente, pudieron impulsar reformas
económicas que sirvieron para ampliar la base económica y el desarrollo.
En cambio, los que no dedicaron la financiación a las actividades correctas, lo pasaron muy mal. Pero eso ya no era culpa de los acreedores, sino de los deudores. De ahí que la mayor parte de los países entendieron su responsabilidad y se sacrificaron para pagar. Fidel Castro, no. Y se quedó en solitario denunciando a “los créditos condicionados, los bonos soberanos en manos de fondos buitre y el endeudamiento pandémico” como el origen de todos los males.
En realidad, lo que la historia mostró es que los países
endeudados, con el tiempo, superaron sus problemas, y más tarde lograron volver
a crecer obteniendo más financiación en los mercados. Sin embargo, en Cuba, la
doctrina castrista de “no pagos” trajo las consecuencias de todos conocidos.
Hasta el espectáculo lamentable y vergonzoso de una denuncia en el tribunal de Londres por
impago a un fondo de aquellos a los que Castro lanzaba duros ataques.
Situar en junio de 1992 la decisión de no pagar deudas significa
que el régimen comunista cubano lleva 34 años riéndose de sus acreedores y
haciendo valer las tesis suicidas de Castro. Cierto que, en vida del dictador,
algunos de aquellos acreedores compensaban las deudas con una instantánea de
recuerdo con el viejo revolucionario. Nada que decir, cada uno con su dinero
hace lo que le parece conveniente. Pero con los herederos de Castro nadie está
en condiciones de buscar fotos de recuerdo, ni mucho menos de favorecer las
cosas, de modo que las exigencias de pago se repiten una y otra vez, y
persiguen a los dirigentes comunistas.
El caso es que, en aquel discurso de 1992, Fidel Castro se
atrevía a realizar predicciones al anunciar que “el capitalismo era el sistema
de explotación del hombre por el hombre, un sistema que condenaba a la
humanidad a la barbarie, a las migraciones masivas, a las pandemias y a la
guerra, que se había erigido en una máquina de devastación que mercantiliza
hasta el último aliento del planeta”.
Su pronóstico del capitalismo, como en tantas otras ocasiones,
no solo no se cumplió, sino que muchos de los augurios dantescos que Castro
atribuyó al capitalismo, allí donde se manifestaron y se encuentran presentes
es, precisamente, en Cuba. Fracaso absoluto de las ideas sobre la deuda de Castro y del modelo
económico que implantó por la fuerza en la Isla. Y la deuda sigue sin pagarse.
No pasa nada, la culpa es del bloqueo.
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