Lo que dice Gil sobre la economía cubana

Elías Amor Bravo economista

Ayer se conoció, al fin, casi siete meses después del cierre del ejercicio, que en 2021 la economía cubana creció, y que lo hizo, a precios constantes, es decir descontando el efecto del aumento de la inflación, nada más y nada menos que un 1,3%. La cifra fue ofrecida por el ministro de economía y planificación en la Asamblea nacional ante los diputados, al tiempo que reconocía, una vez más, que no se había cumplido el objetivo del plan, que era del 2%. Y claro, para acabar de cerrar, Gil anunció en tono triunfal que, después de dos años consecutivos de contracción económica “hemos iniciado un proceso de recuperación” y se quedó tan tranquilo.

En este blog, llevamos meses esperando algo parecido a esto que ocurrió ayer en la Asamblea nacional. El retraso, inconcebible, en la publicación de las cuentas nacionales por la Oficina Nacional de Estadística, ONEI, tenía muy mala pinta y todo apuntaba a que, desde el régimen, se estaban cocinando los datos, para ofrecer, al final, una cifra que no comprometiese el curso actual de la economía cubana y la política del régimen.

Y miren por donde sale ese 1,3% de crecimiento en 2021 que supone, ni más ni menos, poner el punto, y final a la recesión instalada en la economía desde el segundo semestre de 2019. Cierto que el dato no es para lanzar campanas al vuelo, pero Gil finalmente se ha salido con la suya, y ha presentado un crecimiento del PIB de dudosa credibilidad.

¿Por qué decimos esto? Pues, básicamente porque con las cifras no se juega. Aceptar ese 1,3% de crecimiento del PIB en 2021 supone que el cuarto trimestre del año registró un crecimiento interanual de, nada más y nada menos, que del 8,8%. ¿Nos lo creemos?

La economía cubana tuvo un desempeño complicado en 2021, con un primer trimestre muy negativo -13,9% que proseguía las tendencias del año anterior; un segundo trimestre con un aumento del 7,9% en mayor medida provocado por la fuerte contracción del mismo período del año anterior (-20,5% en plena pandemia); un tercer trimestre con tan solo un 2,4% de crecimiento que anticipaba un frenazo de la economía en el siguiente período, y va Gil y nos dice que no, que en el cuarto trimestre la economía cubana creció como un ”tigre”, nada más y nada menos que un 8,8% (justo lo mismo que había caído en el cuarto trimestre de 2020). Insisto, ¿nos lo podemos creer?

Básicamente, porque si aceptamos estas cifras, hay que echar por tierra los descensos registrados en 2021 en las magnitudes reales de todos los sectores de la economía, como el sector agropecuario, la industria manufacturera, el azúcar en uno de sus peores ejercicios de la historia, de la construcción de viviendas, del transporte y comunicaciones, del comercio, etc. Ninguno de estos sectores productivos de la economía cubana había mostrado en 2021 signos de recuperación. Todo lo contrario.

Es más, el fuerte aumento de la tasa de inflación, un 77,3% en tasa interanual, indicaba que los efectos contractivos del alza de precios también podrían haber ejercido sus efectos, como ocurrió con la depreciación del valor de la moneda en los mercados informales, y a todo ello se sumaba la menor llegada de petróleo de Venezuela y sus efectos sobre los apagones eléctricos. En este escenario, Gil sostiene que la economía registró un crecimiento del 1,3%. Cuestionable tanto crecimiento.

¿De dónde sale ese aumento del 1,3% del PIB de la economía? Tiene nombres y apellidos. Resulta que el ministro aludió al favorable comportamiento del sector presupuestado. Si, de las actividades que se financian con el presupuesto del estado vía déficit y endeudamiento, y que son los llamados “logros de la revolución”, como Sanidad y Educación, unidos a Administración pública, defensa y seguridad social, Cultura y deportes, Ciencia investigación y Servicios sociales y para la comunidad. Estas actividades, según el ministro, crecieron su PIB y, por tanto, sostuvieron el crecimiento de toda la economía en ese modesto 1,3%. Los datos de empleo publicados por la ONEI apuntan a este mismo resultado: contracción de los puestos de trabajo en las actividades productivas y expansión en el sector presupuestado estatal.

La cuestión es si, incluso en una economía como la cubana, en la que el 80% de los activos pertenecen al estado, se puede mantener un crecimiento sostenible tirando solo del gasto público y del déficit y endeudamiento del estado. Y la respuesta es que no. Que esta política fiscal expansiva tiene unos límites, porque la capacidad de endeudamiento no puede pasar de unas líneas rojas, y se tiene la impresión de que la cubana ha sido rebasada ampliamente en 2021. Sobre todo, porque los excesos en el manejo del gasto público se acaban pagando en forma de menor crecimiento a largo plazo, cuando resulte obligado practicar la consolidación fiscal para regresar a los niveles objetivo de déficit y de deuda.

