El azúcar solo puede tener futuro fuera del modelo económico que rige el país

Elías Amor Bravo economista 

La afirmación atribuida al hacendado cubano don José Manuel Casanova, “sin azúcar no hay país” ha vuelto a la palestra con más fuerza que nunca este 2022. Los dirigentes del régimen se han encontrado con la peor cosecha de azúcar de la historia. Era algo que ya se sabía desde hace tiempo, pero ahora lo han confirmado con los datos.

Quien fuera primera potencia de la agroindustria azucarera durante casi cien años, descubre una realidad vergonzante en la que ni la experiencia, la tradición o la cultura han servido de nada. El comunismo ha destruido el azúcar cubano, y con ello, han acabado destruyendo el país. Casanova tenía razón.

A Díaz Canel solo se le ha ocurrido decir, en un encuentro ante trabajadores del sector, y para salir al paso de este desastre sin paliativos, que “no podemos seguir haciendo lo mismo cuando han cambiado los tiempos y la vida nos está diciendo que tenemos que ir a otros conceptos”. 

Una de cal y otra de arena, pero realmente decir eso y decir nada es lo mismo, lo que aumenta el desconcierto entre aquellos cubanos que se encuentran vinculados a este sector. En realidad todos saben que la agroindustria azucarera fue abandonada a su suerte por Fidel Castro a comienzos de este siglo y lo cierto es que nadie, o casi nadie, tiene confianza en que todavía el sector se puede recuperar. Desde luego con el modelo económico y social imperante, hay que olvidarse.

¿De qué desastre se está hablando? Pues ni más ni menos que en la zafra 2021-2022 se produjeron solo 480.000 toneladas de azúcar; apenas 36 centrales molieron algo más de seis millones de toneladas de caña. Y ya está. Ha sido la producción más baja en más de cien años. ¿De quién es la culpa de este resultado vergonzoso?

En primer lugar, de la dirección política del país, incapaz de poner luces largas y asumir que el modelo en que basan el control y la injerencia en los asuntos económicos está caducado. De nada sirve lanzar loas y alabanzas al azúcar, porque todo cubano sabe bien de qué se está hablando. Lo que se tiene que hacer es ponerse a trabajar en soluciones realistas y viables. Para transformar de forma radical el azúcar cubano, hace falta mucho más que la verborrea ideológica comunista. Se habla de un nuevo modelo de gestión, pero esto es un grave error. Porque el problema no es la gestión. El azúcar no es la hostelería, las minas o la gastronomía. Es otra cosa.

En segundo, no puede faltar el bloqueo, que, según Díaz Canel, desde el inicio de la revolución ha afectado al sector con toda intención, “porque ellos saben lo que significa la agroindustria azucarera para nuestro país”. Que pronto se olvidan del subsidio soviético.

En tercer lugar, se cita el estado de las plantaciones cañeras, y aquí la culpa se achaca a lo ocurrido en el período especial cuando la escasez de insumos provocó lo que Díaz Canel calificó de “involución tecnológica” obteniendo cada vez menos caña. Pero ¿acaso no es eso lo mismo que ocurre ahora?

En cuarto lugar, otro problema ha sido que “no se han logrado los balances de siembra de primavera y frío que se necesitan, ni la adecuada composición de cepas para poder escalonar bien los cortes y que los centrales funcionen los días de zafra necesario para lograr estabilidad y eficiencia. Entonces hoy la principal materia prima está totalmente deteriorada”. Desorganización total.

Añadir a esta lista que las industrias también se fueron deteriorando durante estos años. Las reparaciones cada vez eran más incompletas y según Díaz Canel "en este momento en el que casi no se repara bien ningún central, casi ninguno tiene balance de recursos, (pero a pesar de ello también) se mantiene voluntarismo tremendo, tratando de hacer una zafra que desde que la planificamos sabemos que es imposible cumplir”.

De la enumeración de problemas anteriores, Díaz Canel señaló que “hemos llegado a un círculo vicioso. Queremos hacer más; queremos crecer, esa es la voluntad, pero cada vez tenemos menos caña y cada vez los centrales están más deteriorados”.

En contra de lo dicho por Díaz Canel de que “el azúcar no puede seguir siendo —ni ya lo será— el fin en sí mismo”, para recuperar el sector, precisamente hay que alejarse de esta visión heredada de Fidel Castro, que fue la ruina para la industria y la producción de caña y volver de nuevo a la frase de Casanova. 

Díaz Canel dice que el sector "se dirige hacia un modelo de negocios donde la diversificación y la economía circular, le permitan aumentar su rentabilidad, impulsar su desarrollo y garantizar el crecimiento sostenido del bienestar de las personas y familias que están vinculadas al ramo, tanto estatal como cooperativo y privado".

¿Pero basta solo con esta apuesta majadera, sacada de algún manual de un estudiante comunista? Pues claro que no. Para que el azúcar vuelva a crear país, hay que apostar por la escala de producción, lo que entraña costes y tecnología. Olvidarse de los tiempos graciosos del convenio con la URSS cuando el precio no era la variable determinante, y salir a competir a nivel mundial como lo hicieron nuestros antepasados, que con menos medios y capacidades que ahora, convirtieron al azúcar cubano en una mercancía estratégica a nivel mundial.

Si, claro, los tiempos son distintos, pero por ello, las condiciones se tienen que transformar. Y asumir que el sector solo puede ser viable si es capaz de atender primero las necesidades internas y después lanzarse a competir. No hay alternativa ni justificaciones de burócratas perezosos.