Pero no contento con el dato de 2021, Gil informó también que en el primer trimestre de 2022 la economía volvió a crecer su PIB, esta vez un 10,9% en tasa interanual, comparado con igual periodo de 2021, lo que para el ministro es “otra señal de la recuperación gradual, en un escenario que no deja de ser difícil” al tiempo que volvió a defender el cumplimiento del plan para 2022 establecido en un 4% de crecimiento. No se podrá alcanzar.

Bueno, realmente decir que un 10,9% es una “recuperación gradual” es pecar de modestia. En esto no estamos de acuerdo con el ministro. La cifra es para enmarcar, pero claro, solo si es cierta. Y hay razones para pensar que ello no ha sido así y vuelven a surgir las dudas sobre los datos ofrecidos.

Por ejemplo, la economía cubana en 2022 es un 10% más pobre que la existente a finales de 2018. Fácil demostrar. En 2019 el PIB cayó un -0,2%, luego llegó 2020 con la pandemia un -10,9, y ahora el 1,3% que dice Gil. Sumen y ahí está ese 10% inferior del tamaño de la economía. Para empezar a crecer de forma gradual, estable y sostenible, hay que superar esa brecha que sigue estando ahí (algunos creen que no se corregirá hasta 2025 o 2026) y que golpea a todos los sectores y actividades productivas, obligando al régimen a financiar el gasto, déficit y endeudamiento como motores artificiales del crecimiento económico. Lo sucedido en 2021 no deja de ser un paréntesis inesperado y, desde luego, poco creíble.

¿Cómo justificó Gil el dato del 10,9% del PIB en 2022? Pues básicamente, señaló que las actividades de la economía que a finales del primer semestre de 2022 reportaban mayores crecimientos habían sido la educación, las actividades de hoteles y restaurantes, la construcción, el transporte, el almacenamiento y las comunicaciones, pero no ofreció cifras de ello. Si la dinámica de las actividades es la seguida por el turismo, no hay que mostrarse excesivamente optimistas. Cierto que el turismo creció un 500% respecto a 2021, pero todavía sus cifras apenas son un 30% del nivel alcanzado en el último año “normal” que fue 2019. Un lento despertar que no asegura ese potencial de crecimiento del que habla el ministro.

También informó de la evolución de las exportaciones de bienes, que en el primer semestre ascendieron a 1.262 millones de dólares, concentradas, fundamentalmente, en el níquel, el azúcar crudo (aunque muy por debajo de la producción planificada), la miel, el tabaco, el ron, los productos biofarmacéuticos y las telecomunicaciones. Datos que, en general, no suponen un crecimiento destacado de las ventas al exterior de bienes y servicios comparadas con las de un año “normal”, y que están dejando sin suministros el mercado interno y de privaciones a los cubanos para obtener las codiciadas divisas.

Porque de la intervención de Gil solo cabe extraer una conclusión. El régimen quiere incrementar los ingresos en divisas como sea, y al precio que sea, aceptando el hecho de que aun cuando “los índices de ahora son superiores a los que ingresamos en 2021, aún resulta insuficiente, y eso se refleja en la escasez, en el déficit de oferta en la red minorista, y en los financiamientos a la estructura productiva, entre otros problemas”.

La dependencia del exterior de la economía cubana sigue sin solución y, probablemente, ha ido a peor en los últimos años, reconocido por el ministro que sigue buscando la forma de recuperar los ingresos en divisas perdidos a causa de la pandemia, como si se tratase de vida o muerte.

Reconoció, además, lo inevitable, y es “que algunas producciones agropecuarias todavía están muy por debajo de la demanda” a lo que el ministro añadió de su cosecha propia los efectos de “precios caros, especulación, reventa” y tan solo se avino a señalar que “se aprecia una ligera recuperación en algunos renglones como las viandas, las hortalizas y la leche, aunque esto aún no tiene el impacto que deseamos en la vida de la población ni en los precios”. Las colas siguen y el malestar también.

Volvió a señalar que “la situación electro energética en el país es muy compleja y que, ante las constantes roturas de las termoeléctricas, se ha tenido que incrementar la producción de electricidad a través de diésel, a precios casi impagables” y reconoció que los escasos abastecimientos de combustible (sin aludir a Venezuela) “entorpecen el desarrollo de la economía y ralentizan la recuperación”, un escenario que sigue invariable desde el segundo semestre de 2019.

El ministro indicó que la circulación mercantil minorista creció un 13,8% respecto a igual periodo del año pasado, y ofreció un dato desconocido hasta ahora, según el cuál el 75,7% de las ventas (que incluye prestaciones de servicios) se realizan en CUP, en tanto que el 24,3% en MLC. Una idea del alto nivel de fragmentación que se ha alcanzado en la economía cubana con el juego de las monedas distintas y que explica los desabastecimientos que ya se están presentando tanto en la red de ventas en pesos cubanos, como en algunos productos que se comercializan en las tiendas en MLC.

Para el ministro, esto se debe a problemas de reaprovisionamiento, déficit de divisas, el aumento de los fletes, los retrasos de los barcos y otras cuestiones logísticas. Nosotros, en cambio, lo atribuimos a esa fragmentación absurda del mercado que deja al peso cubano como una moneda que apenas cubre las tres cuartas partes de las transacciones.

Gil señaló también que todavía hay “437 empresas estatales con pérdidas (23% del total)” e informó que, al cierre del 30 de junio, habían 3.991 mipymes privadas y 51 estatales, así como 55 cooperativas no agropecuarias (CNA) que han generado más de 70.514 nuevos puestos de trabajo (apenas el 1,4% del total de ocupados de la economía). También señaló que el salario medio del país quedó situado en 4.150 pesos (34 dólares al cambio informal más reciente), y que los niveles de productividad del trabajo están en 71.944 pesos (609 dólares) y advirtió, no obstante, que “tenemos deficiencias en la productividad y exceso de plantillas que no se ajustan con el nivel de actividad empresarial”.

El ministro mostró su preocupación por “las distorsiones en los precios y la necesidad de concertarlos a nivel de territorios, así como analizar por qué se están vendiendo productos hasta seis veces por encima de los costos” y con respecto a la inflación aludió a las numerosas explicaciones que existen “déficit de oferta, inflación de costos, devaluación de la moneda, pérdida de capacidad de compra de los ingresos, así como las respuestas técnicas para solucionar el problema: más ofertas, estabilidad de los mercados, mayor producción, etc.”, pero se quedó solo en esto.

Al respecto, pidió “poner los pies en la tierra, y reconoció que nuestro modelo económico es diferente al mundo y no podemos aplicar todo lo que dicen los libros de economía de mercado” para a continuación señalar que “tenemos el deber y el derecho de no permitir los precios abusivos, aunque tengan fundamento en la escasez, y buscar las maneras de controlarlo a nivel territorial y con mayor control popular”. ¿No será ministro que ese factor diferencial del modelo cubano es el que explica los precios abusivos, la escasez y el desastre de control e intervención?

Al abordar la cuestión de la inflación, Gil reconoció “que las medidas aplicadas hasta ahora para contener la inflación en el país han tenido un alcance limitado, y se requieren acciones más efectivas, ajustadas a nuestro contexto”.

Informó al respecto que tras el 77,3% de 2021, hasta el cierre del mes de junio la inflación acumulada había sido del 13,4%, tasa inferior si se compara con los primeros seis meses de 2021, cuando fue del 56,17 %. Mezcló tasas el ministro y con ello no resuelve el problema. La comparación se tiene que realizar con interanuales como la antes citada del 77,3% en 2021. Si ese fuera el caso, los resultados mejorarían, pero se mantienen muy altos por encima del 25%, en concreto un 28,8% a finales de junio. Hay trabajo por hacer.

Defendió que han mantenido las tarifas de la electricidad, el gas, el agua y la canasta familiar normada, pese a la subida de los precios en el mercado internacional, y ratificó la necesidad de trabajar en los precios que están desordenados en el país en una referencia a los temidos “controles de precios” comunistas que acaban destrozando los mercados. Puso el ejemplo del consumidor de pollo que quiere comprar a 24 pesos la libra en el comercio, pero al no haber, tiene que pagar un precio superior al “colero” y esta transacción no se incorpora a la medición de la inflación. Entonces, ¿Qué hacer? ¿Eliminar el colero? Mala solución, el cliente no podrá comprar pollo.

El ministro dijo que “las medidas para afrontar la inflación tienen que ser objetivas, coherentes y ajustadas a nuestras posibilidades” justo lo que tiene el ministro en los manuales de economía que no quiere consultar. Por ejemplo, política monetaria, la gran ausente de Cuba. Y política fiscal, porque no es posible crecer eternamente con el gasto público sin ingresos suficientes.


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