Insisto, el tema no es de producir más, en cantidad y variedad, ni tampoco de dar autonomía real de gestión a las empresas, abandonando los procesos jerárquicos tradicionales. Eso esté bien, pero es insuficiente.

Dicho de otro modo, hay que dar la vuelta al calcetín del sector, partiendo de bases completamente nuevas y diferentes, eliminando lo que no funciona y potenciando formas nuevas que generan valor. Por ejemplo,, las 93 medidas del azúcar han sido tan deficientes en su diseño y aplicación, incluso más que las 63 de la agricultura, un buen ejemplo de por dónde comenzar.

Para recuperar las potencialidades que tiene el sector hay que pensar y actuar de otra forma. Las soluciones están fuera del modelo que rige el país, hay que salir y ver qué se está haciendo en otros países competidores y tomar buena nota para aprovechar las ventajas y potencialidades del azúcar cubano.

Y entonces llega el momento de las soluciones. Y una vez más, el régimen se marcha por los cerros de Úbeda, al señalar que “las zafras tendrán ahora un nuevo enfoque, y este empezará con la contienda 2022/2023”. Volver a empezar, el eterno dilema de a quién no le salen bien las cosas.

Se pretende que en la próxima zafra “muelan los que tengan más posibilidades, los que tienen más caña, y con ellos vamos a producir el azúcar que necesita el país para su consumo. Al mismo tiempo, en todos los centrales vamos a ir sembrando caña, recuperando plantaciones, estableciendo estrategias de diversificación y reparando de forma paulatina”.

¿A qué les suena esto? Pues que la zafra 2022/2023 volverá a ser un desastre, con nuevos descensos, e incluso, insuficiente producción para atender las necesidades internas. El azúcar no es un juego. De hecho, conviene recordar que en plena pandemia durante 2020, la industria del azúcar fue un colchón amortiguador de las tendencias recesivas de la economía, pero así no van a llegar a ningún sitio y otro año más se habrá perdido. El dato es interesante, en el segundo trimestre de 2020 cuando el PIB de la economía cubana se hundía un -20,9% por la pandemia, el azúcar cubano, sin embargo, crecía un 15% según datos de ONEI. Imaginemos cuál podría haber sido la caída de la economía si el azúcar no hubiera tenido ese buen resultado.

No es este el lugar para decir al régimen qué hacer para convertir el azúcar en un sector dinámico y competitivo de la economía cubana, sacando el máximo provecho a las enormes potencialidades que tiene, como la generación de electricidad, de divisas, puestos de trabajo y bien retribuidos, insumos para suministrar a otras actividades, etc.

Para lograr que estos efectos benéficos tengan lugar hay que producir más. Por supuesto que las reglas de la sostenibilidad son fundamentales, pero el objetivo inmediato es la productividad. Y para ello, nada mejor que sacar el máximo potencial a las tierras de los campos cubanos, de calidad excepcional para la caña.

El por qué esas tierras no producen lo suficiente tiene su origen en lo mismo de siempre: los derechos de propiedad y el régimen jurídico de la propiedad de la tierra. En la Cuba republicana de mediados de los años 50, las tierras improductivas y ociosas apenas existían. Toda la superficie explotable era puesta en cultivo para alcanzar aquellas cosechas de 6 a 7 millones de toneladas que inundaban de dólares la economía cubana. Por ello, hay que dejar atrás la actual improductividad de las tierras y lograr las máximas potencialidades productivas logrando que todas entren en cultivo.

Si la tierra no se explota de forma adecuada, de nada sirve entretenerse con el aprovechamiento óptimo de las semillas de caña y sus variedades: el uso de las biofábricas, con la aplicación de los resultados biotecnológicos en la caña de azúcar y otras consideraciones. Esto puede venir cuando la cuestión técnica y productiva se resuelva y toda la tierra disponible se encuentre en explotación.  

La tierra no requiere dinero ni tampoco ciencia e innovación, para que sea productiva. No es cierto, como dice Díaz Canel, que las insuficiencias presupuestarias sean un freno para comprar, para invertir, para importar, fertilizantes, ni herbicidas. Si el marco jurídico de los derechos de propiedad de la tierra fuera el adecuado, esas finanzas no van a escasear. Todo lo contrario. El inversor estará atento allí donde puede haber negocio partiendo de niveles muy bajos, y eso es el azúcar cubano.

Pero nada de todo esto puede salir bien, porque cuando Díaz Canel procedió a enumerar las prioridades que tiene que defender el sector y que, según él, son consenso, en ningún momento hizo referencia a los derechos de propiedad de la tierra o la distribución. Es más, defendió el papel central de la empresa estatal y se olvidó de los actores privados. Para Díaz Canel hay que “sembrar y resembrar mucha caña, demoler las plantaciones de cañas viejas, de muy bajos rendimientos en azúcar, fortalecer la capacitación del personal, diversificar las producciones, mejorar el entorno de los bateyes y las comunidades agrícolas y continuar desarrollando la mecanización, pero también retomar e impulsar la tracción animal. 

Tal vez Díaz Canel no se percate que esas propuestas son válidas para años de funcionamiento normal del sector, pero no es la situación actual así, y la urgencia de un sector a punto de desaparecer, exige otra perspectiva. Más valiente, más audaz y menos reaccionaria.

Recurrir al pensamiento de Fidel Castro en sus referencias al azúcar es justo eso, un despropósito. Lo contrario a la razón y lo que se debe hacer. Entre la obsesión de Castro por “producir más para el pueblo”, lo que nunca logró, y la “resistencia creativa” de Díaz Canel, hay 63 años de fracasos económicos, y ya no hay tiempo para más.

 

 

 

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